Vida de Santo Antão 8

A biografia (séc. IV) que Atanásio escreveu do pai do monaquismo cristão: a renúncia de Antão, suas lutas com os demônios no deserto, o longo discurso sobre o discernimento dos espíritos, os milagres, os debates com os filósofos gregos e a sua morte. Um dos livros mais influentes da história do cristianismo, leitura que ajudou a converter Agostinho

Los debates con los filósofos griegos

Además, él era tolerante en el temperamento y humilde de espíritu. Pues, aunque fuera un hombre así, observaba la regla de la Iglesia con el mayor rigor, e insistía en que todo el clero fuera honrado más que él mismo. No tenía vergüenza de inclinar la cabeza ante obispos y presbíteros, y si algún diácono venía a él en busca de ayuda, conversaba con él sobre lo que era provechoso, pero le cedía el lugar en la oración, sin avergonzarse de aprender él mismo. Muchas veces hacía preguntas y deseaba oír a los que estaban presentes, y si alguien decía algo útil, confesaba que había sido beneficiado. Y, además, su rostro tenía una gracia grande y admirable. Este don también lo había recibido del Salvador. Pues, si estaba presente en una gran compañía de monjes y alguien que no lo conocía antes deseaba verlo, ese enseguida se adelantaba, pasaba por los demás y corría hasta Antón, como que atraído por su apariencia. Sin embargo, ni en altura ni en anchura se destacaba por encima de los otros, sino en la serenidad de sus modos y en la pureza de su alma. Pues, como su alma estaba libre de perturbaciones, su apariencia exterior era serena; así, de la alegría de su alma venía un rostro sereno, y de sus movimientos corporales se podía percibir la condición de su alma, como está escrito: 'Cuando el corazón está alegre, el rostro se anima, pero cuando está triste, se abate' (Proverbios 15:13). Así fue como Jacob reconoció la intención que Labán tenía en el corazón y dijo a sus mujeres: 'El rostro de vuestro padre no es para conmigo como era ayer y anteayer.' Así fue como Samuel reconoció a David, pues tenía ojos alegres y dientes blancos como la leche. Así era como Antón era reconocido, pues nunca se perturbaba, porque su alma estaba en paz; nunca se abatía, porque su mente estaba llena de alegría.
Y era enteramente admirable en la fe y en la piedad, pues nunca tuvo comunión con los cismáticos melecianos, conociendo desde el principio su maldad y apostasía; ni mantuvo trato amistoso con los maniqueos o con ningún otro hereje, o, si lo hizo, fue sólo para aconsejarles que se convirtieran a la piedad. Pues pensaba y afirmaba que la convivencia con esos era nociva y destructiva para el alma. Del mismo modo, detestaba la herejía de los arrianos y exhortaba a todos a no acercarse a ellos ni a aceptar su creencia errónea. Y una vez, cuando ciertos locos arrianos vinieron a él, después de interrogarlos y descubrir su impiedad, los expulsó de la montaña, diciendo que sus palabras eran peores que el veneno de las serpientes.
Y una vez también, habiendo los arrianos afirmado falsamente que las opiniones de Antón eran iguales a las de ellos, él se descontentó e irritó contra ellos. Entonces, convocado por los obispos y por todos los hermanos, descendió de la montaña y, habiendo entrado en Alejandría, denunció a los arrianos, diciendo que su herejía era la última de todas y una precursora del Anticristo. Y enseñó al pueblo que el Hijo de Dios no era un ser creado, ni había venido a existir a partir de la nada, sino que era el Verbo Eterno y la Sabiduría de la Esencia del Padre. Y que, por lo tanto, era impío decir: 'hubo un tiempo en que Él no existía', pues el Verbo siempre coexistió con el Padre. Por eso, no tengáis comunión alguna con los impiísimos arrianos. Pues no hay comunión entre la luz y las tinieblas (2 Corintios 6:14). Porque vosotros sois buenos cristianos, pero ellos, cuando dicen que el Hijo del Padre, el Verbo de Dios, es un ser creado, en nada difieren de los paganos, ya que adoran lo que es creado en lugar de Dios, el Creador. Creed, sin embargo, que la propia Creación está irada contra ellos, porque cuentan al Creador, el Señor de todo, por medio de quien todas las cosas vinieron a existir, entre las cosas que fueron creadas.
