Vida de Santo Antão 1
A biografia (séc. IV) que Atanásio escreveu do pai do monaquismo cristão: a renúncia de Antão, suas lutas com os demônios no deserto, o longo discurso sobre o discernimento dos espíritos, os milagres, os debates com os filósofos gregos e a sua morte. Um dos livros mais influentes da história do cristianismo, leitura que ajudou a converter Agostinho
La vocación y la renuncia de Antón
Atanasio, el obispo, a los hermanos que están en tierras extranjeras.
Ustedes han entrado en una noble contienda con los monjes de Egipto al decidirse a igualarse a ellos, o incluso superarlos, en el entrenamiento por el camino de la virtud. Pues a esta altura ya hay monasterios entre ustedes, y el nombre de monje ha pasado a ser reconocido públicamente. Con razón, por lo tanto, todos aprobarán esta decisión, y, en respuesta a las oraciones de ustedes, Dios dará su cumplimiento. Ahora, puesto que ustedes me pidieron que les diera un relato del modo de vida del bienaventurado Antón, y desean saber cómo él comenzó la disciplina, quién fue y qué tipo de hombre era antes de eso, cómo terminó su vida, y si las cosas que se cuentan de él son verdaderas, para que ustedes también se animen a imitarlo, acepté de buen grado el pedido de ustedes, pues para mí también el simple recuerdo de Antón es un gran incremento de ayuda. Y sé que ustedes, después de oír, más allá de la admiración por el hombre, van a desear emular su determinación; pues, para los monjes, la vida de Antón es un modelo suficiente de disciplina. Por eso, no dejen de dar crédito a lo que oyeron de aquellos que trajeron noticias de él; piensen antes que solo le contaron algunas cosas, pues de cualquier modo difícilmente habrían relatado en detalle hechos de tan grande importancia. Y como yo, a pedido de ustedes, traje a la memoria algunas circunstancias respecto de él, y enviaré en una carta todo lo que pueda contar, no dejen de interrogar a los que de aquí naveguen: pues es posible que, cuando todos hayan contado su parte, el relato aún quede por debajo de sus méritos. Por eso, al recibir la carta de ustedes, quise mandar llamar a algunos de los monjes, sobre todo a los que acostumbraban estar con él más frecuentemente, para que, si yo consiguiese saber de nuevos detalles, pudiera enviárselos a ustedes. Pero como la estación de navegación llegaba a su fin y el portador de la carta estaba con prisa, me apresuré en escribir a la piedad de ustedes lo que yo mismo sé, habiéndolo visto muchas veces, y lo que pude aprender de él, pues fui su acompañante por mucho tiempo y vertí agua sobre sus manos; atento en todo a la verdad, para que nadie desconfíe por oír demasiado, ni, por otro lado, al oír de menos, desprecie al hombre.
Antón, sepan, era egipcio de origen: sus padres eran de buena familia y poseían considerable riqueza, y, como eran cristianos, él también fue criado en la misma fe. En la infancia, fue educado junto a sus padres, sin conocer otra cosa sino ellos y su hogar. Pero, cuando creció y llegó a la edad de muchacho, e iba avanzando en años, no soportaba aprender las letras, ni se importaba en convivir con los otros muchachos; todo su deseo era, como está escrito de Jacob, vivir como un hombre sencillo en casa. Con los padres, acostumbraba frecuentar la Casa del Señor, y ni cuando niño era perezoso, ni, ya más viejo, los despreció; pero era obediente al padre y a la madre y atento a lo que se leía, guardando en el corazón lo que había de provechoso en lo que oía. Y, aunque criado niño en una condición de modesta abundancia, no importunaba a los padres por comida variada o lujosa, ni esto le era fuente de placer; se contentaba simplemente con lo que encontraba, sin buscar nada más allá de eso.
