Sobre a Encarnação do Verbo 8

O clássico tratado de cristologia (séc. IV) em que Atanásio explica por que Deus se fez homem: a criação e a queda, o dilema entre a justiça e a bondade divinas, a Encarnação como solução, a morte na cruz e a ressurreição como vitória sobre a corrupção, e a refutação de judeus e gentios

Las pruebas de la divinidad y la conclusión

Muchos antes de este Hombre fueron reyes y tiranos del mundo, y muchos quedaron registrados como sabios y magos entre los caldeos, los egipcios y los indios. Pregunto: ¿cuál de ellos, no después de muerto, sino aun en vida, fue capaz de prevalecer hasta el punto de llenar toda la tierra con su enseñanza y de convertir una multitud tan grande lejos de la superstición de los ídolos, como lo hizo nuestro Salvador al traer a tantos de los ídolos para mismo? Los filósofos de los griegos compusieron muchas obras con apariencia de verdad y habilidad de palabras. ¿Qué resultado, entonces, produjeron tan grande como la Cruz de Cristo? Pues los refinamientos que enseñaban parecían plausibles mientras vivían; pero incluso la influencia que parecían tener en vida estaba sujeta a rivalidades entre ellos, y disputaban unos con otros y se atacaban mutuamente. Pero el Verbo de Dios, hecho de lo más sorprendente, enseñando con un lenguaje más simple, puso en la sombra a los sofistas de renombre; y, atrayendo a todos para sí, redujo a nada las escuelas de ellos y llenó sus propias iglesias. Y lo que más asombra es que, descendiendo a la muerte como hombre, redujo a nada las declaraciones ruidosas de los sabios acerca de los ídolos. Pues ¿la muerte de quién jamás expulsó demonios? ¿O de quién los demonios jamás temieron la muerte como temieron la de Cristo? Pues donde el nombre del Salvador es pronunciado, allí todo demonio es expulsado. ¿O quién liberó a los hombres de las pasiones de la naturaleza humana, de modo que los impuros se vuelven castos, los asesinos ya no empuñan la espada y los que antes eran dominados por la cobardía pasan a actuar con coraje? En suma, ¿quién persuadió a hombres de tierras bárbaras y pueblos paganos en diversos lugares a dejar de lado su locura y buscar la paz, sino la Fe de Cristo y el Signo de la Cruz? ¿O quién dio más a los hombres tanta certeza de la inmortalidad, como dieron la Cruz de Cristo y la Resurrección de su Cuerpo? Pues aunque los griegos contaron toda clase de historias falsas, no fueron capaces de fingir una resurrección de sus ídolos, porque nunca se les pasó por la cabeza que fuera de alguna manera posible al cuerpo volver a existir después de la muerte. Y es exactamente aquí donde más se debería aceptar el testimonio de ellos, puesto que, con esa opinión, expusieron la debilidad de su propia idolatría, mientras dejaban la posibilidad abierta para Cristo, de modo que también por eso pudiera ser conocido entre todos como Hijo de Dios.
¿Y quién, entre los hombres, después de muerto o aun en vida, enseñó acerca de la virginidad y mostró que esa virtud no es imposible entre los hombres? Pero Cristo, nuestro Salvador y Rey de todos, tuvo tanto poder en su enseñanza acerca de ella que incluso niños que aún no han llegado a la edad legal hacen voto de aquella virginidad que está por encima de la ley. ¿Qué hombre fue capaz de llegar tan lejos a punto de alcanzar a los escitas y a los etíopes, a los persas, a los armenios o a los godos, o a aquellos de quienes oímos hablar más allá del océano, o los que viven más allá de la Hircania, o incluso a los egipcios y a los caldeos, hombres dados a la magia, supersticiosos más allá de toda medida y salvajes en sus costumbres, y de predicar a todos ellos acerca de la virtud y el dominio propio, y contra el culto a los ídolos, como lo hizo el Señor de todos, el Poder de Dios, nuestro Señor Jesucristo? Él no predicó sólo por medio de sus propios discípulos, sino que también persuadió el corazón de los hombres a dejar de lado la ferocidad de sus costumbres, a ya no servir a los dioses de sus antepasados, sino a aprender a conocerlo y, por medio de él, a adorar al Padre. Pues antes, mientras vivían en la idolatría, griegos y bárbaros hacían guerra unos contra otros y eran crueles incluso con los de su propia sangre. Era imposible que alguien atravesara el mar o la tierra sin armar la mano con espadas, a causa de las peleas implacables entre ellos. Toda su vida giraba en torno a las armas, y la espada hacía para ellos las veces de bastón y era su apoyo en toda emergencia; y, como dije antes, servían a los ídolos y ofrecían sacrificios a los demonios, y, a pesar de toda su superstición idólatra, no conseguían liberarse de ese espíritu. Pero cuando pasaron a la escuela de Cristo, entonces, por más extraño que parezca, como hombres verdaderamente tocados en la conciencia, dejaron de lado la crueldad de sus asesinatos y ya no se ocupan de las cosas de la guerra. Todo entre ellos es paz, y de ahí en adelante lo que agrada es aquello que favorece la amistad.
