Cuando Aristóteles se volvió "el Filósofo"
Tomás de Aquino, en el siglo XIII, fue el hombre que más usó Aristóteles para construir la teología cristiana. Lo citaba tanto, y con tanta confianza, que paró de escribir el nombre. Bastaba decir "el Filósofo", con artículo y mayúscula, y todo el mundo sabía de quién se trataba. Era como si hubiera sólo uno. Pues es sobre una idea simple de ese Filósofo que la Iglesia construyó buena parte de su moral: la idea de que la virtud es un hábito.
¿Recuerdas la página sobre la virtud como hábito? La virtud del carácter no nace lista ni se aprende sólo oyendo. Viene de la práctica repetida, hasta volverse segunda naturaleza. Ese es el ladrillo. Aristóteles lo llama por el nombre al definir la virtud moral, y fue exactamente ese ladrillo que la teología cristiana pidió prestado.
1 A virtude, então, é de dois tipos: a intelectual e a moral. A virtude intelectual nasce e cresce principalmente pelo ensino, e por isso exige experiência e tempo. Já a virtude moral surge como resultado do hábito, e daí vem o seu nome em grego (ethike), que se forma por uma pequena variação da palavra ethos, que significa hábito.
Los teólogos latinos tradujeron "hábito" por una palabra que se hizo famosa: habitus. La virtud, para Tomás, es un habitus bueno, una disposición estable del alma para actuar bien, construida por la repetición. La definición es aristotélica de punta a punta. Lo que Tomás hizo fue ponerla al servicio de la fe.
Las cuatro virtudes cardinales
La Iglesia enseña que hay cuatro virtudes principales, de las que todas las otras dependen. Se llaman cardinales, de la palabra latina cardo, que quiere decir bisagra: son las bisagras sobre las que la vida moral gira. Y ellas son, en gran parte, herencia de Aristóteles, organizada después por Tomás de Aquino. La raíz no es sólo suya: ya venía de Platón, y pasó a los cristianos por Ambrosio y Agustín. Pero fue con las herramientas de Aristóteles que Tomás les dio la forma definitiva.
| Virtud cardinal | Qué gobierna | En Aristóteles |
|---|---|---|
| Prudencia | La razón práctica, el actuar correcto en la hora correcta | La phrónesis, la sabiduría práctica |
| Justicia | Dar a cada uno lo que le es debido | La justicia, virtud que rige la vida con los otros |
| Fortaleza | Firmeza ante el miedo y el dolor | El coraje, el medio término entre el miedo y la temeridad |
| Templanza | El dominio sobre los placeres y deseos | La moderación, el medio término en los placeres |
Repara que cada una está ya, en germen, en la Ética a Nicómaco. La justicia, el coraje y la moderación son virtudes que Aristóteles analiza una por una, siempre como el medio término entre dos excesos. La Iglesia recibió esa lista, la depuró y selló.
La prudencia manda en todas
Entre las cuatro, una tiene un lugar especial. La prudencia, esa virtud de la razón práctica que vimos en la página anterior, es la que dirige las demás. De nada sirve querer ser justo si no ves lo que la justicia pide en este caso concreto, aquí y ahora. La prudencia es el ojo que ve la situación y dice a las otras virtudes qué hacer. Por eso la tradición cristiana, siguiendo a Aristóteles, la llamó "conductora de las virtudes". Las otras tres proveen la fuerza; la prudencia provee la dirección.
Lo que la fe añade: las tres virtudes teologales
Aquí es preciso ser honesto sobre un límite, que es también una ganancia. Las cuatro virtudes cardinales tienen una cosa en común: todas se adquieren por el hábito, por la práctica, por el esfuerzo humano. Te vuelves valiente enfrentando el miedo, justo practicando la justicia. Son conquistas del entreno, y por eso Aristóteles, un pagano, podía hablar de ellas sin necesidad de Dios.
El cristianismo afirma que existe otra familia de virtudes, que el esfuerzo humano no alcanza. Son tres, y la tradición las llama teologales, porque tienen a Dios por objeto: la fe, la esperanza y la caridad. La diferencia es grande. Las cardinales se ganan practicando; las teologales no se ganan por la práctica, son infundidas por Dios en el alma, de gracia. Nadie se vuelve capaz de amar a Dios de tanto entrenar. Ese amor es don, no trofeo.
La propia lista de las tres viene de la Biblia. Pablo las nombra al fin del capítulo más famoso que escribió sobre el amor, y dice cuál es la mayor.
13 Agora, pois, permanecem a fé, a esperança e o amor, estes três, mas o maior destes é o amor.
| Virtudes cardinales | Virtudes teologales | |
|---|---|---|
| Cuáles son | Prudencia, justicia, fortaleza, templanza | Fe, esperanza, caridad |
| De dónde vienen | Del hábito, por la práctica repetida | Infundidas por Dios, por gracia |
| Quién las alcanza | Cualquier persona, aún sin fe | Sólo por don divino |
| ¿Tienen medio término? | Sí, quedan entre dos excesos | No |
La regla del medio término encuentra su límite
Ese último punto de la tabla merece atención, porque es donde la ética de Aristóteles encuentra su frontera. Para él, toda virtud es un medio término entre dos excesos: el coraje queda entre la cobardía y la temeridad, la generosidad entre la avaricia y el derroche. Hay siempre un "demasiado" y un "de menos" a evitar. Es una de las ideas más bonitas y útiles de la Ética a Nicómaco.
Pero vale para las virtudes que se ganan por el hábito, y no para las teologales. No existe "exceso de amor a Dios". Nadie ama a Dios demasiado, ni confía en él en exceso. En esas tres virtudes, cuanto más, mejor, sin techo y sin medio término. La regla de Aristóteles, tan certero para la vida moral común, simplemente no se aplica al amor que tiene a Dios por medida. Donde el Filósofo para, la fe continúa, y es justamente por eso que la tradición cristiana pudo usar tanto de Aristóteles sin nunca confundirlo con el Evangelio.