Sobre a Encarnação do Verbo 6

O clássico tratado de cristologia (séc. IV) em que Atanásio explica por que Deus se fez homem: a criação e a queda, o dilema entre a justiça e a bondade divinas, a Encarnação como solução, a morte na cruz e a ressurreição como vitória sobre a corrupção, e a refutação de judeus e gentios

Refutación de los judíos

Pero quizá, habiendo oído la profecía de su muerte, quiera aprender también lo que se anuncia acerca de la Cruz. Pues ni siquiera esto fue omitido: los hombres santos lo exponen con gran claridad. Primero, Moisés lo predice, y en alta voz, cuando dice: "Verás tu Vida colgada ante tus ojos, y no creerás." Luego, los profetas después de él dan testimonio a este respecto, diciendo: "Yo, como un cordero inocente llevado a ser muerto, no lo sabía; tramaron contra un plan perverso, diciendo: Venid, lancemos un árbol sobre su pan, y borrémoslo de la tierra de los vivientes." Y también: "Traspasaron mis manos y mis pies, contaron todos mis huesos, repartieron entre mis vestiduras, y sobre mi túnica echaron suertes." Ahora bien, una muerte levantada en alto, que acontece sobre un árbol, no podría ser otra sino la Cruz; y, de nuevo, en ninguna otra muerte son traspasadas las manos y los pies, a no ser únicamente en la Cruz. Mas, visto que por la venida del Salvador entre los hombres todas las naciones de todos lados también comenzaron a conocer a Dios, no dejaron este punto sin referencia: en las Sagradas Escrituras se hace mención también de esta cuestión. Pues allí se dice: "Habrá la raíz de Jesé, y aquel que se levanta para regir las naciones; en él esperarán las naciones." Esto, entonces, es una pequeña prueba de lo que sucedió. Pero toda la Escritura está llena de refutaciones de la incredulidad de los judíos. Pues ¿cuál de los hombres justos y santos profetas, y de los patriarcas registrados en las divinas Escrituras, tuvo alguna vez su nacimiento corporal de una virgen solamente? ¿O qué mujer bastó, sin hombre, para la concepción del género humano? ¿Acaso Abel no nació de Adán, Enoc de Jared, Noé de Lámec, Abrahán de Téraj, Isaac de Abrahán, Jacob de Isaac? ¿No nació Judá de Jacob, y Moisés y Aarón de Amrán? ¿No nació Samuel de Elcana, David de Jesé, Salomón de David, Ezequías de Acaz, Josías de Amón, Isaías de Amoz, Jeremías de Hilquías, Ezequiel de Buzi? ¿No tuvo cada uno un padre como autor de su existencia? ¿Quién es, entonces, aquel que nace de una virgen solamente? Pues el profeta dio gran importancia a esta señal. ¿O de quién el nacimiento fue precedido por una estrella en los cielos, anunciando al mundo aquel que nacía? Pues cuando Moisés nació, fue escondido por sus padres; David no era conocido ni por los vecinos, tanto que ni siquiera el gran Samuel lo conocía, sino que preguntó si Jesé tenía aún otro hijo; Abrahán, por su parte, llegó a ser conocido de sus vecinos como un gran hombre únicamente después de su nacimiento. Pero, del nacimiento de Cristo, el testigo no fue un hombre, sino una estrella en aquel cielo de donde él descendía.