¿Quién, entonces, es Aquel que hizo esto, o quién es Aquel que unió en paz a hombres que se odiaban, sino el Hijo amado del Padre, el Salvador común de todos, Jesucristo, quien por su propio amor soportó todas las cosas por nuestra salvación? Pues ya desde la antigüedad se profetizó acerca de la paz que había de traer, cuando la Escritura dice: Transformarán sus espadas en arados y sus lanzas en hoces; nación no levantará espada contra nación, ni aprenderán más la guerra. Y esto, al menos, no es increíble, puesto que incluso hoy aquellos bárbaros que tienen una salvajería de costumbres innata, mientras aún sacrifican a los ídolos de su tierra, se enfurecen unos contra otros y no soportan estar una sola hora sin armas; pero, cuando oyen la enseñanza de Cristo, en lugar de luchar, se vuelven en seguida hacia la labranza, y, en lugar de armar las manos con armas, las levantan en oración; en una palabra, en lugar de pelearse entre sí, de ahí en adelante se arman contra el diablo y contra los espíritus malignos, venciéndolos por el dominio propio y por la virtud del alma. Ahora bien, esto es al mismo tiempo una prueba de la divinidad del Salvador, puesto que lo que los hombres no pudieron aprender entre los ídolos lo aprendieron de él; y no es pequeña demostración de la debilidad y de la nada de los demonios y de los ídolos. Pues los demonios, conociendo su propia debilidad, por esa razón antes ponían a los hombres a guerrear unos contra otros, para que, si cesaban de la disputa mutua, no se volvieran a la batalla contra los demonios. Por eso los que se vuelven discípulos de Cristo, en lugar de guerrear unos con otros, se alinean contra los demonios por sus hábitos y por sus acciones virtuosas; y los ponen en fuga y se burlan de su jefe, el diablo. Así, en la juventud son moderados, en las tentaciones resisten, en los trabajos perseveran, cuando son insultados son pacientes, cuando son robados no dan importancia; y, por más admirable que sea, desprecian incluso la muerte y se vuelven mártires de Cristo.
Y, para mencionar una prueba de la divinidad del Salvador que es de hecho totalmente sorprendente: ¿qué simple hombre, mago, tirano o rey fue alguna vez capaz, por solo, de enfrentar a tantos y de trabar la batalla contra toda la idolatría, contra toda la hueste de demonios y toda la magia, y contra toda la sabiduría de los griegos, cuando estaban fuertes, aún florecientes e imponiéndose a todos, y de detenerlos a todos en un solo asalto, como lo hizo nuestro Señor, el verdadero Verbo de Dios, que, exponiendo de modo invisible el error de cada uno, por mismo aleja a todos los hombres de todos ellos, de modo que los que adoraban ídolos ahora los pisotean, los de fama en la magia queman sus libros, y los sabios prefieren a todos los estudios la interpretación de los Evangelios? Pues a quienes solían adorar, esos están abandonando, y a Aquel a quién se burlaban como un crucificado, a Él adoran como Cristo, confesándolo como Dios. Y los que entre ellos se llaman dioses son puestos en fuga por el Signo de la Cruz, mientras el Salvador crucificado es proclamado en todo el mundo como Dios e Hijo de Dios. Y los dioses adorados entre los griegos caen en descrédito por manos de ellos, como seres vergonzosos; mientras que los que reciben la enseñanza de Cristo viven una vida más casta que ellos. Si, entonces, estas y otras cosas semejantes son obras humanas, que aquel que quiera apunte obras parecidas hechas por hombres de tiempos pasados, y así nos convenza. Pero, si se revelan, como de hecho son, no obras de hombres, sino de Dios, ¿por qué los incrédulos son tan irreligiosos a punto de no reconocer al Señor que las realizó? Pues el caso de ellos es como el de un hombre que, a partir de las obras de la creación, no llega a conocer a Dios, su Artífice. Pues, si conocieran la divinidad de él por su poder sobre el universo, habrían reconocido que también las obras corporales de Cristo no son humanas, sino son obras del Salvador de todos, el Verbo de Dios. Y, si lo hubieran reconocido, no habrían, como dijo Pablo, crucificado al Señor de la gloria.
