Primera Apología de Justino Mártir 21

También cuando decimos que el Verbo, primer retoño de Dios, nació sin relación carnal, esto es, Jesucristo, nuestro Maestro, y que él fue crucificado, murió y, después de resucitado, subió al cielo, no presentamos nada de nuevo si se tienen en cuenta a los que llamáis hijos de Zeus.
De hecho, sabéis bien la cantidad de hijos que vuestros estimados escritores atribuyen a Zeus: Hermes, el Verbo intérprete y maestro de todos; Asclepio, que fue médico y que, después de haber sido fulminado, subió al cielo; Dioniso, después que fue descuartizado; Heracles, después de arrojarse al fuego para huir de los trabajos; los Dióscuros, hijos de Leda, Perseo de Dánae y Belerofonte, nacido de hombres, sobre el caballo Pegaso.
¿Para qué hablar todavía de Ariadna y de los que, semejantes a ella, se dice que son colocados en las estrellas? Paso por alto también a vuestros emperadores muertos, a los que tenéis siempre como dignos de la inmortalidad y nos presentáis algún infeliz que jura haber visto a César incinerado subir de la pira al cielo.
Tampoco es necesario repetir aquí las acciones que se cuentan de cada uno de los supuestos hijos de Zeus, pues vosotros las conocéis perfectamente. Es suficiente decir que eso fue escrito para utilidad y aliento de los que se educan, pues todos consideran hermoso ser imitadores de los dioses.
Sin embargo, esté lejos de toda alma sensata pensar sobre los dioses, de la misma forma que sobre que, según ellos, Zeus es el principal y padre de todos los demás, pensar que él ha sido parricida, nacido de parricida y, vencido por los bajos y vergonzosos placeres del amor, haya ido hasta Ganimedes y numerosas mujeres con las cuales se unió, y aceptar que sus hijos practicasen acciones semejantes.
La verdad es que, como ya dijimos, fueron los demonios malvados los que hicieron tales cosas. En cuanto a alcanzar la inmortalidad, se nos ha enseñado que solo la alcanzan aquellos que viven santa y virtuosamente cerca de Dios, así como creemos que serán castigados con fuego eterno aquellos que vivieron injustamente y no se convirtieron.