Primera Apología de Justino Mártir 31
La versión de los Setenta
Entre los judíos, hubo profetas de Dios, a través de los cuales el Espíritu profético anunció anticipadamente los acontecimientos futuros, y los reyes, que según los tiempos se sucedieron entre los judíos, apropiándose de tales profecías, las guardaron cuidadosamente tal como fueron dichas y tal como los propios profetas las consignaron en sus libros, escritos en su propia lengua hebrea.
Cuando Ptolomeo, rey de Egipto, se preocupó en formar una biblioteca y en ella reunir los escritos de todo el mundo, habiendo tenido noticia de esas profecías, mandó una embajada a Herodes, que entonces era rey de los judíos, pidiéndole que mandase los libros de ellos.
El rey Herodes mandó los libros, como dijimos, en su lengua hebrea.
Sin embargo, como su contenido no podía ser entendido por los egipcios, Ptolomeo pidió, por medio de una nueva embajada, que Herodes enviase hombres para verterlos a la lengua griega.
Después de esto, los libros permanecieron entre los egipcios hasta el presente y los judíos los usan en el mundo entero. Estos, sin embargo, al leerlos, no entienden lo que está escrito, pero considerándonos enemigos y adversarios, nos matan, como vosotros lo hacéis, y nos atormentan siempre que pueden hacerlo, como podéis fácilmente verificar.
En efecto, en la guerra de los judíos ahora terminada, Bar Kojbá, el cabeza de la rebelión, mandaba someter a terribles torturas solamente a los cristianos, en caso de que estos no negasen y blasfemasen a Jesucristo.
Profecías sobre Jesús
En los libros de los profetas ya encontramos anunciado que Jesús, nuestro Cristo, debería venir nacido de una virgen; que él llegaría a la edad adulta, curaría toda enfermedad, toda debilidad y resucitaría de los muertos; que sería envidiado, desconocido y crucificado; que moriría, resucitaría y subiría a los cielos; que él es y se llama Hijo de Dios; que él enviaría a algunos para proclamar estas cosas a todo el género humano y serían los hombres de las naciones aquellos que más creerían en él.
Y esas profecías fueron hechas unas cinco, otras tres, otras dos mil y otras mil ochocientos años antes de que él apareciese en el mundo. En efecto, es sabido que los profetas se sucedieron unos a otros, de generación en generación.