Primera Apología de Justino Mártir 4
No se debe castigar un nombre
No se debe juzgar que alguien sea bueno o malo por llevar un nombre, si prescindimos de las acciones que tal nombre supone. Además, si se examina aquello de que nos acusan, somos los mejores hombres.
Sin embargo, como no consideramos justo pretender que nos absuelvan por nuestro nombre si estamos convictos de maldad; del mismo modo, si ni por nuestro nombre, ni por nuestra conducta se constata que hayamos cometido crimen, vuestro deber es empeñaros para no volveros responsables de castigo, condenando injustamente a aquellos que no fueron convencidos judicialmente.
En efecto, en sana razón, de un nombre no se puede originar elogio o reprobación, si no se puede demostrar por hechos alguna cosa virtuosa o vituperable.
No castigáis a nadie que fue acusado delante de vuestros tribunales antes de que él sea reo convicto. Sin embargo, cuando se trata de nosotros, tomáis el nombre como prueba, siendo que, si fuere por el nombre, deberíais antes castigar a nuestros acusadores.
De hecho, nos acusan de ser cristianos, esto es, buenos, pero odiar lo que es bueno no es cosa justa.
Además, basta que un acusado niegue con la palabra ser cristiano, vosotros lo ponéis en libertad, como quien no tiene otro crimen a ser acusado; mas quien confiesa que es cristiano, vosotros lo castigáis apenas por esa confesión. Lo que se debería hacer es examinar la vida tanto de aquel que confiesa, como de aquel que niega, a fin de poner a las claras, por sus obras, la calidad de cada uno.
De hecho, de la manera como algunos, a pesar de haber aprendido de su maestro Cristo a no negarlo, son inducidos a eso al ser interrogados; de la misma forma, con su vida mala, ellos tal vez den motivo a aquellos que están dispuestos a calumniar de impiedad e iniquidad todos los cristianos.
Mas ni en eso se procede rectamente. Se sabe que el nombre y la apariencia de filósofo, algunos se arrogan sin haber practicado ninguna acción digna de su profesión, y no ignoráis que aquellos de los antiguos que profesan opiniones y doctrinas contrarias entran todos en la denominación común de filósofos.
Entre ellos, hubo los que enseñaron el ateísmo, y los que fueron poetas cuentan las imprudencias de Zeus con sus hijos. Sin embargo, no prohibís a nadie profesar las doctrinas de ellos; al contrario, dais premios y honras para aquellos que clara y elegantemente insultan a vuestros dioses.