Sobre a Encarnação do Verbo 8
O clássico tratado de cristologia (séc. IV) em que Atanásio explica por que Deus se fez homem: a criação e a queda, o dilema entre a justiça e a bondade divinas, a Encarnação como solução, a morte na cruz e a ressurreição como vitória sobre a corrupção, e a refutação de judeus e gentios
Así, como quien desea ver a Dios, que es invisible por naturaleza y no se ve de modo alguno, puede conocerlo y aprehenderlo por sus obras, del mismo modo aquel que no consigue ver a Cristo con el entendimiento al menos lo aprehenda por las obras de su cuerpo, y examine si son obras humanas o de Dios. Y, si fueran humanas, que se burle; pero, si no fueran humanas sino de Dios, que lo reconozca y no ría de aquello que no es motivo de burla; antes bien, que se admire de que, por un medio tan común, cosas divinas nos hayan sido manifestadas, y de que, por la muerte, la inmortalidad haya alcanzado a todos, y de que, por el Verbo haciéndose hombre, la Providencia universal haya sido conocida, así como Aquel que la concede y la realiza, el propio Verbo de Dios. Pues él se hizo hombre para que nosotros fuéramos hechos Dios; y se manifestó por un cuerpo para que recibiéramos la idea del Padre invisible; y soportó la insolencia de los hombres para que heredáramos la inmortalidad. Pues, aunque él mismo en nada fue perjudicado, siendo impasible, incorruptible y el propio Verbo y Dios, los hombres que sufrían, y por amor de quienes él soportó todo esto, él los mantuvo y preservó en su propia impasibilidad. En suma, las realizaciones del Salvador, resultantes de su hacerse hombre, son de tal naturaleza y en tal número que, si alguien quisiera enumerarlas, podría ser comparado a hombres que contemplan la vastedad del mar y quieren contar sus olas. Pues, así como nadie consigue abarcar con los ojos la totalidad de las olas, ya que las que vienen llegando frustran el sentido de quien intenta, del mismo modo, para aquel que quisiera abarcar todas las realizaciones de Cristo en el cuerpo, es imposible abarcar el todo, incluso enumerándolas, pues las que sobrepasan su pensamiento son más que las que juzga haber abarcado. Es mejor, entonces, no pretender hablar del todo, cuando no se consigue hacer justicia ni a una parte, sino, después de mencionar una más, dejar el todo para que usted admire. Pues todas igualmente son admirables, y a donde quiera que un hombre dirija la mirada, puede contemplar de ese lado la divinidad del Verbo y ser tomado de un temor inmenso.