Capítulos

A Cidade de Deus - Livro IV

La Ciudad de Dios, de Agustín

La Ciudad de Dios (De Civitate Dei) es la mayor obra apologética de Agustín de Hipona (354-430), escrita entre aproximadamente 413 y 426 y dividida en veintidós libros. El estímulo inmediato fue el saqueo de Roma por los visigodos de Alarico en 410, que los paganos atribuyeron al abandono de los antiguos dioses en favor del cristianismo. La obra contrapone dos comunidades: la ciudad terrena, fundada en el amor de sí misma, y la ciudad de Dios, fundada en el amor a Dios. Los libros I a X responden al paganismo, y los libros XI a XXII tratan del origen, el curso y el fin de las dos ciudades.

El argumento del Libro IV

El Libro IV integra la primera parte de la obra, que refuta la religión pagana. Su tesis es directa: la vasta extensión y la larga duración del imperio romano no vinieron de la multitud de divinidades veneradas, sino que fueron concedidas por el único Dios verdadero, quien dispone los tiempos de todos los reinos según su juicio. Antes de eso, Agustín cuestiona si un gran imperio es siquiera un bien, ya que nace de guerra, conquista y codicia, y reduce un reino sin justicia a una banda de salteadores a gran escala.

“Quitada, pues, la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes latrocinios? Porque ¿qué son los propios latrocinios sino pequeños reinos?”

Agostinho de Hipona, A Cidade de Deus - Livro IV 4:1

A continuación, Agustín ataca la incoherencia interna del panteón romano. Examina la divinización de Victoria, Felicidad, Fortuna y de las virtudes, y pregunta por qué, si la Felicidad fuera realmente una diosa capaz de conceder todo lo que los hombres desean, no fue venerada sola y por encima de Júpiter. Recurre ampliamente al erudito romano Marco Terencio Varrón y al pontífice Escévola para mostrar que los propios paganos cultos reconocían un solo dios detrás de muchos nombres, pero mantenían la religión popular por conveniencia política, no por convicción. Varrón llega a aproximarse a la verdad al llamar a Dios el alma del mundo y al elogiar a los antiguos romanos que adoraban sin imágenes, citando a los judíos como testimonio, sin alcanzar sin embargo al Dios creador que hace la propia alma.

El libro cierra invirtiendo la acusación de los paganos. Los bienes terrenales que Roma atribuía a sus muchos dioses fueron dados con mucho mayor generosidad al pueblo de Israel por el único Dios verdadero, quien lo multiplicó en Egipto, dividió el mar y lo sostuvo sin Lucina, Neptuno ni ninguna de las divinidades latinas. El reino de los judíos sirve así de ejemplo de un pueblo preservado mientras permaneció en la verdadera religión, y prepara la discusión de la verdadera felicidad y de la providencia que sigue en los libros posteriores.

Contenido del Libro

Texto y Traducción

El texto aparece aquí en portugués junto al inglés de la traducción clásica de Marcus Dods (1871, dominio público). La cita sigue la división tradicional por libro, capítulo y sección.