Los Deuterocanónicos en la Septuaginta

La Biblia en griego de los primeros cristianos

La Septuaginta es la traducción griega de las Escrituras judías, realizada a partir del siglo 3 a.C. en Alejandría. Fue la Biblia que los judíos de lengua griega leían y, después, la Biblia de los apóstoles y de la Iglesia primitiva: la mayoría de las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo sigue el texto griego de la Septuaginta, no el hebreo.

El punto central para este tema es que los manuscritos antiguos de la Septuaginta incluían los libros deuterocanónicos mezclados entre los demás. Los grandes códices cristianos del siglo 4, como el Vaticano y el Sinaítico, traen a Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico y los Macabeos sin separarlos del resto, como si fueran parte de la misma colección.

Lo que eso prueba, y lo que no prueba

De ahí nace el argumento católico: si los apóstoles usaban la Septuaginta como su Biblia, y la Septuaginta contenía esos libros, entonces la Iglesia los heredó como Escritura desde el principio. La colección griega sería el canon de hecho de los primeros cristianos.

La objeción es que la Septuaginta no era un libro cerrado con un índice oficial. Era una biblioteca de rollos que variaba de comunidad en comunidad, sin una frontera nítida entre lo que era Escritura y lo que era lectura edificante. Los propios manuscritos discrepan entre sí sobre qué libros incluyen y en qué orden. Que un libro estuviera encuadernado junto no significa automáticamente que era tratado como canónico en el mismo grado que los demás.

Perspectivas sobre este tema

Los mismos hechos, leídos por dos lentes que discrepan. Ninguna de las voces habla por la posición de la página: existen para que veas el argumento más fuerte de cada lado.

Crítico Histórico

La Septuaginta era una biblioteca griega de fronteras móviles, no un canon cerrado: el uso apostólico de ella prueba herederos de una colección fluida, no la aprobación de un índice oficial.

La página concede el punto histórico más fuerte del lado católico, y merece ser concedido sin regateos: la Septuaginta fue de hecho la Biblia operante de los apóstoles, y la mayoría de las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo sigue el texto griego, no el hebreo masorético. Cuando el autor de Hebreos escribe, cita a Isaías en la forma de la Septuaginta, y cuando Lucas reproduce la lectura de Jesús en la sinagoga, es el griego el que resuena. Eso es dato, no opinión. El salto que la evidencia no sustenta es el que viene después: que "la Biblia de los apóstoles era la Septuaginta, luego los apóstoles abrazaron todo lo que algún manuscrito griego llegara a encuadernar". Usar una traducción como fuente de lectura no equivale a ratificar un sumario, por la razón simple de que, en el primer siglo, ese sumario no existía.

El argumento decisivo está en los propios manuscritos que la página invoca, y corta contra la tesis de la canonicidad automática. Los tres grandes códices cristianos del siglo 4 discrepan entre sí sobre qué es la Septuaginta. El Vaticano trae a Tobías, Judit, Sabiduría y Eclesiástico, pero omite los Macabeos por completo. El Sinaítico incluye 1 y 4 Macabeos. El Alejandrino va más lejos y lleva 3 y 4 Macabeos, el Salmo 151 y además lista los Salmos de Salomón después del Nuevo Testamento. Ahora bien, 4 Macabeos y los Salmos de Salomón nunca entraron en el canon de nadie, ni católico, ni ortodoxo, ni protestante. Si la mera presencia de un libro dentro de un códice de la Septuaginta probara canonicidad, esos escribas del siglo 4 habrían canonizado obras que toda la tradición posterior rechazó. La premisa, tomada en serio, prueba demasiado, y lo que prueba demasiado no prueba nada.

Lo que la evidencia textual realmente muestra es una colección de rollos con frontera difusa, en la que la línea entre Escritura y lectura edificante solo fue trazada con nitidez después, y por concilios humanos que debatían entre sí. Los judíos de Jamnia cerraron un canon más estrecho; Jerónimo, al traducir la Vulgata, distinguió los libros que consideraba canónicos de los que llamaba solo útiles para la edificación; y Trento solo respondió con una lista cerrada en 1546, en reacción a la Reforma. Nada de eso desmiente la fe de quien ve providencia en esa historia, pero sí desmiente una afirmación específica: que el canon deuterocanónico estaba dado, listo y reconocido en manos de los apóstoles. La Septuaginta que ellos usaban era una biblioteca, no un índice. Atribuirle una frontera canónica que solo nacería siglos más tarde es leer el final de la historia de vuelta al principio.

Apologista Evidencial

La Septuaginta prueba que los deuterocanónicos eran Escritura en uso entre los primeros cristianos, pero no prueba un canon griego cerrado: documenta autoridad funcional, no una lista oficial.

La objeción de la página es honesta y la acepto sin disimulo: los códices Vaticano y Sinaítico del siglo 4 no vienen con un sumario inspirado por Dios diciendo qué libros son canónicos. Reflejan elecciones de copistas cristianos, discrepan entre sí en contenido y orden, e incluyen en algunos casos hasta libros que nadie defiende hoy como Escritura, como 3 y 4 Macabeos en el Sinaítico y el Alejandrino. Tratar "estaba encuadernado junto" como "luego era canónico en el mismo grado" es, de hecho, un salto. Quien afirma que la LXX entrega un canon cerrado listo está pidiendo más a la evidencia de lo que ella da. Ese es un terreno que el argumento católico no puede reclamar como prueba directa.

Pero el argumento escéptico también prueba menos de lo que parece. Decir que la LXX era "fluida" no la vacía de autoridad funcional. Cuando el autor de Hebreos describe a mujeres que reciben a sus muertos por la resurrección y a hombres torturados que rechazaron la liberación para alcanzar "una mejor resurrección" (Hb 11:35), está retomando el martirio de los siete hermanos de 2 Macabeos, en el que uno de ellos declara esperar recibir de vuelta sus miembros porque el Rey del mundo lo resucitará (2Mc 7:9). No es cita con fórmula "está escrito", y la página acierta en llamarlo eco. Pero es un eco que presupone un texto conocido y respetado por la comunidad, no una curiosidad marginal. Lo mismo vale para los paralelos con Sabiduría en Romanos 1 y en pasajes de la Pasión. La frontera "canónico contra lectura edificante" que la crítica invoca es en parte una frontera que el propio judaísmo del Segundo Templo todavía no había dibujado con la nitidez que proyectamos sobre él.

Aquí está el punto metodológico que el lector necesita conocer: la noción de un "canon hebreo cerrado" que habría competido con la LXX es en buena medida una reconstrucción posterior. El supuesto "concilio de Jamnia" como asamblea que fijó el canon judío es hoy ampliamente abandonado por la propia crítica histórica, y los manuscritos de Qumrán muestran un judaísmo con fronteras textuales aún en formación, incluyendo copias del Eclesiástico y de Tobías en hebreo y arameo. Es decir, exigirle a la LXX una frontera fija y luego acusarla de no tenerla es cobrarle un estándar que ninguna colección judía de ese periodo satisfacía, ni siquiera la hebrea. Cuando Judas cita a Enoc profetizando (Jd 1:14), vemos la misma libertad de uso. Lo que queda honestamente abierto es esto: la LXX prueba uso y autoridad práctica de los deuterocanónicos entre los primeros cristianos, y eso es más de lo que el escéptico suele conceder, pero no prueba por sí sola una decisión canónica formal. Esa decisión pertenece al proceso de recepción de la Iglesia a lo largo de los siglos, no al índice de un códice. La pregunta sobre canonicidad no se resuelve en el manuscrito; solo se desplaza al terreno de la autoridad que define el canon.