Todo el pueblo, por lo tanto, se alegró al oír la herejía anticristiana ser anatematizada por un hombre así. Y todo el pueblo de la ciudad corrió para ver a Antón; y los griegos y aquellos que se llaman sus sacerdotes vinieron a la iglesia, diciendo: 'Pedimos ver al hombre de Dios', pues así lo llamaban todos. Pues también en aquel lugar el Señor purificó a muchos de los demonios y sanó a los que estaban locos. Y muchos griegos pedían al menos tocar al anciano, creyendo que serían beneficiados. Ciertamente, tantos se convirtieron al cristianismo en aquellos pocos días cuantos se vería convertirse en un año entero. Entonces, cuando algunos pensaron que él estaba incómodo con las multitudes y por eso las apartaba de sí, él dijo, sin perturbarse, que no eran más numerosas que los demonios con quienes luchaba en la montaña.
Pero, cuando estaba de partida y nosotros lo acompañábamos en el camino, al llegar al portón, una mujer gritó por detrás: 'Espera, hombre de Dios, mi hija está terriblemente atormentada por un demonio. Espera, te lo suplico, para que yo tampoco me dañe corriendo.' Y el anciano, cuando la oyó y fue solicitado por nosotros, se quedó de buen grado. Y cuando la mujer se acercó, la niña fue lanzada al suelo. Pero, cuando Antón oró e invocó el nombre de Cristo, la niña fue levantada sana, pues el espíritu inmundo había salido. Y la madre bendijo a Dios, y todos dieron gracias. Y el mismo Antón también se alegró, partiendo hacia la montaña como si fuera para su propia casa.
Y Antón también era sumamente prudente, y lo admirable es que, aunque no hubiera estudiado las letras, era un hombre perspicaz y sagaz. De todos modos, cierta vez vinieron dos filósofos griegos, creyendo que podrían probar su habilidad con Antón; y él estaba en la montaña exterior y, habiendo reconocido por su apariencia quiénes eran, fue hacia ellos y les dijo, por medio de un intérprete: '¿Por qué, filósofos, os disteis tanto trabajo para venir hasta un hombre necio?' Y cuando dijeron que él no era un hombre necio, sino sumamente prudente, él les dijo: 'Si habéis venido a un hombre necio, vuestro esfuerzo es en vano; pero si me juzgáis prudente, convertíos como yo, pues debemos imitar lo que es bueno. Y si yo hubiera ido a vosotros, os hubiera imitado; pero si habéis venido a mí, convertíos como yo, pues yo soy cristiano.' Y partieron admirados, pues vieron que hasta los demonios temían a Antón.
Y de nuevo otros como esos lo encontraron en la montaña exterior y quisieron burlarse de él por no haber estudiado las letras. Y Antón les dijo: '¿Qué decís? ¿Qué viene primero, la mente o las letras? ¿Y cuál es la causa de cuál: la mente de las letras o las letras de la mente?' Y cuando respondieron que la mente viene primero y es la inventora de las letras, Antón dijo: 'Quien tiene, por lo tanto, una mente sana, no tiene necesidad de las letras.' Esta respuesta dejó atónitos tanto a los presentes como a los filósofos, y partieron maravillados por haber visto tal entendimiento en un hombre sin instrucción. Pues sus modos no eran rústicos, como si hubiera sido criado en la montaña y envejecido allí, sino graciosos y corteses, y su habla estaba temperada con la sal divina, de manera que nadie sentía envidia, sino más bien todos se alegraban con él al visitarlo.
Después de eso, vinieron aún otros; y eran hombres tenidos por sabios entre los griegos, y le pidieron una razón para nuestra fe en Cristo. Pero, cuando intentaron disputar acerca de la predicación de la divina Cruz y quisieron burlarse, Antón hizo una breve pausa y, primero habiendo compadecido su ignorancia, dijo, por medio de un intérprete que sabía interpretar bien sus palabras: '¿Qué es más bello: confesar la Cruz o atribuir a aquellos que llamáis dioses el adulterio y la seducción de niños? Pues aquello que elegimos es un signo de coraje y un sólido testimonio del desprecio por la muerte, mientras que lo vuestro son las pasiones de la licencia. En seguida, ¿qué es mejor: decir que el Verbo de Dios no cambió, sino que, permaneciendo lo mismo, tomó un cuerpo humano para la salvación y el bien del hombre, para que, habiendo participado del nacimiento humano, hiciera al hombre participar de la naturaleza divina y espiritual; o comparar lo divino a animales irracionales y, en consecuencia, adorar cuadrúpedos, reptiles e imágenes de hombres? Pues estas son las cosas que vosotros, sabios, reverenciáis. Pero ¿cómo osáis burlaros de nosotros, que decimos que Cristo apareció como hombre, viendo que vosotros, trayendo el alma del cielo, afirmáis que se desvió y cayó de la bóveda celeste hacia dentro del cuerpo? Y quién diera que hubierais dicho que cayó sólo en cuerpo humano, y no afirmado que pasa y se transforma en cuadrúpedos y reptiles. Pues nuestra fe declara que la venida de Cristo fue para la salvación de los hombres. Pero vosotros erráis porque habláis del alma como no engendrada. Y nosotros, considerando el poder y la bondad amorosa de la Providencia, pensamos que la venida de Cristo en carne no era imposible para Dios. Pero vosotros, aunque llaméis al alma semejanza de la Mente, la ligáis a caídas y fingís en vuestros mitos que es mutable y, en consecuencia, introducís la idea de que la propia Mente es mutable a causa del alma. Pues cualquiera que sea la naturaleza de una semejanza, tal necesariamente es la naturaleza de aquello de que es semejanza. Pero, siempre que penséis tal cosa acerca de la Mente, acordaos de que blasfemáis incluso contra el propio Padre de la Mente.