Después de la muerte del padre y la madre, quedó solo con una hermanita: tenía cerca de dieciocho o veinte años, y sobre él recaía el cuidado tanto de la casa como de la hermana. Ahora, no hacía aún seis meses desde la muerte de los padres cuando, yendo según la costumbre a la Casa del Señor, reflexionaba consigo mismo y ponderaba, mientras caminaba, cómo los apóstoles dejaron todo y siguieron al Salvador; y cómo, en los Hechos, vendieron sus posesiones y las trajeron y las depositaron a los pies de los apóstoles para la distribución a los necesitados, y qué gran esperanza les estaba reservada en los cielos. Meditando en estas cosas, entró en la iglesia, y sucedió que el Evangelio estaba siendo leído, y oyó al Señor decir al hombre rico: 'Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dalo a los pobres; y ven, sígueme, y tendrás un tesoro en los cielos.' Antón, como si Dios lo hubiera hecho acordarse de los santos, y como si el pasaje hubiera sido leído por causa de él, salió inmediatamente de la iglesia y dio a los moradores del pueblo las posesiones de sus antepasados, eran trescientos acres, productivos y muy buenos, para que no fueran más una carga sobre él y su hermana. Y todo lo demás que era mueble lo vendió, y, habiendo reunido mucho dinero, lo dio a los pobres, reservando, sin embargo, un poco para el bien de la hermana.
Y, nuevamente, al entrar en la iglesia, oyendo al Señor decir en el Evangelio: 'No se preocupen por el mañana', no pudo quedarse más tiempo, sino que salió y dio a los pobres también aquellas cosas. Habiendo confiado a la hermana a vírgenes conocidas y fieles, y la colocó en un convento para ser criada, se dedicó de ahí en adelante, fuera de su casa, a la disciplina, cuidándose a sí mismo y entrenándose con paciencia. Pues aún no había tantos monasterios en Egipto, y ningún monje siquiera conocía el desierto distante; pero todos los que querían cuidarse a sí mismos practicaban la disciplina en soledad, cerca del propio pueblo. Ahora, había entonces, en el pueblo vecino, un hombre viejo que vivía la vida de eremita desde su juventud. Antón, después de ver a ese hombre, lo imitó en la piedad. Y, al principio, pasó a permanecer en lugares fuera del pueblo: entonces, si oía hablar de un buen hombre en algún lugar, como la abeja prudente, iba a buscarlo, y no volvía a su propio palacio hasta no haberlo visto; y regresaba, habiendo recibido del buen hombre como que provisiones para su jornada en el camino de la virtud. Habitando allí al principio, afirmó su propósito de no volver a la morada de los padres ni al recuerdo de los parientes; sino de guardar todo su deseo y energía para perfeccionar su disciplina. Trabajaba, sin embargo, con las manos, habiendo oído: 'quien es perezoso, no coma'; y parte gastaba con pan y parte daba a los necesitados. Y era constante en la oración, sabiendo que el hombre debe orar en secreto, sin cesar. Pues él había dado tanta atención a lo que se leía que nada de lo que estaba escrito caía por tierra para él, sino que se acordaba de todo, y después su memoria le servía de libros.
Conduciéndose así, Antón era amado por todos. Se sujetaba con sinceridad a los hombres buenos que visitaba, y aprendía a fondo en qué cada uno lo superaba en celo y disciplina. Observaba la bondad de uno; la oración incesante de otro; tomaba conocimiento de la ausencia de ira de uno y la bondad amorosa de otro; ponía atención a uno mientras vigilaba, a otro mientras estudiaba; admiraba a uno por la resistencia, otro por el ayuno y por dormir en el suelo; la mansedumbre de uno y la longanimidad de otro él observaba con cuidado, mientras tomaba nota de la piedad hacia Cristo y del amor mutuo que animaban a todos. Así lleno, volvía a su propio lugar de disciplina, y de ahí en adelante se esforzaba por reunir las cualidades de cada uno, y era ardiente en mostrar en sí mismo las virtudes de todos. Con los otros de la misma edad él no tenía rivalidad; a no ser solo en esto: que no fuera inferior a ellos en las cosas más altas. Y hacía esto de modo a no herir los sentimientos de nadie, sino a hacerlos alegrarse por causa de él. Así, todos del pueblo y los hombres buenos de cuya intimidad él disfrutaba, al ver que él era un hombre de ese tipo, acostumbraban llamarlo amado por Dios. Y algunos lo acogían como hijo, otros como hermano.
