Cuatro virtudes que quizá ya conozcas
Si creciste en la Iglesia, quizá ya hayas oído hablar de las cuatro "virtudes cardinales": prudencia, justicia, fortaleza (coraje) y templanza. Aparecen en el Catecismo, en sermones, en libros de formación. Lo que casi nadie cuenta es de dónde vinieron. No nacieron en la Biblia. Nacieron en un libro pagano escrito casi cuatro siglos antes de Cristo: la República de Platón.
En el Libro IV, Platón arma una ciudad ideal y pregunta dónde, dentro de ella, vive la justicia. Para hallarla, lista las cualidades que hacen una ciudad buena, y percibe que son exactamente cuatro. Las identifica una a una: primero la sabiduría, después el coraje, después la templanza, y por fin la justicia, que es la que organiza todas las otras. Nota que el propio texto dice, con todas las letras, que "las virtudes son cuatro".
5 E não devemos seguir um método parecido com as virtudes, que também são quatro? Claramente. Entre as virtudes que existem na cidade, a primeira que aparece é a sabedoria, e nela percebo algo curioso. O que é? A cidade que descrevemos é dita sábia por ser boa no aconselhar, não é? Bem verdade.
De Platón a los Padres de la Iglesia
Esas cuatro cualidades viajaron del pagano al cristiano por un camino de siglos. Primero pasaron por los estoicos, que las adoptaron y popularizaron en Roma. Después entraron en la Iglesia por escritores como Ambrosio de Milán, en el siglo IV, que fue quien acuñó el nombre "cardinales", del latín cardo, que significa bisagra: son las virtudes en las cuales toda la vida moral "se articula", como una puerta gira en su bisagra. Agustín, discípulo de Ambrosio, también las asumió y procuró mostrar que, en el fondo, todas las cuatro son formas del amor a Dios bien ordenado.
Más tarde, en el siglo XIII, Tomás de Aquino las sistematizó de verdad. Tomó las cuatro virtudes que venían de Platón y las encajó al lado de otras tres, estas sí sacadas directo de la Biblia, de la carta de Pablo a los Corintios: la fe, la esperanza y la caridad (el amor). A esas tres Tomás les dio el nombre de virtudes teologales, porque tienen el propio Dios por objeto y solo vienen por la gracia. Juntando las dos listas, quedó el esquema clásico de la moral cristiana: tres virtudes que la razón sola no alcanza, más cuatro que hasta un pagano sabio ya había visto.
| Las cuatro de Platón (cardinales) | Las tres de Paulo (teologales) |
|---|---|
| Prudencia (la sabiduría práctica) | Fe |
| Justicia (dar a cada uno lo que es suyo) | Esperanza |
| Fortaleza (el coraje) | Caridad (el amor) |
| Templanza (el dominio de los deseos) |
Vale guardar lo que ese arreglo dice. La Iglesia no tiró a la basura la ética pagana ni la copió entera. Reconoció que parte de la verdad moral está al alcance de cualquier persona honesta que piensa con cuidado, y que eso combina con la idea bíblica de una ley escrita en el corazón de todos. Las virtudes cardinales son, en gran medida, ese suelo común. Las teologales son el piso de arriba, que solo la revelación construye.
La otra herencia: el alma que no muere
Hubo una segunda afinidad fuerte, quizá aún más profunda. Platón creía que el alma humana es inmortal, que no se deshace con el cuerpo. En el Libro X de la República, hasta trata de probar eso por razonamiento: argumenta que el mal propio del alma, que es la injusticia, no consigue matarla, y que una cosa que ningún mal destruye tiene que existir para siempre.
23 Mas a alma que não pode ser destruída por nenhum mal, nem interno nem externo, deve existir para sempre. E, se existe para sempre, deve ser imortal. Com certeza. Essa é a conclusão, eu disse. E, se for uma conclusão verdadeira, então as almas devem ser sempre as mesmas. Pois, se nenhuma é destruída, elas não diminuem em número. Nem aumentam, porque o aumento das naturezas imortais teria de vir de algo mortal, e assim tudo acabaria virando imortal. Muito verdadeiro.
Aquí el cristiano precisa de un cuidado fino. La fe cristiana también afirma que el alma sobrevive a la muerte, y en ese punto la sintonía con Platón es real y fue muy usada por los primeros teólogos. Pero la esperanza central del cristiano no es el alma sola flotando sin cuerpo para siempre, sino la resurrección del cuerpo al fin de los tiempos, el "creo en la resurrección de la carne" del Credo. La inmortalidad del alma de Platón entró en el cristianismo, pero tuvo que ser corregida y completada por algo que él no tenía: la promesa de que el cuerpo también vuelve. Guarda esa salvedad, porque la última página de este grupo va a volver a ella.