Segunda Apología de Justino Mártir 12

El platónico se hace cristiano

Yo mismo, cuando seguía la doctrina de Platón, oía las calumnias contra los cristianos. Con todo, al ver cómo caminaban intrépidamente hacia la muerte y hacia todo lo que es considerado espantoso, comencé a reflexionar que era imposible que tales hombres viviesen en la maldad y en el amor a los placeres.
En efecto, qué hombre amante del placer, intemperante y que considere cosa buena devorar carnes humanas, podría abrazar alegremente la muerte, que va a privarle de sus bienes, y que no procuraría antes, de todos los modos, prolongar indefinidamente su vida presente y esconderse de los gobernantes, y menos aún soñaría con delatarse a mismo para ser muerto?
Por obra de hombres perversos, los malvados demonios también ya consiguieron eso.
De hecho, buscando condenar a muerte a algunos cristianos, fundados en las calumnias contra nosotros, arrastraron también esclavos, niños y mujeres y, por medio de increíbles tormentos, los forzaron a repetir contra nosotros lo que el pueblo inventa, los mismos crímenes que ellos cometen públicamente. Sin embargo, nada de eso nos concierne y nada nos preocupa, pues tenemos el Dios eterno e inefable como testigo de nuestros pensamientos y acciones.
En efecto, por cuál motivo no habríamos de proclamar públicamente que todo eso es bueno y demostrar que se trata de una divina filosofía, si bastase decir que al matar a un hombre nosotros nos iniciamos en los misterios de Saturno y que, al hartarnos de sangre, hacemos lo mismo que ese ídolo que tanto apreciáis, al cual se asperja no solo con sangre de animales irracionales, sino también con sangre humana? Y para semejante rito de aspersión con la sangre de los ejecutados, destináis el hombre más ilustre y más noble de entre vosotros. Por fin, cuando dicen que abusamos de los varones y nos unimos sin temor con las mujeres, por qué no decir que, haciendo eso, estamos imitando a Zeus y a los otros dioses, alegando en nuestra defensa los escritos de Epicuro y de los poetas?
La verdad es que nos hacen guerra de mil modos, exactamente porque enseñamos a huir de semejantes doctrinas y de aquellos que practican tales cosas o imitan tales ejemplos, como incluso en estos discursos que os dirigimos, nos esforzamos por hacer. Sin embargo, vuestra guerra en nada os importa, pues sabemos que el Dios que todo ve es justo.
Ojalá, ahora mismo subiese alguien a la tribuna elevada y, con voz de actor, de allí os gritase: "Avergonzaos, avergonzaos de imputar a personas inocentes la misma cosa que practicáis públicamente y atribuir aquello que es propio de vosotros y de vuestros dioses a aquellos que absolutamente nada tienen que ver con eso.
Convertíos, arrepentíos!"