La mayor virtud cristiana, definida como amistad
En la página anterior, vimos los tres tipos de amistad de Aristóteles, y que el más alto de todos es la amistad entre personas buenas, que quieren el bien una de la otra por causa de la propia persona, y no por lo que sacan de ella. Tomás de Aquino agarró exactamente ese análisis e hizo uno de los puentes más bonitos de la historia cristiana. Definió la caridad, la mayor de las virtudes cristianas, como una amistad. No una amistad cualquiera: una amistad con Dios. En latín, la llama caritas amicitia Dei, la caridad que es amistad de Dios.
Repara en cómo él reaprovecha, punto por punto, lo que Aristóteles había descrito. Para Aristóteles, la amistad verdadera tiene tres marcas: querer el bien del otro por sí mismo, una benevolencia que es mutua y reconocida por los dos, y una comunión de vida, un convivir. Tomás dice: es eso lo que la fe llama caridad. El creyente quiere el bien de Dios, se alegra con Dios por Dios mismo; ese amor es correspondido, Dios ama primero; y hay una vida compartida, una comunión. La mayor virtud cristiana gana, así, la forma exacta de la más noble amistad del pagano.
El propio Aristóteles había definido la amistad de los buenos como ese querer el bien del otro por causa de él, con afección mutua y reconocida. Es esa definición la que Tomás transporta a la relación con Dios.
9 A amizade perfeita é a amizade entre pessoas boas e semelhantes na virtude, pois elas desejam igualmente o bem uma à outra enquanto boas, e são elas mesmas boas. Os que desejam o bem aos amigos por amor a eles próprios são os amigos mais verdadeiros, pois agem assim por causa da própria natureza, não por acidente. Por isso a amizade deles dura enquanto forem bons, e a bondade é algo duradouro.
Jesús llama amigos a los discípulos
Tomás no tiró esa idea de la nada. Tiene raíz en el Evangelio. En la última noche antes de morir, Jesús dice a los discípulos que no los llama más siervos, sino amigos. Un siervo cumple órdenes sin saber qué hace el señor. Un amigo sabe lo que pasa en el corazón del otro. Jesús dice que compartió con ellos todo lo que oyó del Padre, y que el mayor amor es dar la vida por los amigos. El lenguaje es el mismo de la amistad aristotélica: comunión, compartir, dar el bien al otro por causa de él.
15 Já vos não chamarei servos, porque o servo não sabe o que faz o seu senhor; mas tenho-vos chamado amigos, porque tudo quanto ouvi de meu Pai vos tenho feito conhecer.
La salvedad honesta
El puente es bonito, pero no es un puente plano. Hay una diferencia de fondo que precisa ser dicha, o la comparación engaña. La amistad de Aristóteles sólo acontece entre iguales. Son personas virtuosas, del mismo nivel, y por eso decía que esas amistades son raras, porque gente así es poca. No cabe, en su esquema, amistad entre un dios perfecto y una criatura fallida. El abismo es demasiado grande. Para Aristóteles, sería casi un disparate.
El cristianismo sólo atraviesa ese abismo porque invierte el punto de partida. La amistad con Dios no nace de dos iguales que se encuentran. Nace de Dios, que se rebaja al desigual y toma la iniciativa. Es Él quién ofrece la amistad primero, de gracia, antes de que la criatura merezca. Los cristianos llaman eso gracia. Sin esa bajada de Dios, el puente no existiría, porque del lado humano nunca hubo un igual para hacer el par.
Hay aún un segundo punto que va más allá de todo lo que Aristóteles imaginó. El mandamiento cristiano extiende el amor hasta al enemigo. Aristóteles nunca soñaría con eso: para él, la amistad se da entre los buenos, y amar a quién te hace mal sería signo de falta de juicio, no de virtud. El cristianismo manda amar a quién te odia. Ese amor no cabe en la amistad entre iguales; es de otro orden. Aristóteles dio la forma, la gramática de lo que es querer el bien del otro por sí mismo. Pero el contenido, un Dios que baja hasta el desigual y un amor que alcanza al enemigo, es cosa que sólo la revelación trajo.