Segunda Apología de Justino Mártir 8

Presentimiento del martirio

Yo mismo espero ser víctima de las asechanzas de alguno de esos demonios aludidos y ser clavado en el cepo, o al menos, de las asechanzas de Crescente, ese amigo del desorden y de la ostentación.
No merece el nombre de filósofo un hombre que, sin saber una palabra sobre nosotros, nos calumnia públicamente, como si nosotros, los cristianos, fuéramos ateos e impíos, esparciendo esas calumnias para congratularse y agradar a la multitud descarriada.
De hecho, si él nos persigue sin haber encontrado la doctrina de Cristo, es un hombre absolutamente malo y que se coloca muy por debajo del propio vulgo de los ignorantes, los cuales con frecuencia se preservan de hablar de lo que no entienden y, principalmente, de levantar falsos testimonios; si la leyó, no entendió su sublimidad; si la entendió y obra así para que nadie sospeche que él es cristiano, entonces es todavía más miserable y malo, pues se deja vencer por la opinión vulgar e irracional y por el miedo.
Quiero que sepáis que, al proponerle y hacerle ciertas preguntas sobre el caso, le hice ver y lo convencí de que no sabe absolutamente nada.
Para probar que digo la verdad, si no os fueron comunicadas las notas de nuestras discusiones, estoy dispuesto a repetir mis preguntas y respuestas y eso también sería una hazaña digna de emperadores.
Pero si mis preguntas y respuestas ya hubieran llegado a vuestro conocimiento, por ellas quedaría claro para vosotros que él no entiende nada sobre nuestra religión. Si él sabe y, a ejemplo de Sócrates, como dije antes, no se atreve a hablar por miedo a aquellos que lo escuchan, no es un hombre que ama el saber, sino la opinión, como quien no aprecia el dicho socrático tan digno de ser apreciado: "No se debe estimar a ningún hombre por encima de la verdad."
Con todo, es imposible que un cínico, poniendo el fin supremo en la indiferencia, conozca bien alguna cosa fuera de esa indiferencia.