Capítulos

Apologia de Sócrates

Autoría y fecha de composición

La Apología de Sócrates fue escrita por Platón, discípulo de Sócrates, y recoge la defensa que Sócrates hizo en el juicio en que fue acusado de impiedad y de corromper a la juventud. El proceso ocurrió en Atenas en el año 399 a.C., y la redacción del texto se sitúa generalmente en las dos décadas siguientes. La palabra griega apologia significa defensa, no disculpa. El texto pertenece al género de los discursos de defensa atribuidos a Sócrates: existe también una Apología escrita por Jenofonte, y las dos versiones divergen en algunos detalles.

Existe un problema historiográfico conocido como la cuestión socrática. Sócrates no dejó nada escrito, y lo que se sabe de él proviene de terceros, sobre todo Platón, Jenofonte y el comediógrafo Aristófanes, quien lo caricaturizó en Las Nubes. No hay consenso sobre cuánto de la Apología reproduce el discurso real del 399 a.C. y cuánto es composición literaria de Platón. La posición común es que el texto conserva el tono y las tesis centrales del Sócrates histórico, aunque estilizados por la mano de Platón. El propio Sócrates de la obra alude a la comedia de Aristófanes al enumerar las calumnias antiguas que pesaban sobre él.

Contenido de la obra

La estructura del juicio

La obra sigue las tres fases del proceso ateniense. En el primer discurso, Sócrates responde a las acusaciones. Distingue entre los acusadores antiguos, quienes durante años difundieron la fama de que él investigaba las cosas del cielo y de la tierra y hacía que la causa más débil pareciera la más fuerte, y los acusadores recientes: Meleto, Anito y Licón. Narra el episodio del oráculo de Delfos, que habría declarado que no había hombre más sabio que él, y cómo, al tratar de refutar el oráculo interrogando a los que tenían fama de sabios, concluyó que su única sabiduría consistía en reconocer que nada sabía. En el segundo discurso, ya condenado, se niega a proponer una pena que sonara como admisión de culpa, y llega a sugerir, en tono provocador, que merecía ser sostenido por la ciudad. En el tercero, tras la sentencia de muerte, se dirige a quienes lo condenaron y a quienes lo absolvieron, y razona que la muerte es o un sueño sin sueños o un pasaje a otro lugar, de modo que no hay razón para temerla.

Diálogo con la tradición cristiana

Esta es una obra pagana de comienzos del siglo IV a.C., anterior al cristianismo, y no trata temas bíblicos. Aun así, entró pronto en el repertorio con que el cristianismo pensó el martirio, la conciencia y la relación entre la fe y la ciudad. La razón es el paralelo estructural: un hombre justo es llevado a la muerte por una multitud, acusado de impiedad, se niega a salvar la vida al precio de traicionar lo que cree que es su misión divina, y muere afirmando que debe obedecer a Dios antes que a los hombres. En la obra, Sócrates declara que prefiere obedecer al dios antes que a la propia asamblea que lo juzga.

“Atenienses, los honro y los quiero, pero obedeceré al dios antes que a ustedes, y, mientras tenga vida y fuerzas, jamás dejaré de filosofar.”

Platón, Apología de Sócrates, Apologia de Sócrates 6:8

La frase resuena, sin que haya ninguna dependencia histórica entre los textos, con la respuesta de Pedro y los apóstoles en

  • Hechos 5:29(At 5:29)
  • , "es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres". El paralelo es temático, no una línea de transmisión: se trata de dos tradiciones que, de manera independiente, oponen la obediencia a Dios a la presión del tribunal humano. Justino Mártir, apologista cristiano del siglo II, fue más lejos y leyó al propio Sócrates como una especie de testigo avant la lettre, sosteniendo que quienes vivieron según la razón, el logos, antes de Cristo, como Sócrates entre los griegos, participaron de algún modo de ella. La tesis es de Justino, no de Platón, y es una de las raíces de la idea patrística del logos spermatikos, la razón sembrada entre los paganos.

    Otro punto de contacto es el tema de la muerte. Al final de la obra, Sócrates argumenta que el hombre bueno no debe temer morir, y que ningún mal puede alcanzar, en vida ni en muerte, a quien es justo. Se trata de una esperanza filosófica, anclada en la inmortalidad del alma y en la convivencia con los ilustres muertos en el Hades, no de la resurrección corporal cristiana. La tradición cristiana reaprovechó la serenidad socrática ante la muerte como ejemplo retórico, pero sobre un fundamento diferente.

    “A un hombre bueno ningún mal puede ocurrirle, ni en vida ni después de muerto, y sus asuntos no son olvidados por los dioses.”

    Platón, Apología de Sócrates, Apologia de Sócrates 13:1

    Tensiones honestas

    El paralelo con el cristianismo tiene límites claros, y este índice los asume. La religión de la obra es la griega politeísta: Sócrates jura por Zeus y por Hera, habla de los dioses en plural, del oráculo de Apolo en Delfos y de los semidioses que juzgan en el Hades. Su defensa contra la acusación de ateísmo no es monoteísta; argumenta que cree en seres divinos y, por tanto, en dioses, y nunca afirma un Dios único y personal. La señal divina que lo guía, el daimonion, es una voz interior que solo le prohíbe y nunca le ordena, y no corresponde a la idea bíblica de revelación. La esperanza ante la muerte descansa en el alma inmortal y en la contemplación, no en la promesa de la resurrección. Leer a Sócrates como mártir cristiano anticipado es proyectar sobre él categorías posteriores; el valor de la obra para el lector cristiano reside en el paralelo moral, la conciencia que resiste a la multitud, y no en una supuesta identidad de doctrina.

    Recepción e influencia

    La Apologíase convirtió en uno de los textos fundadores de la filosofía occidental y en el retrato clásico del filósofo que muere por la coherencia entre lo que piensa y lo que hace. La figura del examen de sí mismo, condensada en la idea de que una vida sin examen no vale la pena vivirse, atravesó la Antigüedad tardía y fue leída con simpatía por autores cristianos que veían en Sócrates un crítico del paganismo popular. En el Renacimiento, Erasmo de Rotterdam llegó a exclamar, al comentar la serenidad del filósofo, "San Sócrates, ruega por nosotros", frase que ilustra la larga tentación cristiana de aproximar a Sócrates a los santos. Conviene mantener la distancia crítica que la propia obra impone: es un documento de la Atenas pagana, y su diálogo con la fe es fruto de una lectura posterior, no de la intención del texto.