Pero el diablo, que odia y envidia lo que es bueno, no pudo soportar ver tal resolución en un joven, e intentó llevar a cabo contra él lo que estaba acostumbrado a realizar contra los otros. Primero de todo, procuró apartarlo de la disciplina, susurrándole el recuerdo de su riqueza, el cuidado de la hermana, los lazos de parentesco, el amor al dinero, el amor a la gloria, los varios placeres de la mesa y las demás distracciones de la vida, y, por fin, la dificultad de la virtud y el trabajo que ella exige; sugirió también la debilidad del cuerpo y la extensión del tiempo. En una palabra, levantó en la mente de él una gran polvareda de debate, queriendo desviarlo de su firme propósito. Pero cuando el enemigo se vio demasiado débil para la determinación de Antón, y antes bien vencido por la firmeza de él, derribado por su gran fe y caído por sus constantes oraciones, entonces, por fin, poniendo su confianza en las armas que están 'en el ombligo de su vientre' y jactándose de ellas, pues son su primera trampa para los jóvenes, atacó al joven, perturbándolo de noche y atormentándolo de día, de modo que hasta los que miraban veían la lucha que se trababa entre ellos. Uno sugería pensamientos impuros y el otro los combatía con oraciones: uno lo inflamaba de lujuria, el otro, como quien parecía sonrojarse, fortalecía el cuerpo con fe, oraciones y ayuno. Y el diablo, criatura infeliz, una noche llegó hasta tomar la forma de una mujer e imitó todos sus actos, simplemente para seducir a Antón. Pero él, con la mente llena de Cristo y de la nobleza por Él inspirada, y considerando la espiritualidad del alma, apagó el carbón del engaño del otro. Nuevamente el enemigo le sugirió la facilidad del placer. Pero él, como un hombre lleno de furor y tristeza, volvió sus pensamientos hacia el fuego amenazante y la lombriz que roe, y, oponiendo estas cosas a su adversario, atravesó la tentación ileso. Todo esto era motivo de vergüenza para su enemigo. Pues él, que se juzgaba semejante a Dios, era ahora escarnecido por un joven; y él, que se jactaba contra la carne y la sangre, estaba siendo puesto en fuga por un hombre en la carne. Pues el Señor estaba trabajando con Antón, el Señor que por nosotros tomó carne y dio al cuerpo la victoria sobre el diablo, de modo que todos los que verdaderamente luchan pueden decir: 'no yo, sino la gracia de Dios que estaba conmigo.'
Por fin, cuando el dragón no consiguió ni así derribar a Antón, sino se vio expulsado de su corazón, rechinando los dientes, como está escrito, y como que fuera de sí, él se apareció a Antón como un muchacho negro, tomando una forma visible conforme el color de su mente. Y, encogiéndose delante de él, por así decirlo, no lo asediaba más con pensamientos, pues, astuto como era, fue derrotado, pero por fin habló en voz humana y dijo: 'A muchos he engañado, a muchos he derribado; pero ahora, atacándolo a usted y sus trabajos como lo hice con tantos otros, me mostré débil.' Cuando Antón preguntó: ¿Quién es usted que me habla así? Él respondió con voz lastimera: 'Yo soy el amigo de la prostitución, y tomé sobre mí los incitaciones que la conducen contra los jóvenes. Soy llamado el espíritu de la lujuria. A cuántos engañé que deseaban vivir con sobriedad, cuántos son los castos a quienes, por mis incitaciones, demasiado persuadí! Soy yo por causa de quien también el profeta reprende a los que cayeron, diciendo: Fuisteis llevados a errar por el espíritu de la prostitución. Pues por mí ellos tropezaron. Soy yo que tantas veces lo perturbé y tantas veces fui derribado por usted.' Pero Antón, habiendo dado gracias al Señor, le dijo con buen ánimo: 'Usted es muy despreciable, entonces, pues tiene el corazón negro y es débil como una criatura. De ahora en adelante no tendré ningún problema con usted, pues el Señor es mi auxilio, y miraré desde arriba a mis enemigos.' Habiendo oído esto, el negro huyó inmediatamente, estremecido por las palabras y temiendo incluso acercarse al hombre por más tiempo.
