Capítulos

A Cidade de Deus - Livro VIII

La Ciudad de Dios, de Agustín

La Ciudad de Dios es obra de Agustín de Hipona (354-430), escrita entre aproximadamente 413 y 426 en 22 libros, después del saqueo de Roma de 410 por los godos de Alarico, que los paganos atribuían al abandono de los dioses antiguos. Agustín opone dos ciudades: la terrena, fundada en el amor de sí hasta el desprecio de Dios, y la ciudad de Dios, fundada en el amor a Dios hasta el desprecio de sí. Los diez primeros libros refutan el paganismo (los cinco primeros contra quienes rinden culto a los dioses por la prosperidad en esta vida, los cinco siguientes contra quienes los rinden por la vida después de la muerte), y los doce restantes tratan del origen, el desarrollo y el fin de las dos ciudades.

El Libro VIII en la obra

El Libro VIII abre la discusión de la teología natural, aquella que los filósofos profesan como exposición de la naturaleza divina, distinta de la teología fabulosa de los poetas y de la civil de las ciudades. Agustín declara que aquí el debate ya no es con hombres comunes, sino con filósofos, y selecciona como interlocutores a los platónicos, que considera los más próximos a la verdad cristiana por afirmar un Dios incorpóreo, inmutable y Creador de toda forma y de toda alma. Después de trazar el mapa de las escuelas Jónica e Itálica, Sócrates y Pitágoras, y la división platónica de la filosofía en moral, natural y racional, reconoce ese mérito sin reservas, pero marca el límite: los mismos platónicos que admiten un solo Dios verdadero consideraban que se debía culto a muchos dioses.

A partir del capítulo 14 el libro gira hacia la demonología, que es su eje central junto con el Libro IX. Agustín toma como blanco principal la obra Sobre el dios de Sócrates, del platónico Apuleyo de Madaura, que situaba a los demonios en una región intermedia entre los dioses celestes y los hombres terrestres y los proponía como mediadores en el culto. Agustín argumenta que los demonios no son superiores a los hombres ni por la morada aérea ni por el cuerpo: comparten con los hombres las pasiones de la mente y se deleitan con las obscenidades del teatro y del arte mágica que los buenos abominan, de modo que no pueden reconciliar a los hombres con ningún dios bueno. El libro concluye contrastando el testimonio pesaroso de Hermes Trismegisto sobre la futura abolición de la idolatría egipcia, distinguiendo el honor que los cristianos tributan a los mártires del culto pagano a los muertos, y remitiendo la refutación de los llamados demonios buenos al Libro IX siguiente.

El argumento sobre los platónicos

El núcleo apologético del libro es la aproximación entre platonismo y cristianismo en la doctrina de Dios. Agustín atribuye a los platónicos el reconocimiento de que Dios no es cuerpo ni cosa mudable, sino la forma primera inmutable por la cual todo lo que existe recibe su forma, leyendo en esa intuición un eco de Romanos 1, según el cual las cosas invisibles de Dios se vuelven comprensibles por las cosas creadas. Es aquí donde la obra ofrece a la teología cristiana posterior un vocabulario sobre el ser divino simple e inmutable.

“para Él, vivir, comprender y ser bienaventurado es lo mismo que ser. A partir de esa inmutabilidad y esa simplicidad, comprendieron que todas las cosas han de haber sido hechas por Él y que Él mismo no pudo ser hecho por ninguna”

Agustín de Hipona, A Cidade de Deus - Livro VIII 6:3

Agustín es honesto sobre el límite de esa convergencia. Aun elogiando a los platónicos, señala que pasaron del conocimiento del único Dios al culto de muchos dioses, y que lo que reconocieron de Dios no les impidió servir a las obras de sus propias manos. La primacía que les concede es instrumental: por estar más cerca, son los adversarios adecuados para mostrar dónde la teología natural aún yerra y por qué solo Cristo, y no los demonios, puede mediar entre Dios y los hombres.

Contenido del Libro

Texto y Traducción

Nota: aquí en portugués junto al inglés de la traducción clásica de Marcus Dods (1871, dominio público); cita por libro, capítulo y sección. Las Escrituras citadas por Agustín en el Libro VIII incluyen Romanos 1 (cap. 23) y pasajes de Isaías sobre los ídolos de Egipto; las referencias de capítulo apuntan al texto de la propia obra.