Apologético (Tertuliano) 13

Los dioses domésticos que llamas Lares, ejerces una autoridad doméstica sobre ellos, empeñándolos, vendiéndolos, cambiándolos —haciendo a veces de un Saturno una olla, de una Minerva un brasero, conforme uno u otro se desgasta, o se quiebra en su largo uso sagrado, o conforme el jefe de la familia siente la presión de alguna necesidad doméstica más sagrada. De la misma manera, por ley pública, deshonras a tus dioses estatales, colocándolos en el catálogo de subastas y convirtiéndolos en una fuente de ingresos. Los hombres buscan obtener el Capitolio, así como buscan obtener el mercado de hierbas, bajo la voz del subastador, bajo la lanza de la subasta, bajo el registro del cuestor. La divinidad es rematada y arrendada al mejor postor. Pero, de hecho, las tierras sobrecargadas con tributos tienen menos valor; los hombres bajo la cobranza de un impuesto per cápita son menos nobles; pues estas cosas son marcas de servidumbre. En el caso de los dioses, por otro lado, la sacralidad es grande en proporción al tributo que rinden; es más, cuanto más sagrado es un dios, mayor es el impuesto que paga. La majestad se transforma en fuente de lucro. La religión anda por los bares mendigando. Exiges un precio por el privilegio de pisar en terreno sagrado, por el acceso a los servicios sagrados; no se permite el conocimiento gratuito de tus divinidades debes comprar sus favores con un precio.