Una pregunta incómoda
Imagina que encontraras un anillo mágico. Al girarlo en el dedo, te vuelves invisible. Nadie te ve, nadie te atrapa, nadie te juzga. La pregunta es simple e incómoda: ¿seguirías siendo una persona honesta? ¿O tomarías lo que quisiera, entrarías donde bien me pareciese, haría lo que deseara, sabiendo que jamás serías castigado?
Esa es la pregunta que sostiene La República entera. Quién la hace no es un villano, es Glaucón, hermano de Platón y amigo de Sócrates. No cree de verdad en lo que va a decir. Solo quiere obligar a Sócrates a probar, sin trampa, que vale la pena ser justo. Y para eso inventa el caso más difícil posible.
La historia del pastor
Glaucón cuenta una leyenda. Un pastor llamado Giges trabajaba para el rey. Un día un terremoto abrió una grieta en la tierra. Bajó, encontró un cuerpo antiguo con un anillo de oro en el dedo y tomó el anillo. Después descubrió, por casualidad, que girando la montura hacia dentro de la mano desaparecía, y girándola hacia afuera reaparecía. Con ese poder, el pastor sedujo a la reina, mató al rey y tomó el trono. Invisible e impune, hizo lo peor. Platón narra el descubrimiento del anillo así:
21 A liberdade que estou supondo seria dada a eles do modo mais completo na forma de um poder como o que se diz ter pertencido a Giges, o ancestral de Creso, o lídio. Segundo a tradição, Giges era um pastor a serviço do rei da Lídia. Houve uma grande tempestade, e um terremoto abriu uma fenda na terra no lugar onde ele apascentava o rebanho. Espantado com o que via, ele desceu pela abertura e, entre outras maravilhas, encontrou um cavalo de bronze, oco, com portinholas. Curvando-se e olhando para dentro, viu um corpo morto, de estatura que lhe pareceu maior do que a humana, sem nada além de um anel de ouro. Ele tirou o anel do dedo do morto e voltou à superfície.
El golpe del argumento
Ahora viene la jugada de Glaucón. Supongamos que existieran dos de esos anillos, y que un hombre justo usara uno y un hombre injusto usara el otro. ¿Qué sucedería? Glaucón dice: nada diferente. Ambos acabarían haciendo lo mismo. Nadie tendría fuerza de voluntad para quedarse pobre y honesto pudiendo tomar todo sin riesgo. Para él, lo único que sostiene a las personas en línea es el miedo a ser atrapadas.
Si eso es verdad, la conclusión es dura: la justicia no sería un bien de verdad. Sería solo un acuerdo entre débiles. Como nadie quiere sufrir injusticia, todos acuerdan no cometer injusticia tampoco. La justicia se vuelve un contrato por miedo, una red de seguridad, no una virtud. Solo finges ser bueno porque hay público.
Sócrates escucha todo esto y acepta el desafío. El resto del libro es la respuesta. Para responder, Sócrates hace un desvío enorme: en lugar de mirar el alma de una persona, que es pequeña y difícil de ver, propone construir una ciudad entera en el pensamiento, donde la justicia aparezca en tamaño grande. Es a esa ciudad que vamos en la próxima página.