El amor activo, de Dostoievski a Zósima
Dostoievski era un cristiano ortodoxo convicto, y este cuento guarda en pequeño el tema que desarrollaría en su obra mayor. La verdad del hombre ridículo, amar a los demás como a uno mismo, es lo que Dostoievski llamaba amor activo: no un sentimiento bonito, sino algo que se hace, con esfuerzo, en el prójimo concreto que está frente a uno. Años después, en Los Hermanos Karamázov, pondría casi las mismas palabras en boca del monje Zósima.
22 Ah, agora, vida, vida! Ergui as mãos e clamei à verdade eterna, não com palavras, mas com lágrimas; o êxtase, um êxtase incomensurável, inundou a minha alma. Sim, vida e a difusão da boa nova! Ah, naquele momento eu resolvi difundir a nova, e resolvi, claro, para a vida inteira. Eu vou difundir a nova, eu quero difundir a nova, de quê? Da verdade, pois eu a vi, vi com os meus próprios olhos, vi em toda a sua glória.
Lo que hay que sopesar con cuidado
El cuento es una parábola, no un tratado de teología, y es justo leerlo así. La conclusión de que bastaría un único día de amor para que el paraíso regresara es abiertamente utópica. Los lectores discrepan sobre si Dostoievski la respalda por completo o si la presenta como el sueño todavía ingenuo de un hombre recién convertido, que admite no saber siquiera cómo comunicar lo que vio, y que sabe que lo toman por loco. El propio texto deja esa puerta abierta.
Para el cristiano, la diferencia merece decirse con claridad. El hombre ridículo vio la verdad en sueños y la anuncia por cuenta propia. El Evangelio no pide que nadie invente la salvación a partir de una visión particular: apunta a una verdad que es una persona, Cristo, y que se conoce por la revelación y por la vida de la Iglesia, no por un éxtasis solitario. El amor al prójimo, que el cuento acierta de lleno, es la segunda parte del mandamiento. La primera, amar a Dios, el cuento casi no la toca.
Lo que vale llevarse del cuento
Aun con esas reservas, el cuento le habla de frente a una enfermedad muy moderna: la sensación de que nada importa. Dostoievski muestra esa indiferencia rompiéndose por un gesto mínimo, la lástima por una niña en la calle, y sanándose por algo que se parece más a una persona amada que a un argumento. La intuición de que fuimos hechos para amar, y de que la ruina comienza cuando el amor cede al orgullo, resuena con la lectura cristiana del Génesis. El cuento llega ahí por la ficción, y por eso mismo sirve de puerta: vale leer al hombre ridículo como un predicador improbable, alguien que vio poco, lo vio en sueños, y aun así ya no puede quedarse callado.
20 Se alguém diz: Eu amo a Deus, e odeia a seu irmão, é mentiroso. Pois quem não ama a seu irmão, ao qual viu, como pode amar a Deus, a quem não viu?