Vida de Santo Antão 2

A biografia (séc. IV) que Atanásio escreveu do pai do monaquismo cristão: a renúncia de Antão, suas lutas com os demônios no deserto, o longo discurso sobre o discernimento dos espíritos, os milagres, os debates com os filósofos gregos e a sua morte. Um dos livros mais influentes da história do cristianismo, leitura que ajudou a converter Agostinho

Las primeras luchas con los demonios

Apretando así aún más el dominio sobre mismo, Antonio partió hacia los sepulcros, que quedaban a cierta distancia de la aldea. Habiendo pedido a uno de sus conocidos que le llevase pan de vez en cuando, después de muchos días, él entró en uno de los sepulcros, y el otro, cerrando la puerta sobre él, lo dejó allí solo. Y cuando el enemigo no pudo más soportar esto, temiendo que en poco tiempo Antonio llenase el desierto con su disciplina, vino una noche con una multitud de demonios y lo hirió de tal modo con azotes que él quedó caído en el suelo, sin habla, por el dolor excesivo. Pues Antonio afirmaba que el tormento había sido tan grande que ningún golpe causado por mano humana jamás podría haberle provocado semejante sufrimiento. Pero por la Providencia de Dios, pues el Señor nunca olvida a los que en él esperan, al día siguiente su conocido vino trayendo los panes. Y al abrir la puerta y verlo caído en el suelo como muerto, lo levantó y lo llevó a la iglesia de la aldea, y lo acostó en el suelo. Y muchos de sus parientes y de los moradores de la aldea se sentaron alrededor de Antonio como alrededor de un cadáver. Pero, alrededor de la medianoche, él volvió en y se levantó; y al ver que todos dormían y que solo su compañero velaba, le hizo señal con la cabeza para que se aproximase, y le pidió que lo cargase de nuevo a los sepulcros sin despertar a nadie.
Fue entonces cargado por el hombre y, como de costumbre, cuando la puerta fue cerrada, se quedó allí solo. Y no podía estar de pie por causa de los golpes, pero oraba acostado. Y después de orar, dijo en alta voz: Aquí estoy yo, Antonio; no huyo de tus azotes, pues aunque me inflijas más, nada me separará del amor de Cristo. Y entonces cantó: Aunque un ejército acampe contra mí, mi corazón no temerá. Estos eran los pensamientos y las palabras de este asceta. Pero el enemigo, que odia el bien, espantado de que, después de los golpes, él osara volver, convocó a sus perros e irrumpió: Ves, dijo él, que ni por el espíritu de la lujuria ni por los golpes detuvimos a este hombre, y que él nos desafía. Ataquémoslo de otra manera. Pero los cambios de forma para el mal son fáciles para el diablo. Por eso, durante la noche, hicieron tal estruendo que todo aquel lugar pareció sacudido por un terremoto, y los demonios, como si rompiesen las cuatro paredes de la morada, parecían entrar por ellas, viniendo en forma de fieras y reptiles. Y el lugar de repente se llenó de figuras de leones, osos, leopardos, toros, serpientes, áspides, escorpiones y lobos, y cada uno de ellos se movía según su naturaleza. El león rugía, queriendo atacar; el toro parecía investir con los cuernos; la serpiente se contorcionaba, pero no podía aproximarse; y el lobo, al avanzar, era contenido. En suma, los ruidos de las apariciones, con su furia rabiosa, eran terribles. Pero Antonio, golpeado y atormentado por ellas, sentía dolores físicos aún más severos. Aun así, permanecía acostado, observando con el alma inquebrantable, gimiendo por la angustia del cuerpo; pero su mente estaba lúcida, y, como en burla, decía: Si hubiera algún poder en vosotros, habría bastado que uno solo de vosotros viniese; pero, como el Señor os ha debilitado, intentáis aterrarme por el número; y prueba de vuestra debilidad es que tomáis la forma de animales irracionales. Y de nuevo, con osadía, dijo: Si sois capaces y recibisteis poder contra mí, no demoréis en atacar; pero, si no sois capaces, ¿por qué me perturbáis en vano? Pues la fe en nuestro Señor es para nosotros un sello y un muro de seguridad. Así, después de muchos intentos, rechinaron los dientes contra él, porque en verdad se burlaban de mismos, y no de él.
