Los mismos hechos, leídos por dos lentes que discrepan. Ninguna de las voces habla por la posición de la página: existen para que veas el argumento más fuerte de cada lado.
La mayoría de estas explicaciones de nombres es etiología narrativa, un juego de palabras teológico construido después para dar sentido a un nombre ya existente, y no filología revelada.
La propia página ya hace la concesión decisiva, y merece tomarse en serio hasta el final. Cuando el texto explica Babel por el verbo balal ("confundir"), está haciendo un juego de palabras, no un análisis lingüístico. El nombre real de la ciudad proviene de algo como Bab-ilu, "puerta del dios" en acadio, y bajo eso de una forma aún más antigua, probablemente no semítica y sin significado conocido. El autor de Génesis 11 tomó el nombre de prestigio de los babilonios y lo dio vuelta: "puerta del dios" se convierte en "confusión". Eso es brillante como literatura y como sátira religiosa. Pero la dirección de la explicación es la opuesta de la que la lectura inerantista necesita: el sentido no fue revelado y luego inscrito en el nombre; el nombre ya existía y la teología fue colgada de él por semejanza de sonido.
El caso de Moisés es aún más revelador de lo que la página deja entrever. En Éx 2:10 la hija del faraón lo nombra porque "de las aguas lo saqué", del hebreo mashah. Pero hay dos problemas. Primero, una princesa egipcia nombrando a un niño en hebreo ya es extraño dentro de la propia historia. Segundo, y más grave, la forma Mosheh no es pasiva ("el que fue sacado") sino activa ("el que saca"), lo que no encaja con la explicación ofrecida. Mientras tanto, la terminación encaja perfectamente en el patrón egipcio mes/mose, "hijo de", visible en Tutmosis ("hijo de Thoth") y Ramsés ("hijo de Ra"). El nombre apunta a un origen egipcio, y la etimología hebrea parece justamente un intento de cubrir ese origen con sentido israelita. Filón y Josefo, judíos antiguos, ya reconocían el carácter egipcio del nombre. Aquí la etimología popular no es solo un juego de palabras bonito; trabaja contra la propia información que el nombre lleva.
Donde la página acierta, y vale decirlo con claridad, es en distinguir los casos. Icabod (1Sm 4:21), Benoni que se convierte en Benjamín (Gn 35:18), Noemí pidiendo que la llamen Mara (Rt 1:20): esos son registros de nombramiento dentro de la escena, cargados de dolor y teología genuina, y nadie necesita negar eso. El punto de fricción no es "los nombres no significan nada", sino en qué momento se atribuyó el significado. Cuando el texto detiene la narración para explicar de dónde vino un nombre de lugar o de pueblo ya existente, el patrón es etiológico: la explicación viene después, para domesticar un dato bruto. Reconocer eso, como la página honestamente hace, es incompatible con la tesis de que cada etimología bíblica es filología dictada por Dios. Las dos lecturas no coexisten en pie de igualdad cuando hay evidencia externa, y en los casos de Babel y Moisés esa evidencia existe y apunta a la mano humana del redactor, no a la precisión de un diccionario revelado.
Juego de palabras teológico no es lo mismo que invención tardía: la paronomasia hebrea es una convención literaria deliberada, y el caso de Moisés muestra que la etimología "popular" del texto convive con una raíz histórica real, no la borra.
La página tiene razón, y es honesto reconocerlo, al decir que muchas de estas explicaciones de nombres no son filología rigurosa. Babel explicado por balal (Gn 11:9) es un juego de sonido, no el origen real de la palabra, que viene del acadio bab-ilu, "puerta del dios". Icabod (1Sm 4:21) y Mara (Rt 1:20) funcionan por la sonoridad y la carga emocional de la escena, no por una derivación lingüística defendible. Negar eso sería deshonesto. Lo que contesto es el salto de la observación a la conclusión: llamarlo "etimología popular" es correcto descriptivamente, pero la palabra "popular" sugiere un accidente ingenuo, cuando en realidad estamos ante paronomasia, una convención literaria deliberada y omnipresente en la poesía y narrativa semítica. El autor que escribe "Jacob" junto a "talón" y "suplantador" (Gn 25:26) sabe que no está haciendo etimología de diccionario. Está haciendo teología por medio del sonido. La pregunta no es si el juego de palabras es lingüísticamente exacto, sino si el juego de palabras exacto era el objetivo. Casi nunca lo era.
De ahí el fallo metodológico que el lector necesita ver: la categoría "narrativa etiológica" (explicación construida después para justificar un nombre ya existente) se usa con frecuencia como si fuera lo contrario de teología revelada, cuando las dos cosas no se excluyen. Un nombre puede preexistir y el texto puede aun así invertir en él un sentido teológico genuino. Más aún, el propio ejemplo de Moisés que cita la página corta contra la lectura escéptica fuerte. Señala, correctamente, que la forma del nombre es compatible con una raíz egipcia ("hijo de", como en Tutmosis, Ramsés), mientras que Éxodo 2:10 lo explica por el hebreo "sacado de las aguas". Pero note lo que eso realmente muestra: un nombre con morfología auténticamente egipcia, en un personaje situado en Egipto, exactamente el tipo de detalle que una leyenda tardía inventada en Jerusalén difícilmente acertaría. Kenneth Kitchen insiste en ese punto en On the Reliability of the Old Testament: el juego de palabras hebreo del versículo puede ser secundario y la base onomástica del nombre ser, al mismo tiempo, históricamente anclada. La etiología teológica no borra el sustrato real; se asienta sobre él.
Lo que queda honestamente abierto, y que ni Kitchen resuelve, es que no podemos probar, caso por caso, si un nombre lleva el significado que los padres realmente le dieron o si el narrador lo glosó después. Benjamín es el ejemplo más claro de esa tensión, porque el propio texto conserva las dos capas sin ocultarlas, Benoni dado por la madre y Benjamín dado por el padre (Gn 35:18). Un texto interesado en fabricar una etimología limpia habría suprimido la versión concurrente; este la guarda. Ese es el patrón que me parece decisivo: la Biblia hebrea frecuentemente conserva la aspereza, el nombre de luto junto al nombre de esperanza, en lugar de alisar todo en una explicación única. Eso es más compatible con tradición transmitida que con invención etiológica de escritorio. Concedo que la lectura crítica es legítima y que la fe no decide la filología. Pero la inferencia de que "juego de palabras teológico" implica "construido después e históricamente vacío" es una premisa importada, no un dato extraído del texto. El texto, leído en sus propios términos, hace teología con el sonido de los nombres sabiendo exactamente lo que hace.