Los mismos hechos, leídos por dos lentes que discrepan. Ninguna de las voces habla por la posición de la página: existen para que veas el argumento más fuerte de cada lado.
La vacilación de Jerónimo prueba que el canon fue decidido por hombres, en debate, y no recibido ya cerrado de Dios.
La página es honesta con la evidencia, y eso ya es la mitad de mi trabajo hecho. El dato central es ineludible: el hombre que produjo el texto base del cristianismo occidental durante mil años clasificó esos siete libros como apócrifos en el Prologus Galeatus, y la fórmula que usó (libros que la Iglesia lee para edificar al pueblo, pero no para fundar doctrina) es exactamente la posición que los reformadores recuperarían. Cuando el traductor oficial y el cardenal Cajetano, siglos después, llegan de forma independiente a la misma reserva, eso no es coincidencia teológica. Es el síntoma de que la frontera del canon nunca fue una línea entregada lista, sino un límite trazado y retrazado por hombres que leían manuscritos y debatían entre sí.
Pero concedo de buen grado lo que la propia página concede, porque el contrapunto es real. Jerónimo tradujo Tobías y Judit y los dejó en la Vulgata que firmó, y fue voto vencido. Agustín discrepaba abiertamente, y los concilios de Hipona en 393 y Cartago en 397 listaron los siete libros como canónicos poco después del prólogo de Jerónimo. Lo que el lado católico extrae de eso es legítimo como argumento eclesiástico: la autoridad no estaba en la opinión privada de un erudito, sino en el juicio colectivo de la Iglesia. No voy a caricaturizar a Jerónimo como si él solo cerrara la cuestión. No la cierra. La abre.
El punto que la evidencia decide, sin embargo, no es qué lado tenía razón, sino lo que el episodio revela sobre la naturaleza del canon. Un libro inspirado por Dios, en teoría, no debería necesitar que un concilio votara para entrar ni que otro erudito fuera derrotado para quedarse afuera. La diferencia doctrinal real no es cosmética: 2Mc 7:9 y el resto de ese capítulo sostienen la oración por los muertos y la resurrección de un modo que el canon hebreo no ofrece, y es precisamente porque cargan peso teológico que la frontera importó tanto. Jerónimo siguiendo la hebraica veritas, Agustín siguiendo la Septuaginta que los apóstoles citaban, los concilios decidiendo por mayoría: eso es la fotografía de una comunidad humana construyendo su biblioteca sagrada con criterios divergentes. La sumisión de Jerónimo al juicio de la Iglesia no anula el problema de la inerrancia. Lo localiza con precisión, porque traslada la infalibilidad del texto a la institución que lo definió, y esa transferencia es una opción de fe, no un hecho que los manuscritos impongan.
Jerónimo emitió una opinión erudita de minoría, pero su propia práctica y el juicio de la Iglesia en concilio decidieron la cuestión en su contra, no a su favor.
El artículo no oculta nada difícil, y eso es honesto. Jerónimo fue de hecho el crítico antiguo más articulado de los siete libros, usó la palabra apócrifos en el Prologus Galeatus, y defendió la hebraica veritas como criterio. No sirve de nada minimizarlo: el mayor traductor de la Iglesia occidental tenía reservas reales sobre lo que estaba traduciendo. Pero la pregunta de fondo (¿esto decide la controversia?) exige más que una cita aislada. Decide si, y solo si, la opinión privada de un erudito vale más que el juicio conciliar de la Iglesia a la que se sometió, y más que la propia práctica de Jerónimo a lo largo de su vida. En ambos planos la evidencia aprieta al que quiere convertir a Jerónimo en testigo protestante.
El punto que la página menciona de pasada (Jerónimo tradujo Tobías y Judit de todas formas) es más importante de lo que parece, y la documentación patrística lo confirma. A lo largo de sus cartas y comentarios posteriores, Jerónimo cita a Sirácida, Baruc y Sabiduría como Escritura, con fórmulas del tipo "como está escrito". Edmon Gallagher y la literatura reciente sobre el canon de Jerónimo registran esto: sus citas no cuadran con la lista teórica del prólogo. Eso no disuelve la tensión, pero la desplaza. Estamos ante un hombre dividido entre un criterio filológico que admiraba (solo el hebreo tiene veritas) y una práctica eclesial heredada, en la que esos libros ya circulaban como Escritura desde los concilios de Hipona en 393 y Cartago en 397. Agustín, del otro lado de la correspondencia, no estaba inventando novedad al defender el uso pleno: representaba la costumbre establecida, y fue su posición la que prevaleció.
Lo que queda genuinamente abierto es el criterio, no el hecho histórico. Si el lector adopta el principio reformado de que el canon del Antiguo Testamento se define por la Biblia hebrea, entonces Jerónimo es un aliado coherente y su vacilación tiene peso. Pero ese es exactamente el punto en disputa, e invocarlo para juzgar a Jerónimo es asumir de antemano la conclusión. Dentro del criterio que el propio Jerónimo aceptó en la práctica, es decir el juicio de la Iglesia reunida en concilio, su opinión erudita fue voto vencido, y firmó la Vulgata con Tobías y Judit dentro. La analogía útil es con cualquier especialista que registra una reserva técnica y aun así se somete a la decisión del cuerpo al que pertenece. Trento en 1546 no corrigió a Jerónimo contra su voluntad tanto como ratificó la práctica que él mismo seguía al citar Sabiduría como Escritura. La frase "Jerónimo no los consideraba inspirados" es verdadera como retrato de una fase de su pensamiento, y falsa como descripción de la vida entera del hombre y de la Iglesia a la que sirvió.