Tampoco el Señor se olvidó entonces de la lucha de Antonio, sino que estaba presente para socorrerlo. Pues, mirando hacia arriba, él vio como que el techo se abría y un rayo de luz descendía hasta él. Los demonios de repente desaparecieron, el dolor de su cuerpo pronto cesó, y el edificio quedó de nuevo íntegro. Pero Antonio, sintiendo el socorro, recuperando el aliento y libre del dolor, suplicó a la visión que le había aparecido, diciendo: ¿Dónde estabas? ¿Por qué no apareciste al principio, para hacer cesar mis dolores? Y una voz le vino: Antonio, yo estaba aquí, pero esperé para ver tu lucha; por lo tanto, ya que resististe y no fuiste vencido, seré siempre tu socorro y haré tu nombre conocido en todas partes. Al oír esto, Antonio se levantó y oró, y recibió tal fuerza que percibió tener más vigor en el cuerpo que antes. Y tenía entonces cerca de treinta y cinco años.
Y al día siguiente él salió aún más decidido a entregarse al servicio de Dios y, encontrando al viejo que conociera antes, le pidió que viniera a morar con él en el desierto. Pero, como el otro rehusó por causa de su edad avanzada, y porque aún no había tal costumbre, el propio Antonio partió inmediatamente hacia la montaña. Y una vez más el enemigo, viendo su celo y queriendo impedirlo, lanzó en su camino lo que parecía ser un gran plato de plata. Pero Antonio, percibiendo la astucia del Maligno, se detuvo y, mirando el plato, avergonzó al diablo que estaba en él, diciendo: ¿De dónde viene un plato en el desierto? Este camino no es transitado, ni hay aquí rastro de viajero alguno; no podría haber caído sin que se notara la falta, dado su tamaño; y quien lo hubiera perdido, volviendo para buscarlo, lo habría encontrado, pues este es un lugar desierto. Esto es alguna artimaña del diablo. ¡Oh Maligno, no será con esto que impedirás mi propósito; con tu perdición! Y cuando Antonio dijo esto, el plato se deshizo como humo ante el fuego.
Entonces, una vez más, prosiguiendo, él vio lo que esta vez no era ilusión, sino oro verdadero esparcido por el camino. Pero si fue el diablo quien lo mostró, o algún poder superior, para probar al atleta y mostrar al Maligno que Antonio de hecho no daba valor alguno al dinero, él no dijo, ni nosotros sabemos. Pero es cierto que aquello que apareció era oro. Y Antonio se admiró de la cantidad, pero pasó por él como quien atraviesa el fuego; así, ni siquiera se volvió, sino que se apresuró a correr para perder de vista el lugar. Cada vez más firme en su propósito, corrió hacia la montaña y, habiendo encontrado una fortaleza, abandonada hace tanto tiempo que estaba llena de reptiles, del otro lado del río, atravesó hacia ella y allí habitó. Los reptiles, como si alguien los persiguiera, dejaron inmediatamente el lugar. Pero él tapó completamente la entrada, habiendo guardado panes para seis meses, pues esta es una costumbre de los tebanos, y los panes muchas veces se conservan frescos por un año entero; y, como encontró agua allá dentro, descendió como a un santuario, y allí permaneció solo, nunca saliendo ni mirando a ninguno de los que venían. Así pasó mucho tiempo entrenándose a mismo, y recibía panes, bajados del alto, dos veces al año.
