Segunda Apología de Justino Mártir 2

Un drama doméstico

Cierta mujer vivía con su marido, hombre disoluto, y antes de hacerse cristiana, se había entregado a la vida licenciosa.
Sin embargo, tan pronto como conoció las enseñanzas de Cristo, no solo se hizo casta, sino que también procuraba persuadir a su marido a la castidad, refiriéndole las mismas enseñanzas y anunciándole el castigo del fuego eterno, preparado para los que no viven castamente y conforme a la recta razón.
Él, empero, obstinado en la disolución, con su conducta desanimó a su mujer.
En efecto, esta consideraba una cosa impía continuar compartiendo el lecho con un hombre que solo buscaba medios de placer a todo costo, contra la ley de la naturaleza y contra lo que es justo, y decidió divorciarse.
Sus parientes, sin embargo, la disuadían y la aconsejaban que tuviera aún un poco de paciencia, con la esperanza de que, algún día, pudiese cambiar al hombre. Entonces, ella se violentó a misma y esperó.
El marido tuvo que hacer un viaje a Alejandría y pronto la mujer supo que él cometía allí mayores excesos todavía. Después de esto, para no hacerse cómplice de tales iniquidades e impiedades, permaneciendo en el matrimonio y compartiendo el lecho y la mesa con tal hombre, ella presentó lo que entre vosotros se llama "libelo de repudio", y se separó.
Entonces, aquel excelente marido, que debería haberse alegrado por el hecho de que su mujer, antes entregada a la vida fácil con esclavos y jornaleros, entre borracheras y todo tipo de maldad, hubiese dejado ahora todo eso y solo deseara que él también, dado a las mismas farras, pusiese fin a todo eso, quedó, por el contrario, despechado por haberse ella divorciado contra su voluntad y la acusó ante los tribunales, diciendo que ella era cristiana.
La mujer, no obstante, presentó a ti, emperador, un memorial, solicitando autorización para disponer antes de su propiedad, y responder ante los tribunales a la acusación que se le hacía, después de que estuviese resuelta la cuestión de sus bienes. concediste lo que ella solicitó.
El que antes fuera marido, no pudiendo, en la ocasión, hacer nada contra la mujer, se volvió contra cierto Ptolomeo, que Urbico había llamado de su tribunal, por haber sido maestro de ella en las enseñanzas de Cristo. He aquí el ardid que él usó.
El centurión que apresara a Ptolomeo era amigo suyo, y él lo persuadió para que lo detuviese y le preguntase tan solo si era cristiano.
Ptolomeo, que era por carácter amante de la verdad, incapaz de engañar o decir una cosa por otra, confesó que era de hecho cristiano. Y eso bastó para que el centurión lo encadenase y lo atormentase por mucho tiempo en la cárcel.
Finalmente, cuando Ptolomeo fue llevado ante el tribunal de Urbico, la única pregunta que le hicieron fue igualmente si era cristiano.
De nuevo, consciente de los bienes que debía a la doctrina de Cristo, confesó lo que es enseñanza de la divina virtud.
En efecto, quien niega alguna cosa, sea lo que fuere, o la niega porque la condena o rehúsa confesarla por saber que es indigno o ajeno a ella; nada de eso conviene al verdadero cristiano.
Urbico ordenó que él fuese condenado al suplicio; mas cierto Lucio, que también era cristiano, viendo un juicio realizado tan contra toda razón, dijo a Urbico:
"¿Por qué motivo condenaste a muerte a un hombre, a quien nadie probó ser adúltero, o fornicador, o asesino, o ladrón, o salteador, o, por fin, reo de algún crimen, sino que apenas confesó llevar el nombre de cristiano? Urbico, no estás juzgando de modo conveniente al emperador Pío, ni al hijo de César, amigo del saber, ni al sacro Senado."
Urbico no respondió nada. Se dirigió a Lucio, y le dijo: "¡Me parece que también eres cristiano!"
Lucio respondió: "Con mucha honra." Y sin más, el prefecto dio orden para que él también fuese conducido al suplicio.
Lucio le declaró que hasta agradecía por ello, pues sabía que iba a librarse de tan perversos tiranos y que iba al Padre y rey de los cielos. Por fin, un tercero, que sobrevino, también fue condenado a muerte.