Así, como quien desea ver a Dios, que es invisible por naturaleza y no se ve de modo alguno, puede conocerlo y aprehenderlo por sus obras, del mismo modo aquel que no consigue ver a Cristo con el entendimiento al menos lo aprehenda por las obras de su cuerpo, y examine si son obras humanas o de Dios. Y, si fueran humanas, que se burle; pero, si no fueran humanas sino de Dios, que lo reconozca y no ría de aquello que no es motivo de burla; antes bien, que se admire de que, por un medio tan común, cosas divinas nos hayan sido manifestadas, y de que, por la muerte, la inmortalidad haya alcanzado a todos, y de que, por el Verbo haciéndose hombre, la Providencia universal haya sido conocida, así como Aquel que la concede y la realiza, el propio Verbo de Dios. Pues él se hizo hombre para que nosotros fuéramos hechos Dios; y se manifestó por un cuerpo para que recibiéramos la idea del Padre invisible; y soportó la insolencia de los hombres para que heredáramos la inmortalidad. Pues, aunque él mismo en nada fue perjudicado, siendo impasible, incorruptible y el propio Verbo y Dios, los hombres que sufrían, y por amor de quienes él soportó todo esto, él los mantuvo y preservó en su propia impasibilidad. En suma, las realizaciones del Salvador, resultantes de su hacerse hombre, son de tal naturaleza y en tal número que, si alguien quisiera enumerarlas, podría ser comparado a hombres que contemplan la vastedad del mar y quieren contar sus olas. Pues, así como nadie consigue abarcar con los ojos la totalidad de las olas, ya que las que vienen llegando frustran el sentido de quien intenta, del mismo modo, para aquel que quisiera abarcar todas las realizaciones de Cristo en el cuerpo, es imposible abarcar el todo, incluso enumerándolas, pues las que sobrepasan su pensamiento son más que las que juzga haber abarcado. Es mejor, entonces, no pretender hablar del todo, cuando no se consigue hacer justicia ni a una parte, sino, después de mencionar una más, dejar el todo para que usted admire. Pues todas igualmente son admirables, y a donde quiera que un hombre dirija la mirada, puede contemplar de ese lado la divinidad del Verbo y ser tomado de un temor inmenso.
Esto, entonces, después de todo lo que hemos dicho hasta aquí, conviene que usted perciba, y tome como el resumen de lo que ya expusimos, y admire en alto grado: a saber, que, desde que el Salvador vino hacia nosotros, la idolatría no sólo ya no crece, sino que lo que de ella había está disminuyendo y llegando poco a poco al fin; y no sólo la sabiduría de los griegos ya no avanza, sino que lo que de ella hay ahora se desvanece; y los demonios, lejos de aún engañar a alguien por ilusiones, profecías y artes mágicas, si llegan a osar el intento, son avergonzados por el signo de la Cruz. Y, para resumir el asunto: vea cómo la doctrina del Salvador crece por todas partes, mientras toda idolatría y todo lo que se opone a la fe de Cristo se marchita cada día, pierde fuerza y cae. Y, contemplando esto, adore al Salvador, que está por encima de todo y es poderoso, el propio Dios Verbo, y condene a aquellos que están siendo vencidos y aniquilados por él. Pues, así como, cuando el sol llega, la oscuridad ya no prevalece, y, si alguna aún resta en algún lugar, es disipada, del mismo modo, ahora que vino la divina Manifestación del Verbo de Dios, la oscuridad de los ídolos ya no prevalece, y todas las partes del mundo, en toda dirección, son iluminadas por su enseñanza. Y, así como, cuando un rey reina en algún país sin mostrarse, sino permaneciendo recluido en su propia casa, muchas veces algunos alborotadores, abusando de su retiro, se proclaman reyes; y cada uno de ellos, asumiendo ese papel, se impone a los simples como rey, y así los hombres son engañados por el nombre, oyendo que hay un rey, pero sin verlo, aunque por ninguna otra razón, al menos porque no pueden entrar en la casa; pero, cuando el verdadero rey sale y aparece, entonces los alborotadores impostores quedan expuestos por su presencia, mientras los hombres, viendo al verdadero rey, abandonan a los que antes los engañaban; del mismo modo, los espíritus malignos antes solían engañar a los hombres, revistiéndose de la honra de Dios; pero, cuando el Verbo de Dios apareció en un cuerpo y nos dio a conocer su propio Padre, entonces, por fin, el engaño de los espíritus malignos es deshecho y cesa, mientras los hombres, volviendo los ojos hacia el verdadero Dios, el Verbo del Padre, abandonan los ídolos y pasan a conocer al verdadero Dios. Ahora bien, esto es una prueba de que Cristo es Dios Verbo y el Poder de Dios. Pues, puesto que las cosas humanas cesan y el Verbo de Cristo permanece, queda claro a todos los ojos que lo que cesa es temporal, pero que Aquel que permanece es Dios y el verdadero Hijo de Dios, su Verbo unigénito.
