A Consolação da Filosofia 5

Escrita na prisão, à espera da execução (c. 524), a obra-prima de Boécio é um diálogo entre o filósofo condenado e a Dama Filosofia: a roda da Fortuna, a verdadeira felicidade e o sumo Bem, o problema do mal e da providência, e a conciliação entre a presciência divina e o livre-arbítrio. Ponte entre a Antiguidade e a Idade Média, foi um dos livros mais lidos do Ocidente medieval

'Visto, entonces, que, como hace poco probamos, todo lo que es conocido es conocido no conforme a su propia naturaleza, sino conforme a la naturaleza de la facultad que lo comprende, contemplemos ahora, tanto como es lícito, el carácter de la esencia divina, para que podamos entender también la naturaleza de su conocimiento. 'Dios es eterno; en este juicio concuerdan todos los seres racionales. Consideremos, entonces, qué es la eternidad. Pues esta palabra trae consigo una revelación tanto de la naturaleza divina como del conocimiento divino. Ahora bien, la eternidad es la posesión total y simultánea de una vida sin fin, plena y perfecta. Lo que esto sea se torna más claro y manifiesto por una comparación con las cosas temporales. Pues todo lo que vive en el tiempo es un presente que avanza del pasado hacia el futuro, y nada de lo que está puesto en el tiempo puede abarcar todo el ámbito de su vida de una sola vez. El estado de mañana aún no lo alcanza, al paso que ya perdió el de ayer; más aún, aun en la vida de hoy vosotros no vivis más que un único momento breve y transitorio. Todo lo que, por lo tanto, está sujeto a la condición del tiempo, aunque, como Aristóteles juzgó del mundo, nunca tenga principio ni fin, y su vida se extienda a toda la extensión de la infinidad del tiempo, sin embargo no es tal que se deba por derecho llamar de eterno. Pues no incluye ni abarca de una sola vez todo el ámbito de la vida infinita, sino no tiene posesión presente de las cosas venideras, aún no cumplidas. Por consiguiente, aquello que incluye y posee de una sola vez toda la plenitud de una vida sin fin, de la cual nada de futuro está ausente, de la cual nada de pasado escapó, esto es por derecho llamado de eterno; esto debe necesariamente estar siempre presente a mismo, en plena posesión de sí, y tener la infinidad del tiempo móvil en un presente permanente. Por eso juzgan mal los que imaginan que, según los principios de Platón, el mundo creado se hace coeterno al Creador, porque les es dicho que él crea que el mundo no tuvo comienzo en el tiempo, y que está destinado a nunca llegar al fin. Pues una cosa es la existencia ser prolongada sin fin, que era lo que Platón atribuía al mundo, otra es que el todo de una vida sin fin sea abarcado en el presente, lo que es manifiestamente una propiedad peculiar a la mente divina. Ni es preciso que Dios parezca anterior, en mera duración de tiempo, a las cosas creadas, sino sólo anterior en la simplicidad única de su naturaleza. Pues la progresión infinita de las cosas en el tiempo copia esta existencia inmediata, en el presente, de la vida inmutable y, cuando no consigue igualarse a ella, declina de la inmovilidad hacia el movimiento, y cae de la simplicidad de un presente perpetuo hacia la duración infinita del futuro y del pasado; y, visto que no puede poseer de una sola vez toda la plenitud de su vida, por la propia razón de que, de cierto modo, nunca cesa de ser, parece, hasta cierto punto, rivalizar con aquello que no puede completar ni expresar, apegándose indiferentemente a cualquier momento presente del tiempo, por más veloz y breve que sea; y, visto que esto tiene alguna semejanza con aquel presente siempre permanente, confiere a todo a lo que es atribuido la apariencia de existencia. Pero, visto que no puede permanecer, se apresura por el camino infinito del tiempo, y el resultado ha sido que continúe, por movimiento incesante, la vida cuya completitud no pudo abarcar mientras permanecía parada. Así, si queremos dar a las cosas sus nombres correctos, seguiremos a Platón al decir que Dios, de hecho, es eterno, pero el mundo es perpetuo. 