Pero aquellos de sus conocidos que venían, como él no los dejaba entrar, muchas veces pasaban días y noches fuera, y oían como que multitudes allá dentro a clamar, a hacer ruido, a soltar voces lastimeras y a gritar: Sal de lo que es nuestro. ¿Qué haces mismo en el desierto? No puedes soportar nuestro ataque. Así, al principio, los que estaban fuera pensaron que había algunos hombres luchando con él, y que habían entrado por escaleras; pero, cuando se agacharon y vieron por un agujero que no había nadie, tuvieron miedo, juzgando que fueran demonios, y llamaron a Antonio. A esos él luego oyó, aunque no hubiera dado atención a los demonios, y, viniendo a la puerta, les suplicó que se fueran y no tuvieran miedo. Pues, dijo él, es así que los demonios fingen sus asaltos contra los cobardes. Persignaos, por lo tanto, con la cruz, e id con coraje, y dejad que esos se burlen de mismos. Entonces se fueron fortalecidos por la señal de la cruz. Pero él permaneció sin ser de modo alguno perjudicado por los espíritus malignos, ni se cansó de la lucha, pues le venían en socorro visiones del alto, y la debilidad del enemigo lo aliviaba de mucha aflicción y lo armaba de mayor celo. Pues sus conocidos solían venir esperando encontrarlo muerto, y lo oían cantar: Levántese Dios y sean dispersos sus enemigos; huyan de delante de su faz los que lo odian. Como se disipa el humo, que ellos se disipen; como se derrite la cera ante el fuego, así perezcan los pecadores ante Dios. Y aún: Todas las naciones me rodearon, pero en nombre del Señor las rechacé.
Y así, por casi veinte años, él continuó entrenándose a mismo en la soledad, nunca saliendo, y raramente siendo visto por alguien. Después de eso, cuando muchos estaban ansiosos y deseosos de imitar su disciplina, y sus conocidos vinieron y comenzaron a derribar y arrancar la puerta a la fuerza, Antonio, como que de un santuario, salió iniciado en los misterios y lleno del Espíritu de Dios. Entonces, por primera vez, fue visto fuera de la fortaleza por aquellos que venían a verlo. Y ellos, al verlo, se admiraron con lo que veían, pues él tenía el mismo aspecto físico de antes, y no estaba ni gordo, como un hombre sin ejercicio, ni flaco por el ayuno y la lucha con los demonios, sino que estaba igualito a lo que conocían antes de su retiro. Y, de nuevo, su alma estaba sin mancha, pues no estaba ni contraída como que por la tristeza, ni relajada por el placer, ni dominada por la risa o por el abatimiento, pues no se perturbaba al ver la multitud, ni se llenaba de alegría por ser saludado por tantos. Pero estaba en todo como quien es guiado por la razón y permanece en su estado natural. Por medio de él, el Señor curó los males físicos de muchos de los presentes y limpió a otros de los espíritus malignos. Y dio gracia a Antonio en el hablar, de modo que él consoló a muchos que estaban afligidos y reconcilió a los que estaban en desacuerdo, exhortando a todos a preferir el amor de Cristo a todo lo que hay en el mundo. Y, mientras los exhortaba y aconsejaba a recordar los bienes que han de venir, y de la bondad amorosa de Dios para con nosotros, que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, persuadió a muchos a abrazar la vida solitaria. Y así aconteció, por fin, que celdas surgieron hasta en las montañas, y el desierto fue poblado por monjes, que salieron de su propio pueblo y se inscribieron para la ciudadanía en los cielos.
Pero cuando fue obligado a atravesar el Canal Arsenoítico, y la ocasión de esto fue la visita a los hermanos, el canal estaba lleno de cocodrilos. Y, simplemente orando, él entró en él, y todos los que estaban con él, y pasaron al otro lado en seguridad. Y, habiendo vuelto a su celda, se dedicó a los mismos ejercicios nobles y valientes; y, por medio de conversaciones frecuentes, aumentó el ardor de los que ya eran monjes, despertó en la mayoría de los demás el amor por la disciplina, y pronto, por la atracción de sus palabras, las celdas se multiplicaron, y él a todos dirigía como un padre.