Un africano del Imperio Romano
Agustín nació en 354, en la ciudad de Tagaste, en lo que hoy es Argelia, entonces parte del Imperio Romano. Su padre, Patricio, era pagano y modesto. Su madre, Mónica, era cristiana fervorosa y tuvo un papel enorme en su vida, papel que las Confesiones registran página tras página. Agustín era brillante: estudió retórica, se convirtió en maestro del arte de hablar en público y fue a enseñar a Cartago, luego a Roma y a Milán, en el centro del poder imperial.
Por fuera, era un hombre de éxito. Por dentro, pasó años dividido: ambicioso, inquieto, atado a una relación, atraído por una secta llamada maniqueísmo e incapaz de aceptar el cristianismo de su madre. La conversión solo llegó a los 32 años, en Milán, y fue tan dramática que le dedicó el clímax del libro. Poco después abandonó la carrera, regresó a África y acabó como obispo de Hipona, cargo que ocupó hasta su muerte en 430.
Por qué importa tanto
Agustín es, después de los apóstoles, quizás el autor cristiano más influyente de todos. Católicos y protestantes lo reivindican: la Reforma del siglo XVI bebió de él tanto como la Iglesia medieval. Conceptos que moldearon quince siglos de teología occidental, como la gracia, el pecado original y la relación entre voluntad y libertad, pasaron por su cabeza. Las Confesiones son la puerta de entrada a ese hombre, porque muestran las ideas naciendo de una vida real y no de un tratado abstracto.
El drama central de su vida cabe en aquella primera frase del libro, el corazón que no encuentra descanso. Todo lo que Agustín vivió, el éxito, los placeres, las filosofías, fue un intento de callar esa inquietud por otros medios, hasta descubrir que ella solo apuntaba a Dios.
1 Grande sois, Senhor, e mui digno de louvor; grande é a vossa força, e a vossa sabedoria não tem número. E o homem quer vos louvar, ele, uma parcela de vossa criatura; o homem, que traz consigo a sua mortalidade, que traz consigo o testemunho de seu pecado e o testemunho de que resistis aos soberbos; e, no entanto, o homem quer vos louvar, ele, uma parcela de vossa criatura. Vós o despertais para que se deleite em vos louvar, porque nos fizestes para Vós, e inquieto está o nosso coração enquanto não repousa em Vós. Concedei-me, Senhor, saber e entender se primeiro se há de vos invocar ou vos louvar, e se primeiro é conhecer-vos ou invocar-vos. Mas quem vos invoca sem vos conhecer? Pois quem não vos conhece pode invocar uma coisa em lugar de outra. Ou antes sois invocado para serdes conhecido? Mas como invocarão Aquele em quem não creram? Ou como crerão sem quem pregue? E louvarão ao Senhor os que o buscam: porque os que buscam o encontram, e os que o encontram o louvarão. Que eu vos busque, Senhor, invocando-vos, e vos invoque crendo em Vós: porque nos fostes pregado. Invoca-vos, Senhor, a minha fé, que me destes, que me inspirastes pela humanidade de vosso Filho, pelo ministério de vosso pregador.