Dios, y no los dioses, concede los imperios: la respuesta de Agustín a Roma

¿Quién le dio a Roma su imperio?

El corazón de la primera parte de la obra es un giro decisivo. Los paganos atribuían la grandeza de Roma a sus dioses; Agustín responde que fue el único Dios verdadero quien concedió a Roma su dominio, así como concede y retira imperios a todos los pueblos según su providencia. Los dioses paganos nunca tuvieron ese poder, porque ni siquiera existen como divinidades. Quien gobierna la historia es el Dios de Israel, incluso cuando actúa a través de un imperio que no lo conoce.

1 Sendo assim estas coisas, não atribuímos o poder de conceder reinos e impérios a ninguém senão ao verdadeiro Deus, que a felicidade no reino dos céus somente aos piedosos, mas concede o poder régio na terra tanto aos piedosos quanto aos ímpios, conforme Lhe apraz, cujo beneplácito é sempre justo. Pois, ainda que tenhamos dito algo acerca dos princípios que orientam a Sua administração, na medida em que Lhe pareceu bem explicá-lo, contudo é demasiado para nós, e ultrapassa de muito as nossas forças, discutir as coisas ocultas dos corações dos homens e, por um exame claro, determinar os méritos dos diversos reinos.

Por qué esto era un quiebre

Esta tesis resuelve la acusación desde adentro. Si fue Dios quien dio el imperio a Roma, entonces la caída de Roma no desmiente el cristianismo: forma parte del mismo plan providencial que levantó la ciudad y que algún día la dejaría caer, como todos los reinos de la tierra. Agustín separa dos cosas que los romanos confundían: la grandeza terrenal de un pueblo y su salvación eterna. Dios puede dar la primera a quien ni lo adora; solo él da la segunda, y nunca por medio de ídolos.

Establecida esa base, la obra está lista para su gran tema. Si ningún imperio terrenal es la verdadera patria del cristiano, ¿cuál lo es? La respuesta abre la segunda mitad del libro: existe otra ciudad, que la Escritura testimonia, y es de ella de la que Agustín pasará a hablar.

1 A cidade de Deus de que falamos é a mesma à qual testemunho aquela Escritura que, por sua autoridade divina, sobrepuja todos os escritos de todas as nações e submeteu ao seu influxo toda sorte de espíritos, e isso não por um movimento intelectual casual, mas, evidentemente, por uma expressa disposição da providência.