Pero, en cuanto a la Cruz, ¿cuál diríais ser mejor: soportarla, cuando una emboscada es tramada por hombres malvados, y no temer la muerte provocada bajo cualquier forma que sea; o parlotear sobre las andanzas de Osiris e Isis, las emboscadas de Tifón, la fuga de Crono, el devorar de sus hijos y el asesinato de su padre? Pues esta es vuestra sabiduría. Pero ¿cómo, si os burláis de la Cruz, no os admiráis de la resurrección? Pues los mismos hombres que nos hablaron de esta última escribieron la primera. ¿O por qué, cuando mencionáis la Cruz, os quedáis en silencio sobre los muertos que fueron resucitados, los ciegos que recuperaron la vista, los paralíticos que fueron sanados, los leprosos que fueron purificados, el caminar sobre el mar y los demás signos y prodigios que muestran que Cristo ya no es un hombre, sino Dios? A me parece que cometéis gran injusticia contra vosotros mismos y no habéis leído con atención nuestras Escrituras. Pero leed y ved que los hechos de Cristo prueban que Él es Dios, viniendo a la tierra para la salvación de los hombres.
Pero decidnos vuestras creencias religiosas. ¿Qué podéis decir de criaturas irracionales, excepto irracionalidad y ferocidad? Pero si, como oigo, queréis decir que estas cosas son contadas por vosotros como leyendas, y alegorizáis el rapto de la doncella Perséfone como la tierra; la cojera de Hefesto como el fuego; y alegorizáis el aire como Hera, el sol como Apolo, la luna como Artemisa y el mar como Poseidón; aún así, no adoráis al propio Dios, sino servís a la criatura en lugar de Dios, quien creó todas las cosas. Pues, si fue porque la creación es bella que compusisteis tales leyendas, aún así convino que os detuvierais en la admiración y no hicierais dioses de las cosas creadas; para que no dieseis la honra del Creador a aquello que es creado. Pues, si lo hacéis, es hora de que desviéis la honra del maestro constructor hacia la casa construida por él; y la del general hacia el soldado. ¿Qué, entonces, podéis responder a estas cosas, para que sepamos si la Cruz tiene algo digno de burla?'
Pero, cuando quedaron sin salida, volviéndose hacia un lado y hacia otro, Antón sonrió y dijo, nuevamente por medio de un intérprete: 'La propia vista trae la convicción de estas cosas. Pero, como preferís apoyaros en argumentos demostrativos, y como vosotros, teniendo este arte, queréis que tampoco nosotros adoremos a Dios sino después de tal prueba, decid primero cómo las cosas en general, y en especial el reconocimiento de Dios, son conocidas con exactitud. ¿Es por medio de argumento demostrativo o por la acción de la fe? ¿Y cuál es mejor: la fe que viene por la acción interior de Dios o la demostración por argumentos?' Y cuando respondieron que la fe que viene por la acción interior era mejor y era conocimiento exacto, Antón dijo: 'Respondisteis bien, pues la fe nace de la disposición del alma, pero la dialéctica nace de la habilidad de sus inventores. Por eso, para aquellos que tienen la acción interior por la fe, el argumento demostrativo es innecesario, o incluso superfluo. Pues aquello que nosotros conocemos por la fe vosotros intentáis probar por palabras, y muchas veces ni siquiera sois capaces de expresar lo que nosotros comprendemos. Así, la acción interior por la fe es mejor y más fuerte que vuestros argumentos profesionales.'
