La Felicidad es Contemplación: el Ápice de la Ética de Aristóteles

La pregunta final: ¿cuál felicidad es la más alta?

Hasta aquí Aristóteles ha dicho que la felicidad es vivir bien, actuar con virtud, encontrar el medio término. Pero no para ahí. Al fin del libro, hace la pregunta más atrevida de todas: entre todas las cosas buenas que un ser humano puede hacer, ¿cuál es el ápice? ¿Cuál actividad es la felicidad en su grado más perfecto?

La respuesta sorprende. No es vencer una batalla, gobernar una ciudad o acumular amigos. Es algo más quieto: contemplar. En griego, la palabra es theoria, que aquí no quiere decir "teoría" en el sentido de un palpite. Quiere decir mirar la verdad de frente, entender las cosas más altas sólo por el placer de entenderlas. Es la actividad de la parte más elevada de nosotros, la razón, volcada a lo que hay de más noble y divino para conocer.

1 Se a felicidade é a atividade de acordo com a virtude, faz sentido que ela seja de acordo com a virtude mais alta, e essa será a virtude da melhor parte que existe em nós. Seja a razão, seja outra coisa, esse elemento é o que consideramos nosso guia e governante natural, aquele que pensa as coisas nobres e divinas. Quer ele próprio seja divino, quer seja apenas o mais divino que em nós, a sua atividade de acordo com a virtude que lhe é própria será a felicidade perfeita. dissemos que essa atividade é a contemplação.

Por qué la contemplación gana de todo

Aristóteles no lo decreta. Lista razones, una de cada vez, y encajan. Vale acompañar, porque cada una es simple.

Es la actividad más continua. Puedes pensar y entender por más tiempo que consigues hacer cualquier otra cosa. El cuerpo cansa de correr o luchar; la mente, volcada a la verdad, sigue. Es la más autosuficiente. El hombre justo precisa de otras personas para tratar con justicia, el valiente precisa de un peligro para enfrentar. Pero el sabio consigue contemplar la verdad hasta solo, y cuanto más sabio, mejor lo hace. Precisa de menos para ser feliz. Y es la más placentera, con un placer puro y duradero, sin la resaca que viene de tantos otros.

Hay aún algo que Aristóteles guarda para el fin, y que cambia el tono de todo. La contemplación es la más "divina" de las actividades. La razón es la cosa más alta que existe en nosotros, y tal vez ni sea sólo nuestra: es lo que hay de más cerca de lo divino dentro del ser humano. Por eso, cuando contemplamos, hacemos justamente lo que un ser perfecto haría, en la medida en que un mortal consigue.

Encima de la vida activa

Hay un peso a más en esa conclusión. Aristóteles está diciendo que la vida contemplativa supera la vida política, la vida de acción. Las acciones nobles del estadista y del soldado son grandes, pero apuntan a un resultado de afuera: la paz, la victoria, el bien de la ciudad. La contemplación no apunta a nada más que a sí misma. No es medio para otra cosa; ya es el punto de llegada. Es la única actividad que amamos sólo por ella, sin esperar ninguna ganancia extra.

Piensa en el instante en que finalmente entiendes una cosa difícil, y la verdad se enciende en la cabeza como una luz. No hay nada a ganar con eso más que el propio entender. Y aún así aquello basta, aquello ya es bueno en sí. Aristóteles está apuntando para ese "ver" interior y diciendo: esto, llevado al grado más alto y a su duración más larga, es la felicidad humana en su ápice.

Aquí el filósofo pagano llega a su límite más luminoso. Ubicó el ápice de la vida humana en el contacto de la mente con la verdad más alta. Siglos después, la tradición cristiana oyó eso y fue más allá: ¿y si la verdad más alta a contemplar fuera el propio Dios, visto cara a cara? Pero esa es la próxima parte de la escalera. Por ora, basta guardar lo que el propio Aristóteles, sólo por la razón, alcanzó: que lo mejor que un ser humano puede hacer es contemplar.