La felicidad eterna y el eterno sábado: el final de La Ciudad de Dios

La resurrección de la carne

El último libro, el vigésimo segundo, es el más sereno y luminoso de la obra. Agustín describe el destino final de la ciudad de Dios: no almas descarnadas flotando en un cielo vago, sino la resurrección de la carne, el cuerpo rehecho y glorificado, libre de la muerte y la corrupción. La salvación cristiana, para él, no es huir del cuerpo, sino su redención. Los santos vivirán para siempre en cuerpos reales, transformados, en una felicidad que ninguna palabra alcanza.

El eterno sábado

Agustín cierra la obra con una imagen inolvidable. El fin de la historia será como un sábado sin fin, el séptimo día eterno, el gran descanso después de toda la obra de los seis días del mundo. Allí, dice, descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. Ese es el fin que no tendrá fin. El corazón inquieto de las Confesiones, que no descansa mientras no reposa en Dios, encuentra aquí, en la última frase de la obra mayor de Agustín, su reposo definitivo.

1 Quão grande será aquela felicidade, na qual não haverá mácula de mal algum, à qual não faltará bem algum, e que proporcionará ócio para os louvores de Deus, que será tudo em todos! Pois não sei que outra ocupação possa haver onde nenhum cansaço afrouxe a atividade, nem necessidade alguma estimule ao labor.

La herencia de la obra

La Ciudad de Dios moldeó a Occidente como pocos libros. Fue la primera gran filosofía cristiana de la historia: la idea de que el tiempo tiene un sentido, un comienzo, un desarrollo y un fin, caminando hacia una meta, en vez de girar en círculos eternos como pensaban los antiguos. Reyes y papas la leyeron para entender la relación entre el poder espiritual y el poder temporal, y de ella nació buena parte de lo que se llamaría agustinismo político. Pero su núcleo sigue siendo la imagen simple de las dos ciudades, y la pregunta que les hace a todos sus lectores: ¿a cuál de las dos, por lo que amas, perteneces de verdad?