Que esto, entonces, oh amigo de Cristo, sea nuestra ofrenda a usted, sólo como un bosquejo rudimentario y un trazo, en pocas palabras, de la fe de Cristo y de su Divina manifestación a nosotros. Pero usted, tomando ocasión de esto, si llega al texto de las Escrituras y aplica a ellas su corazón con sinceridad, aprenderá de ellas, de modo más completo y claro, el exacto detalle de lo que dijimos. Pues fueron habladas y escritas por Dios, por medio de hombres que hablaban de Dios. Y nosotros transmitimos, a su vez, a su celo por el aprendizaje, aquello que aprendimos de maestros inspirados que convivieron con ellas y que también se volvieron mártires por la divinidad de Cristo. Y aprenderá también acerca de su segunda manifestación a nosotros, gloriosa y verdaderamente divina, cuando, no más en la humildad, sino en su propia gloria, no más en apariencia humilde, sino en su propia grandeza, ha de venir, no más para sufrir, sino de ahí en adelante para dar a todos el fruto de su propia Cruz, es decir, la resurrección y la incorruptibilidad; y no más para ser juzgado, sino para juzgar a todos, conforme a lo que cada uno hizo en el cuerpo, sea bien, sea mal, allí donde está reservado para los buenos el reino de los cielos, pero para los que practicaron el mal el fuego eterno y las tinieblas exteriores. Pues así dice también el propio Señor: Desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del poder y viniendo sobre las nubes del cielo en la gloria del Padre. Y justamente por esa razón hay también una palabra del Salvador para prepararnos para aquel día, en estos términos: Estad prontos y vigilad, pues viene en una hora que no sabéis. Pues, según el bienaventurado Pablo: Todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba conforme a lo que hizo en el cuerpo, sea bien, sea mal.
Pero, para la búsqueda de las Escrituras y el verdadero conocimiento de ellas, es necesaria una vida honrada, un alma pura y aquella virtud que es según Cristo, de modo que el intelecto, guiando su camino por ella, sea capaz de alcanzar lo que desea y de comprenderlo, en la medida en que es accesible a la naturaleza humana aprender acerca del Verbo de Dios. Pues, sin una mente pura y sin conformar la vida según los santos, un hombre no podría de modo alguno comprender las palabras de los santos. Pues, así como quien quisiera ver la luz del sol limpiaría y aclararía de cualquier modo su ojo, purificándose de cierta forma a la semejanza de aquello que desea, para que el ojo, volviéndose así luminoso, pueda ver la luz del sol; o así como quien quisiera ver una ciudad o un país de cualquier modo va hasta el lugar para verla; del mismo modo, aquel que quiera comprender el pensamiento de los que hablan de Dios necesita comenzar por lavar y purificar su alma por su modo de vivir, y acercarse a los propios santos imitando sus obras; de modo que, asociado a ellos en la conducta de una vida común, pueda entender también lo que les fue revelado por Dios y, de ahí en adelante, íntimamente unido a ellos, escape del peligro de los pecadores y de su fuego en el día del juicio, y reciba lo que está reservado para los santos en el reino de los cielos, aquello que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni subió al corazón del hombre, todo lo que está preparado para los que viven una vida virtuosa y aman a Dios y Padre, en Cristo Jesús, nuestro Señor; por medio de quien y con quien sea al propio Padre, con el propio Hijo, en el Espíritu Santo, honra y poder y gloria por todos los siglos. Amén.