Saber el bien no basta
Hasta aquí hemos hablado de las virtudes del carácter, como el coraje y la generosidad, que moran en los sentimientos y en los hábitos. Pero Aristóteles ve un segundo grupo de virtudes, y moran en la razón. Son las virtudes de la inteligencia: el modo de la mente hacer bien su trabajo. Y entre todas ellas, hay una que decide el día a día de la vida buena. Tiene un nombre griego, phrónesis, y en español la llamamos prudencia o sabiduría práctica.
El problema que la prudencia resuelve es simple de ver. Saber en general que el coraje es bueno no dice a nadie qué hacer cuando el miedo aprieta, ahora, en este lugar, ante este peligro. Querer el bien no es lo mismo que acertar el camino hasta él. La prudencia es justamente eso: la capacidad de deliberar bien sobre qué hacer en cada situación concreta, y de elegir el medio término correcto en la hora correcta. Es el puente entre saber qué es bueno y hacer lo que es bueno.
La definición del propio Aristóteles
Aristóteles define la prudencia mirando a quién todos reconocen como prudente. ¿Qué tienen en común esas personas? La capacidad de deliberar bien, no sobre un punto aislado, como lo que hace bien a la salud, sino sobre qué vuelve buena la vida entera. Repara en cómo liga la virtud a la vida toda, no a un truco puntual.
1 Sobre a prudência (phronesis), vamos chegar à verdade examinando quem são as pessoas que reconhecemos como tendo essa qualidade. Considera-se que é a marca de quem tem prudência ser capaz de deliberar bem sobre o que é bom e vantajoso para si mesmo, não em algum ponto específico, como sobre que tipos de coisa favorecem a saúde ou a força, mas sobre que tipos de coisa favorecem a vida boa de modo geral.
Tres cosas que parecen prudencia, pero no son
Para entender la prudencia, ayuda ver qué no es. Aristóteles la separa de dos otras cosas que de lejos se confunden con ella.
La primera es la sabiduría teórica, que en griego él llama sophia. Esa es la virtud de contemplar las verdades más altas y eternas, las cosas que no cambian: la matemática, los astros, la causa primera. Es la parte de la mente que entiende cómo es el mundo. Pero saber las verdades del cielo no enseña a nadie a tratar bien a un amigo difícil. La sabiduría teórica mira a lo que es fijo; la prudencia se ocupa de lo que cambia, con el caso de hoy, que mañana será otro.
La segunda es la mera astucia. El astuto sabe encontrar el camino más eficaz para cualquier meta que elija, sea ella buena o mala. Un ladrón hábil es astuto. Pero la prudencia no es neutral así: sólo existe al servicio de fines buenos. Quién usa la inteligencia para un fin malo no es prudente, es sólo astuto. La prudencia incluye la astucia, pero la coloca bajo el comando del bien.
La virtud que lo liga todo
De ahí la importancia enorme de esa virtud. Sin la prudencia, las otras quedan ciegas. El coraje sin prudencia se vuelve imprudencia, y lanza a la persona al peligro equivocado. La generosidad sin prudencia da la limosna en la hora equivocada, a la persona equivocada. Es la prudencia que dice a cada virtud el "cómo, cuándo y cuánto". El prudente es, en el fondo, quién acierta esos tres: hace la cosa correcta, del modo correcto, en la medida correcta, en el momento correcto.
Piensa en el buen médico. Él no trata la enfermedad en general, trata este enfermo, con esta edad, en este estado. Dos pacientes con la misma fiebre pueden necesitar remedios diferentes, y sólo la experiencia dice cuál. O piensa en el buen padre. Él sabe la hora de ser firme y la hora de ceder, y esa hora no viene escrita en ningún manual. Acertar eso no es seguir una regla fija, es tener el ojo entrenado para el caso concreto. Ese ojo es la prudencia.
Por eso Aristóteles dice que la prudencia se aprende con el tiempo y con la vida vivida, no sólo con libros. Un joven puede dominar la matemática, pero raramente es prudente, porque aún le falta la experiencia de las mil situaciones que enseñan el juicio. La prudencia es la sabiduría de la acción, y la acción sólo se aprende actuando.