Capítulos

A Cidade de Deus - Livro XVIII

La Ciudad de Dios, de Agustín

La Ciudad de Dios es obra de Agustín de Hipona (354-430), escrita entre 413 y 426 en veintidós libros, motivada por el saqueo de Roma en 410 y la acusación pagana de que el abandono de los antiguos dioses había causado la catástrofe. La obra contrasta la ciudad terrena, fundada en el amor a sí mismo, con la ciudad de Dios, fundada en el amor a Dios. Los diez primeros libros refutan el paganismo; los doce restantes tratan del origen, el curso y el fin de las dos ciudades.

Lo que hace el Libro XVIII

En los libros anteriores Agustín había seguido la ciudad de Dios casi en solitario, de Abraham al advenimiento de Cristo. El propio autor reconoce desde la apertura que ese relato por separado fue un recurso expositivo, no la realidad histórica: las dos ciudades corrieron juntas todo el tiempo. El Libro XVIII salda esa deuda y muestra cómo la ciudad terrena recorrió su curso en el mismo período, para que, según él, los lectores puedan comparar ambas lado a lado.

“Ahora, pues, juzgo conveniente hacer lo que dejé de lado, y mostrar, en la medida en que parece necesario, cómo aquella otra ciudad recorrió su curso desde los tiempos de Abraham, de modo que los lectores atentos puedan comparar las dos.”

Agustín, La Ciudad de Dios XVIII.1, A Cidade de Deus - Livro XVIII 1:5

El método es el sincronismo cronológico: Agustín alinea los reyes y mitos de Asiria, Sición, Argos, Grecia y Roma con los hitos de la historia de Israel, fechando el nacimiento de Isaac, la muerte de Jacob, el éxodo, los jueces y la monarquía frente a reinados paganos. Para ello depende abiertamente de la Crónica de Eusebio de Cesarea en la adaptación latina de Jerónimo, y los números que cita heredan las incertidumbres de esa tradición: las listas de reyes y las fechas de Argos, Sición o la guerra de Troya son en buena parte legendarias, y la propia cronología eusebiada es aproximada. La lectura crítica ve aquí menos un cálculo exacto que un marco teológico, en el que Asiria figura como la "primera Roma" y Roma como la "segunda Babilonia", fundada cuando Asiria pereció, bajo el reinado de Ezequías.

Contenido del Libro

La sibila y los profetas: el argumento de la predicción

En la segunda mitad el libro se vuelve apologético. Agustín reúne testimonios sobre Cristo: primero el acróstico de la sibila eritrea, cuyas iniciales formarían en griego "Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador", y de allí el anagrama ἰχθύς, pez. Relata haber conocido el texto griego de manos del procónsul Flaciano y admite que la versión latina no conserva el acróstico en tres versos, detalle que él mismo expone en lugar de ocultar. A continuación recorre los profetas hebreos, de Oseas y Amós a Malaquías, leyendo a cada uno como anuncio de Cristo y de la vocación de los gentiles. El peso del argumento no descansa en la sibila, fuente que él trata con cautela y que la crítica moderna identifica como oráculos judeo-cristianos posteriores, sino en que tales predicciones habrían sido fijadas por escrito mucho antes del evento.

La Septuaginta y el testimonio de los judíos

Dos argumentos sostienen la antigüedad de esas Escrituras. Primero, la defensa de la traducción de los Setenta: Agustín la considera inspirada, atribuyendo el mismo Espíritu a los setenta traductores y a los profetas, y por eso prefiere la Septuaginta incluso cuando diverge del hebreo, como en los cuarenta días del aviso a Nínive que se convierten en tres en la versión griega. Reconoce, sin embargo, el trabajo de Jerónimo, que traducía directamente del hebreo, y registra que los judíos consideran fiel esa nueva versión. Segundo, la llamada doctrina del testimonio: los judíos dispersos entre las naciones guardan, sin creer en ellas, las profecías sobre Cristo, y así prueban, contra la sospecha de fraude cristiano, que nadie forjó esos textos después del hecho.

El cierre y la refutación de los 365 años

El libro cierra el arco de las dos ciudades mezcladas desde el principio y responde a una profecía pagana que daba a la religión cristiana el plazo de trescientos sesenta y cinco años. Agustín data el inicio del culto a partir de Pentecostés, cuenta los consulados y muestra que el plazo ya se había agotado mientras la Iglesia seguía creciendo, citando la demolición de los templos en Cartago en 399 como prueba concreta. El argumento depende del cómputo de cónsules que él adopta, pero es típico del método de la obra: usar el propio calendario y los propios oráculos del adversario para volverlos contra él.

Texto y Traducción

Nota: el texto en portugués aparece aquí junto al inglés de la traducción clásica de Marcus Dods (1871, dominio público); la cita se hace por libro, capítulo y sección.