Vida de Santo Antão 5

A biografia (séc. IV) que Atanásio escreveu do pai do monaquismo cristão: a renúncia de Antão, suas lutas com os demônios no deserto, o longo discurso sobre o discernimento dos espíritos, os milagres, os debates com os filósofos gregos e a sua morte. Um dos livros mais influentes da história do cristianismo, leitura que ajudou a converter Agostinho

La persecución y el servicio a los confesores

Mientras Antón hablaba así, todos se alegraban: en unos crecía el amor a la virtud, en otros el descuido era apartado, y la presunción de algunos era contenida; y todos fueron persuadidos a despreciar los ataques del Maligno y a admirar la gracia concedida a Antón por el Señor para el discernimiento de los espíritus. Así, las celdas por las montañas eran como tiendas llenas de coros santos de hombres que cantaban salmos, amaban la lectura, ayunaban, oraban, se alegraban en la esperanza de las cosas futuras, trabajaban en obras de caridad y mantenían el amor y la armonía unos con otros. Y de hecho era posible contemplar, por así decirlo, una tierra aparte, llena de piedad y de justicia. Pues allí no había ni el malhechor, ni el ofendido, ni los cobros del cobrador de impuestos, pero en lugar de eso una multitud de ascetas; y el único propósito de todos era buscar la virtud. De modo que cualquiera que contemplase de nuevo las celdas y viese tamaña buena orden entre los monjes levantaría la voz y diría: 'Qué hermosas son tus tiendas, oh Jacob, y tus moradas, oh Israel; como valles sombreados y como un huerto junto a un río; como tiendas que el Señor erigió, y como cedros junto a las aguas (Números 24:5-6).'
Antón, sin embargo, conforme a su costumbre, volvió solo a su propia celda, intensificó su disciplina y suspiraba diariamente al pensar en las moradas del Cielo, habiendo fijado en ellas su deseo y meditando sobre la brevedad de la vida humana. Y comía, dormía y atendía a todas las demás necesidades del cuerpo con vergüenza, al pensar en las facultades espirituales del alma. Por eso, muchas veces, cuando estaba a punto de comer con otros ermitaños, acordándose del alimento espiritual, pedía ser dispensado y se alejaba lejos de ellos, juzgando ser motivo de vergüenza ser visto comiendo por otros. Comía, sin embargo, cuando estaba solo, por necesidad del cuerpo, pero muchas veces también con los hermanos; cubierto de vergüenza en esas ocasiones, todavía así hablaba con audacia palabras de ayuda. Y acostumbraba decir que correspondía a cada uno dedicar todo su tiempo al alma y no al cuerpo, concediendo apenas un breve espacio al cuerpo por causa de sus necesidades, pero entregando con tanta más diligencia todo lo restante al alma y buscando su provecho, para que ella no fuese arrastrada hacia abajo por los placeres del cuerpo, sino, al contrario, el cuerpo quedase sujeto al alma. Pues esto es lo que fue dicho por el Salvador: 'No andéis ansiosos por vuestra vida, cuanto a lo que habéis de comer, ni por vuestro cuerpo, cuanto a lo que habéis de vestir. Y vosotros no busquéis lo que habéis de comer, o lo que habéis de beber, y no andéis con la mente en duda. Pues todas estas cosas las naciones del mundo buscan. Pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todas ellas. Buscad, sin embargo, primero Su Reino, y todas estas cosas os serán acrecentadas (Mateo 6:31; Lucas 12:29).'
Después de esto, la Iglesia fue tomada por la persecución que entonces ocurrió bajo Maximino, y cuando los santos mártires fueron llevados a Alejandría, Antón también los siguió, dejando su celda y diciendo: Vayamos nosotros también, para que, si somos llamados, podamos luchar, o para que contemplemos a los que luchan. Y él ansiaba por sufrir el martirio, pero, no estando dispuesto a entregarse, servía a los confesores en las minas y en las prisiones. Y era muy celoso en el tribunal en animar a la prontitud a aquellos que eran intimados durante su combate, mientras recibía a los que estaban siendo martirizados y los acompañaba en el camino hasta ser perfeccionados. El juez, por lo tanto, al ver la intrepidez de Antón y de sus compañeros, y el celo de ellos en ese asunto, ordenó que ningún monje apareciera en el tribunal ni permaneciera de modo alguno en la ciudad. Así, todos los demás encontraron mejor esconderse en ese día, pero Antón prestó tan poca atención a la orden que lavó su vestidura y, al día siguiente, estuvo de pie todo el tiempo en un lugar elevado delante de ellos, y se presentó con su mejor apariencia al gobernador. Por eso, mientras todos los demás se admiraban de esto, y el gobernador lo vio y pasó con su comitiva, él permaneció de pie sin temor, mostrando la prontitud de nosotros, cristianos. Pues, como yo dije antes, él mismo oraba para ser mártir, y por eso parecía entristecido por no haber dado su testimonio. Pero el Señor lo guardaba para nuestro provecho y el de otros, para que él se convirtiera en maestro de muchos en la disciplina que había aprendido de las Escrituras. Pues muchos, solo de contemplar su modo de vida, quedaban ansiosos por imitar sus caminos. Así, él volvió a servir como de costumbre a los confesores y, como si fuera su compañero de cautiverio, trabajaba en su servicio.
Y cuando finalmente la persecución cesó, y el bienaventurado Obispo Pedro dio su testimonio, Antón partió y de nuevo se recogió a su celda, y allí era diariamente un mártir para su conciencia, luchando en los combates de la fe. Y su disciplina era mucho más severa, pues ayunaba sin cesar, y tenía una vestidura de pelo en el lado de dentro, mientras el lado de fuera era de piel, y la conservó hasta el fin. Y ni bañaba el cuerpo con agua para librarse de la suciedad, ni nunca lavaba los pies, ni siquiera soportaba ponerlos en agua, a no ser cuando obligado por la necesidad. Tampoco alguien jamás lo vio sin ropa, ni su cuerpo desnudo de modo alguno, excepto después de su muerte, cuando fue sepultado.