'Visto, entonces, que todo modo de juicio comprende sus objetos conforme a su propia naturaleza, y visto que Dios permanece para siempre en un presente eterno, su conocimiento, trascendiendo también todo movimiento del tiempo, habita en la simplicidad de su propio presente inmutable y, abarcando todo el ámbito infinito del pasado y del futuro, contempla todo lo que cae dentro de su simple conocimiento como si estuviese aconteciendo ahora. Y, por lo tanto, si considerases con cuidado aquella visión inmediata por la cual él discrimina todas las cosas, juzgarías con más acierto que no es conocimiento previo de algo futuro, sino conocimiento de un momento que jamás pasa. Por esta causa, el nombre escogido para describirlo no es previsión, sino providencia, porque, estando por naturaleza enteramente apartado de las cosas pequeñas y triviales, su mirada abarca todas las cosas como desde alguna altura elevada. ¿Por qué, entonces, insistes que las cosas que son observadas por el ojo divino están envueltas en necesidad, al paso que claramente los hombres no imponen necesidad alguna a las cosas que ven? ¿Añade el acto de la visión alguna necesidad a las cosas que ves ante tus ojos?' 'Ciertamente no.' 'Y, sin embargo, si podemos sin impropiedad comparar el presente de Dios con el del hombre, así como vosotros veis ciertas cosas en este vuestro presente temporal, así él ve todas las cosas en su presente eterno. Por eso, esta anticipación divina no cambia las naturalezas y propiedades de las cosas, y ella contempla las cosas presentes ante tales como han de venir a acontecer en el tiempo, de aquí en adelante. Ni confunde las cosas en su juicio, sino, en una sola visión mental, distingue igualmente lo que vendrá por necesidad y lo que sin necesidad. Pues así como vosotros, cuando al mismo tiempo veis un hombre andando en la tierra y el sol erguiéndose en el cielo, distinguís entre los dos, aunque un solo vistazo abarca ambos, y juzgáis la primera acción voluntaria, la segunda necesaria, así también la visión divina, en su alcance universal, de modo alguno confunde los caracteres de las cosas que están presentes a su mirada, aunque futuras cuanto al tiempo. De donde se sigue que, cuando ella percibe que algo vendrá a existir, y sin embargo está perfectamente cierta de que esto no está preso a necesidad alguna, su aprehensión no es opinión, sino antes conocimiento fundado en la verdad. Y si a esto dijeses que aquello que Dios ve estar a punto de acontecer no puede dejar de acontecer, y que aquello que no puede dejar de acontecer acontece por necesidad, y quisieses prenderme a esta palabra necesidad, reconoceré que afirmas una verdad muy sólida, pero a la cual difícilmente alguien puede llegar, a no ser quien hizo de lo divino su objeto especial de estudio. Pues mi respuesta sería que el mismo evento futuro es necesario desde el punto de vista del conocimiento divino, pero, cuando se considera en su propia naturaleza, parece absolutamente libre y desimpedido. Hay, entonces, dos necesidades: una simple, como la de que los hombres son necesariamente mortales; la otra condicionada, como la de que, si sabes que alguien está andando, él debe necesariamente estar andando. Pues aquello que es conocido no puede, de hecho, ser de otro modo de lo que es conocido ser, y sin embargo este hecho de modo alguno acarrea aquella otra necesidad simple. Pues la primera necesidad no es impuesta por la propia naturaleza de la cosa, sino por el acrecimiento de una condición. Necesidad alguna compele a quien anda voluntariamente a seguir adelante, aunque sea necesario que él siga adelante en el momento en que anda. Del mismo modo, entonces, si la Providencia ve algo como presente, eso debe necesariamente ser, aunque no esté preso por necesidad alguna de naturaleza. Ahora bien, Dios ve como presentes aquellos eventos venideros que acontecen por libre-albedrío. Éstos, por consiguiente, desde el punto de vista de la visión divina, se tornan necesarios condicionalmente