Pero ¿qué rey hubo alguna vez que, antes de tener fuerzas para llamar padre o madre, reinara y obtuviera triunfos sobre sus enemigos? ¿Acaso David no llegó al trono a los treinta años de edad, y Salomón cuando ya se había convertido en un joven? ¿No asumió Joás el reino a los siete años de edad, y Josías, un rey aún posterior, no recibió el gobierno alrededor del séptimo año de su edad? ¿Y, aun así, ellos, a esa edad, ya tenían fuerzas para llamar padre o madre? ¿Quién es, entonces, aquel que reinaba y despojaba a sus enemigos casi antes de su nacimiento? ¿O qué rey de este tipo hubo alguna vez en Israel y en Judá (que los judíos, que investigaron el asunto, nos lo digan) en quien todas las naciones depositaron sus esperanzas y tuvieron paz, en lugar de estar en enemistad con ellos por todos lados? Pues mientras Jerusalén estuvo de pie, hubo guerra sin tregua entre ellos, y todos luchaban contra Israel; los asirios los oprimían, los egipcios los perseguían, los babilonios caían sobre ellos; y, por extraño que parezca, tenían incluso a los sirios, sus vecinos, en guerra contra ellos. ¿Acaso David no guerreó contra los de Moab, e hirió a los sirios, y Josías no se defendió de los vecinos, y Ezequías no tembló ante la arrogancia de Senaqueribe, y Amalec no hizo guerra contra Moisés, y los amorreos no se le opusieron, y los habitantes de Jericó no se levantaron contra Josué, hijo de Num? ¿Y, en una palabra, no hubo lugar para tratados de amistad entre las naciones e Israel? ¿Quién es, entonces, aquel en quien las naciones habrían de poner su esperanza? Vale la pena verlo. Pues debe existir tal persona, ya que es imposible que el profeta haya hablado falsamente. Pero ¿cuál de los santos profetas o de los antiguos patriarcas murió en la Cruz por la salvación de todos? ¿O quién fue traspasado y destruido para la cura de todos? ¿O cuál de los hombres justos, o de los reyes, descendió a Egipto de modo que, a su llegada, los ídolos de Egipto cayeran? Pues Abrahán fue allá, pero la idolatría prevaleció universalmente del mismo modo. Moisés nació allá, y la adoración engañosa del pueblo no fue menor por eso.
¿O quién, de entre los que están registrados en la Escritura, fue traspasado en las manos y en los pies, o fue colgado en un árbol, y fue sacrificado en una cruz por la salvación de todos? Pues Abrahán murió, terminando su vida en un lecho; Isaac y Jacob también murieron con los pies levantados sobre un lecho; Moisés y Aarón murieron en el monte; David en su casa, sin ser objeto de ninguna conspiración por parte del pueblo; es verdad que fue perseguido por Saúl, pero fue preservado ileso. Isaías fue serrado por la mitad, pero no colgado en un árbol. Jeremías fue tratado vergonzosamente, pero no murió bajo condenación; Ezequiel sufrió, pero no por el pueblo, sino para indicar lo que vendría a suceder al pueblo. Además, éstos, incluso donde sufrieron, eran hombres semejantes a todos en su naturaleza común; pero aquel que es declarado en la Escritura como sufriendo en favor de todos no es llamado meramente hombre, sino Vida de todos, aunque de hecho fuera, en naturaleza, semejante a los hombres. Pues "verás", dice, "tu Vida colgada ante tus ojos"; y "¿quién declarará su generación?" Pues se puede investigar la genealogía de todos los santos, y declararla desde el principio, y de quién cada uno nació; pero la generación de aquel que es la Vida las Escrituras la señalan como algo que no puede ser declarado. ¿Quién es, entonces, aquel de quien las divinas Escrituras dicen esto? ¿O quién es tan grande que incluso los profetas predicen de él cosas tan grandes? Ningún otro, ahora, se encuentra en las Escrituras a no ser el Salvador común de todos, el Verbo de Dios, nuestro Señor Jesucristo. Pues es él quien procedió de una virgen y apareció como hombre en la tierra, y cuya generación según la carne no puede ser declarada. Pues no hay quien pueda decir quién es su padre según la carne, no siendo su cuerpo de un hombre, sino de una virgen solamente; de modo que nadie puede declarar la generación corporal del Salvador a partir de un hombre, del mismo modo que se puede trazar una genealogía de David, de Moisés y de todos los patriarcas. Pues es él quien hizo también que la estrella marcara el nacimiento de su cuerpo; ya que era apropiado que el Verbo, descendiendo del cielo, tuviera también su constelación viniendo del cielo, y era conveniente que el Rey de la Creación, al venir, fuera abiertamente reconocido por toda la creación. Ahora bien, él nació en Judea, y hombres de Persia vinieron a adorarlo. Es él quien, incluso antes de su aparición en el cuerpo, ganó la victoria sobre sus adversarios demoníacos y un triunfo sobre la idolatría. Todos los paganos, en todo caso, de cada región, renunciando a su tradición heredada y a la impiedad de los ídolos, están ahora poniendo su esperanza en Cristo y alistándose bajo él, cosa que puedes ver con tus propios ojos. Pues en ningún otro tiempo la impiedad de los egipcios cesó, a no ser cuando el Señor de todos, cabalgando por así decirlo sobre una nube, descendió allá en el cuerpo y redujo a nada el engaño de los ídolos, y atrajo a todos hacia mismo, y por mismo al Padre. Es él quien fue crucificado teniendo por testigos el sol y toda la creación, y ante aquellos que lo llevaron a la muerte; y por su muerte vino la salvación a todos, y toda la creación fue rescatada. Él es la Vida de todos, y es él quien, como una oveja, entregó su cuerpo a la muerte como sustituto, por la salvación de todos, aunque los judíos no crean en ello.
