Todos quieren la paz
En el Libro XIX, Agustín hace una observación sutil: incluso quien hace la guerra, la hace para conquistar la paz que desea a su manera. Nadie ama el conflicto por sí mismo; todos buscan un reposo. La paz, la define, es la tranquilidad del orden, el estado en que cada cosa ocupa el lugar que le corresponde. Esa paz, en alguna medida, todos la desean, desde los santos hasta los tiranos, porque es una necesidad de la propia naturaleza.
1 Mas as famílias que não vivem pela fé buscam a sua paz nas vantagens terrenas desta vida, ao passo que as famílias que vivem pela fé aguardam aqueles bens eternos que lhes foram prometidos, e usam, como peregrinas, das vantagens do tempo e da terra de tal modo que estas não as fascinam nem as desviam de Deus, mas antes as ajudam a suportar com maior facilidade, e a manter reduzido o número daqueles fardos do corpo corruptível que oprimem a alma. Assim, as coisas necessárias a esta vida mortal são usadas igualmente por ambos os gêneros de homens e de famílias, mas cada um tem o seu próprio e profundamente diverso fim ao usá-las.
Dos ciudades, dos usos de la paz
La diferencia está en cómo cada ciudad usa la paz. La ciudad terrena busca la paz de este mundo como fin último: orden, seguridad, prosperidad, y nada más allá de eso. La ciudad celestial, peregrina, también se sirve de la paz terrenal mientras está de paso, e incluso colabora con ella, obedeciendo las leyes y deseando el bien común. Pero no se detiene en ella: usa la paz del mundo como el viajero usa una posada, sin confundirla con el hogar. La verdadera paz, la que no termina, solo espera encontrarla en Dios.
Por eso la ciudad de Dios, incluso en medio de guerras y caídas de imperios, nunca pierde el rumbo. No tiene aquí su morada definitiva, y por eso la pérdida de Roma, por más dolorosa, no es la pérdida de su patria. El próximo grupo de este tema sigue a Agustín hasta el punto al que toda la obra se dirige: el fin de la historia, el juicio y la paz eterna que finalmente llega.