Segunda Apología de Justino Mártir 11

El mito de Hércules

Sin embargo, los hombres inicuos y los demonios no nos quitarían la vida, ni tendrían poder sobre nosotros, si todo hombre que nace no tuviera también que morir. Por eso, nosotros os agradecemos porque pagáis una deuda que tenemos.
Sin embargo, creemos que es bueno y oportuno mencionar aquí el conocido relato de Jenofonte para que Crescente y los que son tan insensatos como él lo recuerden.
Jenofonte cuenta que, al llegar a una encrucijada, vinieron al encuentro de Heracles la virtud y la maldad, en la forma de mujeres.
La maldad estaba vestida con ropas finas, tenía rostro atractivo y adornado con arreos, y dijo a Heracles que, si él la siguiera, ella lo haría vivir siempre en el placer y adornado con el más bello ornamento, semejante al que ella usaba.
Al contrario, la virtud, con rostro y veste severos, le dijo: "Si me sigues a mí, no te adornaré con belleza o adorno pasajero y corruptible, sino con arreos eternos y bellos."
Nosotros estamos persuadidos de que alcanzan la felicidad todos aquellos que hacen caso omiso de los bienes aparentes y siguen lo que parece duro y contra la razón.
Porque la maldad viste sus acciones con las cualidades de la virtud y de lo que es de hecho bien, remendando lo incorruptible, pues ella de no tiene nada de incorruptible y ni es capaz de producirlo, y torna esclavos suyos a los hombres que se arrastran por el suelo, atribuyendo a la virtud los males propios de la maldad.
Sin embargo, los que comprenden los bienes verdaderos, propios de la virtud, también se tornan incorruptibles por la virtud. Que sean así los cristianos, los atletas y los héroes que hicieron aquellas hazañas atribuidas por los poetas a los supuestos dioses, cualquier persona inteligente lo puede deducir, si supiere sacar consecuencia del hecho de que nosotros despreciamos la muerte, de la cual todos huyen.