De la Contemplación a la Visión de Dios: la Felicidad Perfecta

El punto más alto del libro entero

Después de páginas y páginas midiendo las virtudes, pesando el coraje contra la cobardía, la generosidad contra la avaricia, Aristóteles llega a su escalón más alto y dice una cosa sorprendente. La vida más feliz de todas no es la del guerrero ni la del político, por más nobles que sean. Es la vida de quién contempla, de quién usa la razón para entender las cosas más altas sólo por el placer de entenderlas. Él la llama felicidad perfecta.

1 Se a felicidade é a atividade de acordo com a virtude, faz sentido que ela seja de acordo com a virtude mais alta, e essa será a virtude da melhor parte que existe em nós. Seja a razão, seja outra coisa, esse elemento é o que consideramos nosso guia e governante natural, aquele que pensa as coisas nobres e divinas. Quer ele próprio seja divino, quer seja apenas o mais divino que em nós, a sua atividade de acordo com a virtude que lhe é própria será a felicidade perfeita. dissemos que essa atividade é a contemplação.

¿Por qué esa y no otra? Porque, según Aristóteles, la contemplación es la actividad de la mejor parte que existe en nosotros, la razón, volcada a lo que hay de más alto para conocer. Es la actividad más autosuficiente: el sabio consigue contemplar solo, sin necesidad de más nada. Y es la más parecida a lo divino. En un lance atrevido, dice que el hombre debe, en la medida de lo posible, volverse inmortal, viviendo según la parte divina que hay en él.

6 Mas uma vida assim seria alta demais para o ser humano. Pois ele não viverá desse modo enquanto homem, e sim na medida em que algo divino presente nele. E quanto esse elemento é superior à nossa natureza composta, tanto a sua atividade é superior à atividade da outra espécie de virtude. Se a razão é divina em comparação com o homem, então a vida segundo a razão é divina em comparação com a vida humana. Não devemos seguir os que aconselham que, sendo humanos, pensemos em coisas humanas, e que, sendo mortais, pensemos em coisas mortais. Devemos, na medida do possível, nos tornar imortais e fazer todo esforço para viver de acordo com a melhor parte que em nós. Pois, mesmo que ela seja pequena em volume, em poder e em valor supera de longe tudo o mais.

Lo que el cristianismo hizo con esa idea

Esa preferencia por la contemplación marcó profundo la fe cristiana. La tradición monástica, de los conventos, hizo de la vida contemplativa el modo más alto de vivir: monjes y monjas que se retiraban del mundo para pasar los días en oración y estudio de las cosas de Dios. Detrás de esa elección está, en parte, el eco de Aristóteles, la convicción de que mirar hacia arriba vale más que cualquier agitación.

Pero el paso mayor vino con Tomás de Aquino, en el siglo XIII. Agarró esa idea abstracta de "contemplar lo divino" y la transformó en algo personal y prometido. Tomás enseñó que la felicidad final del ser humano, aquello para lo que fuimos hechos, es contemplar a Dios directamente. A eso la teología le dio un nombre: la visión beatífica. Beatífica porque vuelve bien-aventurado, plenamente feliz. Es ver a Dios cara a cara, sin velos, sin espejos.

La propia Biblia ya apuntaba para ese encuentro. El apóstol Pablo escribe que en esta vida sólo conocemos a Dios de forma turbia, como quién mira un reflejo emborronado, pero que un día lo veremos sin intermediario.

12 Porque agora vemos por espelho em enigma, mas então veremos face a face; agora conheço em parte, mas então conhecerei como também sou conhecido.

La primera carta de Juan dice algo semejante: aún no sabemos todo lo que seremos, pero sabemos que, cuando Cristo se manifieste, seremos como él, porque lo veremos como él es. Lo abstracto "contemplar lo divino" de Aristóteles se vuelve, en boca de los cristianos, una promesa concreta con nombre y rostro.

2 Amados, agora somos filhos de Deus, e ainda não é manifestado o que havemos de ser. Mas sabemos que, quando ele se manifestar, seremos semelhantes a ele; porque assim como é o veremos.

Dónde los dos no son lo mismo

Vale la honestidad, para no confundir las dos felicidades. Se parecen, pero no son iguales, y la diferencia importa.

Para Aristóteles, la contemplación es una conquista de la razón humana. El sabio la alcanza en esta vida, por esfuerzo propio, pensando bien y entrenando la mente. Y lo que contempla es un divino impersonal, una verdad alta, no un Dios que lo conozca de vuelta. La visión beatífica cristiana es otra cosa. No es conquista, es don: viene de la gracia de Dios, no del mérito del estudio. No es de un divino abstracto, sino de un Dios personal, que ama y es amado. Y no acontece aquí, en la biblioteca del sabio: es plena sólo en la vida futura, con el cuerpo resucitado, después de la muerte. La razón sola no llega allá; es Dios quien se muestra.

Aristóteles, entonces, acertó el blanco de lejos sin tener la flecha. Intuyó que la felicidad más alta del ser humano está en contemplar lo que hay de más elevado, y que esa vida nos tira para algo encima de lo simplemente humano. La fe cristiana miró para esa intuición y dijo: sí, y el nombre de ella es Dios, y él quiere ser visto. Lo que para el filósofo era el esfuerzo solitario de una mente, para el cristiano es un encuentro prometido.