Cómo Debe Leer el Cuento un Cristiano

Una fe que se hace con las manos

Lo primero que un cristiano nota en Marei es que su fe no es una idea, es un gesto. No le explica nada al niño: traza la señal de la cruz, le pide que se persigne, bendice con el nombre de Cristo. Es la fe sencilla del pueblo ruso, que Dostoievski admiraba, vivida con las manos sucias de tierra. Y todo esto, recordémoslo, dentro del marco de la Pascua, la fiesta del paso de la muerte a la vida. El cuento muestra la resurrección ocurriendo en miniatura, en el corazón de un hombre que vuelve a aprender a amar.

La resonancia con el Evangelio

El cuento no cita la Biblia. Pero quien conoce los Evangelios escucha en ellos un eco honesto. El gesto de Marei, detener el trabajo para inclinarse sobre alguien aterrorizado que no es su igual, recuerda la parábola del Buen Samaritano: el extranjero que se compadece del herido en el camino, baja de su animal y lo atiende, cuando los hombres religiosos habían pasado de largo. La compasión que no calcula recompensa es la misma.

33 Mas um samaritano, que ia de viagem, chegou ao dele e, vendo-o, moveu-se de íntima compaixão;

34 E, aproximando-se, atou-lhe as feridas, deitando-lhes azeite e vinho; e, pondo-o sobre o seu animal, levou-o para uma estalagem, e cuidou dele;

Y cuando el narrador descubre que cada prisionero despreciable puede ser un Marei oculto, tropieza, a través de la ficción, con una verdad que Jesús dijo de frente: lo que se hace al más pequeño de los hombres, se le hace a Él. El cuento no llega a citar esa palabra, pero camina en esa dirección. Aprender a mirar el rostro más rudo y sospechar que hay dignidad en él es exactamente la mirada que ese versículo exige.

40 E, respondendo o Rei, lhes dirá: Em verdade vos digo que quando o fizestes a um destes meus pequeninos irmãos, a mim o fizestes.

Vale la advertencia honesta: esto es resonancia, no cita. Dostoievski escribe un cuento, no un sermón, y su fuerza reside justamente en mostrar, no en predicar. Lo que un cristiano se lleva de El Mujik Marei es la intuición de que la gracia suele llegar por la puerta humilde: no en un argumento grandioso, sino en un gesto pequeño, la mano callosa de un siervo tocando el rostro de un niño asustado, y una señal de la cruz que atraviesa veinte años y ablanda un corazón endurecido.