Pues, si ellos no consideran suficientes estas pruebas, que sean al menos persuadidos por otras razones, sacadas de los oráculos que ellos mismos poseen. Pues ¿de quién dicen los profetas: "Me manifesté a los que no me buscaban, fui hallado por los que no preguntaban por mí; dije: Heme aquí, a la nación que no había invocado mi nombre; extendí mis manos a un pueblo desobediente y contestador"? ¿Quién es, entonces, podría alguien decir a los judíos, aquel que se manifestó? Pues, si es el profeta, que digan cuándo estuvo escondido para luego aparecer de nuevo. ¿Y qué especie de profeta es éste, que no solamente se manifestó de la oscuridad, sino que también extendió sus manos en la Cruz? Ninguno de los justos, ciertamente, a no ser el Verbo de Dios solamente, quien, incorpóreo por naturaleza, apareció por nuestra causa en el cuerpo y sufrió por todos. O, si ni siquiera esto les basta, que sean al menos silenciados por otra prueba, viendo cuán clara es su fuerza demostrativa. Pues la Escritura dice: "Esfuercen los brazos débiles, y las rodillas que cojean; consolaos, vosotros que sois de ánimo desfalecido; esfuerzaos, no temáis. He aquí que nuestro Dios retribuye el juicio; él vendrá y nos salvará. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos oirán; entonces el cojo saltará como un ciervo, y la lengua de los tartamudos hablará claro." Ahora bien, ¿qué pueden decir a esto, o cómo pueden atreverse a encararlo de algún modo? Pues la profecía no solamente indica que Dios ha de habitar aquí, sino que anuncia los signos y el tiempo de su venida. Pues ellos vinculan al ciego que recobra la vista, al cojo que anda, al sordo que oye y a la lengua de los tartamudos que habla claro a la Venida Divina que ha de acontecer. Que digan, entonces, cuándo tales signos acontecieron en Israel, o dónde en Judá ocurrió algo del tipo. Naamán, un leproso, fue purificado, pero ningún sordo oyó ni cojo anduvo. Elías resucitó un muerto; Eliseo también; pero ningún ciego de nacimiento recobró la vista. Pues, en verdad, resucitar un muerto es cosa grande, pero no es como la maravilla realizada por el Salvador. Apenas, si la Escritura no pasó por alto el caso del leproso y del hijo muerto de la viuda, ciertamente, si hubiera sucedido que un cojo también anduviera y un ciego recobrara la vista, la narración no habría dejado de mencionar esto también. Visto, entonces, que nada se dice en las Escrituras, es evidente que estas cosas nunca habían acontecido antes. ¿Cuándo, entonces, acontecieron, a no ser cuando el mismo Verbo de Dios vino en el cuerpo? ¿O cuándo vino él, a no ser cuando cojos anduvieron, y tartamudos fueron hechos hablar claro, y sordos oyeron, y hombres ciegos de nacimiento recobraron la vista? Pues esto fue exactamente lo que dijeron los judíos que entonces lo presenciaron, porque no habían oído hablar de tales cosas que hayan acontecido en cualquier otro tiempo: "Desde que el mundo comenzó, nunca se oyó que alguien abriera los ojos de un hombre que nació ciego. Si este hombre no fuera de Dios, nada podría hacer."