'Nosotros, cristianos, por lo tanto, poseemos el misterio no en la sabiduría de los argumentos griegos, sino en el poder de la fe, ricamente concedida a nosotros por Dios por medio de Jesucristo. Y para mostrar que esta afirmación es verdadera, ved ahora: sin haber estudiado las letras, creemos en Dios, conociendo por medio de sus obras su providencia sobre todas las cosas. Y para mostrar que nuestra fe es eficaz, he aquí que ahora somos sustentados por la fe en Cristo, pero vosotros por vuestras disputas profesionales de palabras. Los prodigios de los ídolos entre vosotros están siendo abolidos, pero nuestra fe se extiende por todas partes. Vosotros, con vuestros argumentos y sofismas, no habéis convertido a nadie del cristianismo al paganismo. Nosotros, enseñando la fe en Cristo, exponemos vuestra superstición, ya que todos reconocen que Cristo es Dios e Hijo de Dios. Vosotros, con vuestra elocuencia, no impedís la enseñanza de Cristo. Pero nosotros, con la mención de Cristo crucificado, ponemos en fuga a todos los demonios, a quienes vosotros teméis como si fueran dioses. Donde está el signo de la Cruz, la magia es débil y la brujería no tiene fuerza alguna.
'Decidnos, por lo tanto, ¿dónde están ahora vuestros oráculos? ¿Dónde están los encantos de los egipcios? ¿Dónde las ilusiones de los magos? ¿Cuándo cesaron y se debilitaron todas estas cosas, sino cuando surgió la Cruz de Cristo? ¿Será ella, entonces, un asunto digno de burla, y no antes las cosas que por ella fueron reducidas a nada y probadas débiles? Pues es cosa admirable que vuestra religión nunca fue perseguida, sino que incluso fue honrada por los hombres en toda ciudad, mientras que los seguidores de Cristo son perseguidos, y sin embargo nuestro lado florece y se multiplica más que el vuestro. Lo vuestro, aunque es loado y honrado, perece, mientras que la fe y la enseñanza de Cristo, aunque son burladas por vosotros y muchas veces perseguidas por reyes, han llenado el mundo. ¿Pues cuándo brilló así el conocimiento de Dios? ¿O cuándo aparecieron el dominio de y la excelencia de la virginidad como ahora? ¿O cuándo fue tan despreciada la muerte, sino cuando apareció la Cruz de Cristo? Y de esto nadie duda cuando ve al mártir despreciar la muerte por causa de Cristo, cuando ve, por amor de Cristo, a las vírgenes de la Iglesia mantenerse puras e inmaculadas.
'Y estos signos bastan para probar que sólo la fe de Cristo es la verdadera religión. ¡Pero ved! Vosotros todavía no creéis y buscáis argumentos. Nosotros, sin embargo, hacemos nuestra prueba no en las palabras persuasivas de la sabiduría griega (1 Corintios 2:4), como dice nuestro maestro, sino persuadimos por la fe, que manifiestamente precede a la prueba argumentativa. He aquí que hay aquí algunos atormentados por demonios.' Ahora bien, había ciertos hombres que habían venido a él muy perturbados por demonios, y trayéndolos al medio, dijo: 'Purificadlos o por argumentos, o por cualquier arte o magia que elijáis, invocando vuestros ídolos; o, si no sois capaces, abandonad vuestra contienda con nosotros y veréis el poder de la Cruz de Cristo.' Y, habiendo dicho esto, invocó a Cristo y marcó a los que sufrían dos o tres veces con el signo de la Cruz. E inmediatamente los hombres se levantaron sanos y en su juicio perfecto, e inmediatamente dieron gracias al Señor. Y los filósofos, como se los llama, quedaron admirados y extremadamente espantados por el entendimiento del hombre y por el signo que había sido realizado. Pero Antón dijo: '¿Por qué os admiráis de esto? No somos nosotros los autores de estas cosas, sino que es Cristo quien las obra por medio de los que creen en Él. Creed, pues, también vosotros, y veréis que con nosotros no hay truco de palabras, sino fe por el amor que se realiza en nosotros hacia Cristo; y si vosotros mismos la obtuvierais, no buscaríais más argumentos demostrativos, sino consideraríais la fe en Cristo suficiente.' Estas son las palabras de Antón. Y ellos, maravillándose también con ello, se despidieron de él y partieron, confesando el beneficio que de él habían recibido.