Segunda Apología de Justino Mártir 4
La obra de los demonios
Caso ocurriera a alguien la idea de que, si confesamos a Dios como protector, no estaríamos, como decimos, bajo el poder de los inicuos, sufriendo sus castigos, resolveré también esa dificultad.
Habiendo Dios hecho el mundo entero, sometido las cosas terrestres a los hombres y ordenado los elementos del cielo, imponiéndoles también una ley divina para el crecimiento de los frutos y variación de las estaciones -los cuales también claramente él hizo para los hombres -, lo entregó, así como las cosas bajo el cielo, a los cuidados de los ángeles que para eso designó.
Pero los ángeles, violando esa orden, se dejaron vencer por su amor por las mujeres y generaron hijos, que son los llamados demonios.
Además, más adelante, esclavizaron al género humano, algunas veces por medio de señales mágicas; otras por terrores y castigos que infligían; otras, enseñándoles a sacrificar y ofrecer para ellos inciensos y libaciones de que necesitan, después que se sometieron a las pasiones de sus deseos. Finalmente, fueron ellos que sembraron entre los hombres asesinatos, guerras, adulterios, vicios y maldades de todo tipo.
De ahí, los poetas y narradores de mitos, no teniendo idea de que los ángeles y los demonios, que de ellos nacieron, cometieron con hombres y mujeres e hicieron en ciudades y naciones todo lo que les escribieron, después lo atribuyeron al propio Dios y a los hijos carnalmente nacidos de él y a los llamados sus hermanos, Posidón y Plutón, e igualmente a los hijos de estos.
En efecto, los poetas llamaron a sus dioses con el nombre que cada demonio se había puesto a sí mismo y en sus hijos.