Dos ciudades, dos amores
Aquí está la frase más importante de toda la obra, y quizás la más célebre de Agustín fuera de las Confesiones. Él resume todo en una imagen: existen dos ciudades, y lo que las separa es únicamente el objeto del amor de cada una. El amor de sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios formó la ciudad terrena. El amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí mismo formó la ciudad celestial. No son dos lugares en el mapa: son dos direcciones del corazón humano.
1 Por conseguinte, duas cidades foram formadas por dois amores: a terrena pelo amor de si até o desprezo de Deus; a celeste pelo amor de Deus até o desprezo de si. Em uma palavra, a primeira gloria-se em si mesma, a segunda no Senhor. Pois aquela busca a glória dos homens; mas a maior glória desta é Deus, a testemunha da consciência.
Qué significa esto
La ciudad terrena no es simplemente el mundo político, ni la celestial es simplemente la Iglesia como institución. Son dos comunidades espirituales, definidas por aquello que cada una ama por encima de todo. Una vive para sí misma, busca la gloria y el dominio, y termina esclava de su propio orgullo. La otra vive para Dios, busca servir y amar, y encuentra en él su descanso. Toda persona, en todo tiempo, pertenece en verdad a una de las dos, aunque no lo sepa.
La ciudad que tiene a Dios por fundamento
En el fondo, la diferencia remonta al ser mismo de Dios. La ciudad celestial se apoya en aquel que le dijo a Moisés su nombre: Yo soy el que soy. Dios es el ser que no cambia, el único que existe por sí mismo; todo lo demás existe porque él lo sostiene. Amar a Dios es apoyarse en la roca que no pasa; amarse a sí mismo por encima de Dios es construir sobre lo que es pasajero y siempre se desvanece.
1 Isto pode bastar para impedir que alguém suponha, quando falamos dos anjos apóstatas, que eles pudessem ter outra natureza, derivada, por assim dizer, de alguma origem diferente, e não de Deus. Tanto mais prontamente e facilmente nos livraremos da grande impiedade desse erro quanto mais distintamente compreendermos aquilo que Deus falou pelo anjo, quando enviou Moisés aos filhos de Israel: "Eu sou aquele que sou." Pois, sendo Deus a existência suprema, isto é, sendo supremamente, e por isso imutável, às coisas que fez concedeu poder para serem, mas não para serem supremamente como Ele próprio.