Vida de Santo Antão 1

A biografia (séc. IV) que Atanásio escreveu do pai do monaquismo cristão: a renúncia de Antão, suas lutas com os demônios no deserto, o longo discurso sobre o discernimento dos espíritos, os milagres, os debates com os filósofos gregos e a sua morte. Um dos livros mais influentes da história do cristianismo, leitura que ajudou a converter Agostinho

Esta fue la primera lucha de Antón contra el diablo, o mejor dicho, esta victoria fue obra del Salvador en Antón, 'que condenó el pecado en la carne, para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos según la carne, sino según el espíritu.' Pero ni por eso Antón, aunque el maligno hubiera caído, relajó de ahí en adelante su cuidado y lo despreció; ni el enemigo, como si estuviera vencido, dejó de armarle celadas. Pues de nuevo él andaba alrededor como un león, buscando alguna oportunidad contra él. Pero Antón, habiendo aprendido de las Escrituras que las astucias del diablo son muchas, continuó con celo la disciplina, considerando que, aunque el diablo no hubiera conseguido engañar su corazón por el placer corporal, intentaría prenderlo por otros medios. Pues el demonio ama el pecado. Por eso, cada vez más él reprimía el cuerpo y lo mantenía en sujeción, para que, habiendo por ventura vencido de un lado, no fuera arrastrado hacia abajo del otro. Resolvió, entonces, acostumbrarse a un modo de vida más severo. Y muchos se admiraban, pero él mismo acostumbraba soportar el trabajo con facilidad; pues el ardor del alma, por la extensión del tiempo en que había permanecido en él, formara en él un buen hábito, de modo que, recibiendo solo pequeña iniciación de los otros, mostraba gran celo en ese punto. Vigilaba a tal punto que muchas veces pasaba la noche entera sin dormir; y esto no una vez, sino con frecuencia, para admiración de los otros. Comía una vez por día, después de la puesta de sol, a veces una vez cada dos días, y muchas veces solo cada cuatro. Su alimento era pan y sal, su bebida, solo agua. De carne y vino es superfluo hasta hablar, pues nada de eso se encontraba en los demás hombres fervorosos. Una estera de junco le servía para dormir, pero, en la mayor parte de las veces, se acostaba sobre el suelo desnudo. No quería ungirse con aceite, diciendo que corresponde a los jóvenes ser fervorosos en el entrenamiento y no buscar lo que debilitaría el cuerpo; sino que debían acostumbrarlo al trabajo, acordándose de las palabras del apóstol: 'cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte.' 'Pues', decía él, 'la fibra del alma se queda firme cuando los placeres del cuerpo se disminuyen.' Y había llegado a esta conclusión verdaderamente admirable: 'que el progreso en la virtud, y el alejamiento del mundo por causa de ella, no deben ser medidos por el tiempo, sino por el deseo y la firmeza de propósito.' Él, al menos, no daba ningún pensamiento al pasado, sino, día tras día, como si estuviera al comienzo de su disciplina, aplicaba mayor esfuerzo para el avance, repitiéndose a mismo muchas veces la frase de Pablo: 'Olvidando las cosas que quedan para atrás y avanzando hacia las que están adelante.' Se acordaba también de las palabras dichas por el profeta Elías: 'vive el Señor, delante de cuya presencia hoy me presento.' Pues observaba que, al decir 'hoy', el profeta no contaba el tiempo que ya había pasado; sino, día a día, como si siempre estuviera comenzando, se esforzaba ardientemente por tornarse apto a presentarse delante de Dios, siendo puro de corazón y siempre listo a someterse a Su consejo, y solo a Él. Y acostumbraba decirse a mismo que, de la vida del gran Elías, el eremita debe ver la suya propia como en un espejo.