al conocimiento divino; vistos, sin embargo, en mismos, no desisten de la libertad absoluta que naturalmente es de ellos. Por consiguiente, sin duda, todas las cosas que Dios prevé como a punto de acontecer vendrán a acontecer, pero algunas de ellas proceden del libre-albedrío; y, aunque acontezcan, sin embargo, por el hecho de su existencia, no pierden su propia naturaleza, en virtud de la cual, antes de acontecer, era realmente posible que pudieran no venir a acontecer. '¿Qué diferencia, entonces, hace la negación de la necesidad, visto que, por estarlo condicionadas por el conocimiento divino, ellas acontecen como si estuviesen, en todos los aspectos, bajo la compulsión de la necesidad? Esta diferencia, ciertamente, que vimos en el caso de los ejemplos que tomé hace poco, el nacimiento del sol y el hombre andando; los cuales, en el momento de su ocurrencia, no podían dejar de estar aconteciendo, y sin embargo uno de ellos, antes de acontecer, era necesariamente obligado a ser, al paso que el otro no lo era de modo alguno. Así también las cosas que son presentes a Dios sin duda existen, pero algunas de ellas vienen de la necesidad de las cosas, otras del poder del agente. Con toda la razón, entonces, dijimos que esas cosas son necesarias si se ven desde el punto de vista del conocimiento divino; pero, si son consideradas en mismas, están libres de los lazos de la necesidad, así como todo lo que es accesible al sentido, considerado desde el punto de vista del Pensamiento, es universal, pero, visto en su propia naturaleza, es particular. "Pero", dirás, "si está en mi poder mudar mi propósito, anularé la providencia, ya que tal vez yo mude algo que cae dentro de su conocimiento previo." Mi respuesta es: puedes, de hecho, desviar tu propósito; pero, visto que la verdad de la providencia está siempre a mano para ver que puedes, y si lo haces, y hacia dónde te vuelves, no puedes evitar el conocimiento previo divino, así como no puedes escapar a la vista de un espectador presente, aunque, por tu libre voluntad, te vuelvas a varias acciones. Dirás, entonces: "¿Mudará el conocimiento divino a mi arbitrio, de modo que, cuando yo quiera esto o aquello, la providencia mude correspondientemente su conocimiento?" 'Ciertamente no.' 'Es verdad, pues la visión divina anticipa todo lo que está por venir, y lo transforma y reduce a la forma de su propio conocimiento presente, y no varía, como juzgas, en su conocimiento previo, alternando para esto o aquello, sino, en un único destello, anticipa e incluye tus mudanzas sin alterarse. Y esta comprensión y visión siempre presente de todas las cosas Dios la recibió no del desenlace de los eventos futuros, sino de la simplicidad de su propia naturaleza. Por aquí también se resuelve la objeción que hace poco te ofendió, la de que nuestros actos en el futuro eran presentados como si suministrasen la causa del conocimiento de Dios. Pues esta facultad de conocimiento, abarcando todas las cosas en su conocimiento inmediato, fijó ella misma los límites de todas las cosas, y sin embargo nada debe a aquello que viene después. 'Y, siendo todo esto así, la libertad de la voluntad del hombre permanece indemne, y las leyes no son injustas, visto que sus recompensas y castigos son ofrecidos a voluntades no presas por necesidad alguna. Dios, que conoce de antemano todas las cosas, aún mira desde lo alto, y la eternidad siempre presente de su visión concurre con el carácter futuro de todos nuestros actos, y dispensa a los buenos recompensas, a los malos castigos. Nuestras esperanzas y oraciones también no están fijadas en Dios en vano, y, cuando son correctamente dirigidas, no pueden dejar de surtir efecto. Por lo tanto, resistid al vicio, practicad la virtud, elevad vuestras almas a esperanzas rectas, ofreced humildes oraciones al Cielo. Grande es la necesidad de rectitud impuesta a vosotros, si no la queréis ocultaros a vosotros mismos, viendo que todas vuestras acciones son hechas ante los ojos de un Juez que ve todas las cosas.'