Habla, Señor, que tu siervo escucha: el Libro III

Cuando Cristo comienza a hablar

El tercer libro es el corazón de la obra y la razón por la que tantos lectores la aman. Aquí la forma cambia: deja de ser consejo de un monje y se convierte en un diálogo. Cristo habla y el alma responde; el alma pregunta y Cristo consuela. Quien lee deja de ser espectador y se convierte en personaje. Es la parte más larga y la más tierna del libro.

El tono lo marca desde el principio de ese diálogo una frase que invierte la oración de Samuel en el Antiguo Testamento. En lugar de que Dios llame y el hombre oiga distraído, es el alma quien se calla para escuchar: habla, Señor, que tu siervo escucha. El alma ya no quiere hablar, quiere oír. No le pide a Dios que escuche sus razones, sino que la deje aprender en silencio.

1 Falai, Senhor, porque o vosso servo escuta. Eu sou vosso servo: dai-me entendimento, para que eu conheça os vossos testemunhos. Inclinai o meu coração para as palavras da vossa boca. Destile como o orvalho a vossa palavra. Diziam outrora os filhos de Israel a Moisés: Fala-nos tu, e ouviremos; não fale Deus conosco, para que não morramos. Não assim, Senhor, não assim peço, mas antes, com o profeta Samuel, humilde e ardentemente vos suplico: Falai, Senhor, porque o vosso servo escuta. Que não me fale Moisés, nem algum dos profetas, mas falai antes Vós, Senhor Deus, inspirador e iluminador de todos os profetas; porque Vós sozinho, sem eles, podeis instruir-me perfeitamente, ao passo que eles, sem Vós, de nada aproveitarão.

Descansar en Dios por encima de todo

El gran tema de ese diálogo es el reposo. La obra enseña, capítulo tras capítulo, que el corazón humano solo encuentra descanso cuando pone a Dios por encima de todas las cosas: por encima de los bienes, los honores, los talentos, los amigos e incluso los consuelos espirituales. Todo lo que no es Dios, por bueno que sea, es demasiado pequeño para llenar el alma.

1 Acima de todas as coisas e em todas as coisas descansarás, ó minha alma, sempre no Senhor, porque ele é o eterno repouso dos santos. Concedei-me, dulcíssimo e amantíssimo Jesus, repousar em Vós acima de toda saúde e formosura, acima de toda glória e honra, acima de todo poder e dignidade, acima de toda ciência e sutileza, acima de todas as riquezas e artes, acima de toda alegria e exultação, acima de toda fama e louvor, acima de toda doçura e consolação, acima de toda esperança e promessa, acima de todo mérito e desejo, acima de todos os dons e presentes que podeis dar e infundir, acima de todo gozo e júbilo que a mente pode conceber e sentir. Enfim, acima de todos os Anjos e Arcanjos, e acima de todo o exército do céu, e acima de todas as coisas visíveis e invisíveis, e acima de tudo aquilo, ó meu Deus, que Vós não sois: porque Vós, meu Deus, sois o melhor acima de todas as coisas.

Es la misma intuición que abre las Confesiones de Agustín, mil años antes: el corazón está inquieto hasta que reposa en Dios. La Imitación de Cristo no inventa esa idea, pero la transforma en escuela diaria, en un paso a paso de cómo soltar una cosa a la vez hasta que solo Dios quede.