El castigo eterno en Agustín: el destino de la ciudad terrena

El destino de la ciudad terrena

En el Libro XXI, Agustín enfrenta la parte más difícil de su doctrina: el castigo eterno de los condenados. Los que pertenecieron a la ciudad terrena, que se amaron a sí mismos hasta el desprecio de Dios, reciben al final aquello que eligieron: la separación definitiva de Dios, descrita como un tormento que no termina. Agustín sabe que la idea sacude, y dedica el libro a responder las objeciones, sobre todo la de que ningún cuerpo podría arder para siempre sin consumirse.

1 Proponho-me, com a capacidade que Deus me conceder, a discutir neste livro mais detidamente a natureza do castigo que será atribuído ao diabo e a todos os seus sequazes, quando as duas cidades, uma de Deus, a outra do diabo, houverem alcançado os seus devidos fins por meio de Jesus Cristo nosso Senhor, o Juiz dos vivos e dos mortos.

La respuesta de Agustín

Los adversarios decían que era imposible, contrario a la naturaleza, que un cuerpo sufriera eternamente sin deshacerse. Agustín responde señalando los límites de la propia razón: la naturaleza está llena de cosas que parecen imposibles y existen, y el Dios que creó todo de la nada puede perfectamente mantener un cuerpo en el dolor sin destruirlo. El argumento no pretende volver agradable la doctrina, solo mostrar que no es absurda. Para Agustín, la gravedad del destino mide la gravedad de la elección de rechazar a Dios.

Es la página más difícil de la obra, y Agustín no la suaviza. Pero existe para un contraste: el tormento eterno de la ciudad terrena hace aparecer, por oposición, la felicidad sin fin que aguarda a la ciudad celestial. Es hacia ese último destino, el más luminoso, hacia donde la obra finalmente se vuelve.