Esta fue la primera lucha de Antón contra el diablo, o mejor dicho, esta victoria fue obra del Salvador en Antón, 'que condenó el pecado en la carne, para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos según la carne, sino según el espíritu.' Pero ni por eso Antón, aunque el maligno hubiera caído, relajó de ahí en adelante su cuidado y lo despreció; ni el enemigo, como si estuviera vencido, dejó de armarle celadas. Pues de nuevo él andaba alrededor como un león, buscando alguna oportunidad contra él. Pero Antón, habiendo aprendido de las Escrituras que las astucias del diablo son muchas, continuó con celo la disciplina, considerando que, aunque el diablo no hubiera conseguido engañar su corazón por el placer corporal, intentaría prenderlo por otros medios. Pues el demonio ama el pecado. Por eso, cada vez más él reprimía el cuerpo y lo mantenía en sujeción, para que, habiendo por ventura vencido de un lado, no fuera arrastrado hacia abajo del otro. Resolvió, entonces, acostumbrarse a un modo de vida más severo. Y muchos se admiraban, pero él mismo acostumbraba soportar el trabajo con facilidad; pues el ardor del alma, por la extensión del tiempo en que había permanecido en él, formara en él un buen hábito, de modo que, recibiendo solo pequeña iniciación de los otros, mostraba gran celo en ese punto. Vigilaba a tal punto que muchas veces pasaba la noche entera sin dormir; y esto no una vez, sino con frecuencia, para admiración de los otros. Comía una vez por día, después de la puesta de sol, a veces una vez cada dos días, y muchas veces solo cada cuatro. Su alimento era pan y sal, su bebida, solo agua. De carne y vino es superfluo hasta hablar, pues nada de eso se encontraba en los demás hombres fervorosos. Una estera de junco le servía para dormir, pero, en la mayor parte de las veces, se acostaba sobre el suelo desnudo. No quería ungirse con aceite, diciendo que corresponde a los jóvenes ser fervorosos en el entrenamiento y no buscar lo que debilitaría el cuerpo; sino que debían acostumbrarlo al trabajo, acordándose de las palabras del apóstol: 'cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte.' 'Pues', decía él, 'la fibra del alma se queda firme cuando los placeres del cuerpo se disminuyen.' Y había llegado a esta conclusión verdaderamente admirable: 'que el progreso en la virtud, y el alejamiento del mundo por causa de ella, no deben ser medidos por el tiempo, sino por el deseo y la firmeza de propósito.' Él, al menos, no daba ningún pensamiento al pasado, sino, día tras día, como si estuviera al comienzo de su disciplina, aplicaba mayor esfuerzo para el avance, repitiéndose a sí mismo muchas veces la frase de Pablo: 'Olvidando las cosas que quedan para atrás y avanzando hacia las que están adelante.' Se acordaba también de las palabras dichas por el profeta Elías: 'vive el Señor, delante de cuya presencia hoy me presento.' Pues observaba que, al decir 'hoy', el profeta no contaba el tiempo que ya había pasado; sino, día a día, como si siempre estuviera comenzando, se esforzaba ardientemente por tornarse apto a presentarse delante de Dios, siendo puro de corazón y siempre listo a someterse a Su consejo, y solo a Él. Y acostumbraba decirse a sí mismo que, de la vida del gran Elías, el eremita debe ver la suya propia como en un espejo.