Pero quizá, siendo incapaces, incluso ellos, de luchar continuamente contra hechos evidentes, ellos, sin negar lo que está escrito, sostendrán que están a la espera de estas cosas, y que el Verbo de Dios aún no ha venido. Pues es en esto que ellos permanecen para siempre insistiendo, sin avergonzarse de obstinarse ante hechos evidentes. Pero en este punto, sobre todo, serán tanto más refutados, no por nuestras manos, sino por las del sapientísimo Daniel, quien señala tanto la fecha exacta como la venida divina del Salvador, diciendo: "Setenta semanas están decretadas sobre tu pueblo y sobre la ciudad santa, para acabar con el pecado, y para sellar los pecados, y para borrar las iniquidades, y para expiar las iniquidades, y para traer la justicia eterna, y para sellar la visión y el profeta, y para ungir un Santo de Santos; y sabrás y entenderás, desde la salida de la palabra para restaurar y edificar Jerusalén hasta el Cristo, el Príncipe." Quizá, con respecto a las otras profecías, ellos puedan incluso encontrar excusas y aplazar para un tiempo futuro lo que está escrito. Pero ¿qué pueden decir a esto, o pueden encararlo de algún modo? ¿Dónde no solamente se hace referencia al Cristo, sino que se declara que aquel que ha de ser ungido no es simplemente un hombre, sino Santo de Santos; y Jerusalén ha de permanecer hasta su venida, y a partir de entonces cesan el profeta y la visión en Israel? David fue ungido en otro tiempo, y Salomón y Ezequías; pero, aun así, Jerusalén y el lugar permanecían, y los profetas profetizaban: Gad y Asaf y Natán; y, más tarde, Isaías, y Oseas, y Amós, y otros. Y, de nuevo, los mismos hombres que fueron ungidos eran llamados santos, y no Santo de Santos. Pero, si ellos se escudan con el cautiverio y dicen que por causa de él Jerusalén no existía, ¿qué pueden decir también acerca de los profetas? Pues, de hecho, cuando el pueblo descendió por primera vez a Babilonia, Daniel y Jeremías estaban allá, y Ezequiel, y Ageo, y Zacarías profetizaban.
Así, los judíos están jugando, y el tiempo en cuestión, que ellos atribuyen al futuro, ya ha llegado de hecho. Pues ¿cuándo cesó el profeta y la visión en Israel, a no ser cuando vino Cristo, el Santo de Santos? Pues es una señal, y una prueba importante, de la venida del Verbo de Dios, que Jerusalén ya no esté de pie, ni se levante profeta alguno, ni les sea revelada visión; y esto muy naturalmente. Pues, cuando aquel que era significado había venido, ¿qué necesidad había aún de alguien que lo significara? Cuando la verdad estaba allí, ¿qué necesidad había aún de la sombra? Pues esta fue la razón por la que ellos profetizaban: a saber, hasta que viniera la verdadera Justicia, y aquel que había de rescatar los pecados de todos. Y fue por esto que Jerusalén permaneció hasta entonces: a saber, para que allí se ejercitaran en los tipos como preparación para la realidad. Así, cuando el Santo de Santos había venido, naturalmente la visión y la profecía fueron selladas y el reino de Jerusalén cesó. Pues los reyes serían ungidos entre ellos solamente hasta que el Santo de Santos hubiera sido ungido; y Jacob profetiza que el reino de los judíos se establecería hasta su venida, como sigue: "No faltará el cetro de Judá, ni el Príncipe de sus lomos, hasta que venga aquel para quien está reservado; y él es la expectativa de las naciones." Por esto el mismo Salvador también clamó en alta voz y dijo: "La ley y los profetas profetizaron hasta Juan." Si, entonces, hay ahora entre los judíos rey, o profeta, o visión, hacen bien en negar al Cristo que vino. Pero, si no hay ni rey ni visión, y desde aquel tiempo toda profecía está sellada y la ciudad y el templo tomados, ¿por qué son tan irreligiosos y tan obstinados a punto de ver lo que sucedió y, aun así, negar al Cristo, quien realizó todas estas cosas? ¿O por qué, cuando ven incluso a los paganos abandonando sus ídolos y poniendo su esperanza, por medio de Cristo, en el Dios de Israel, niegan al Cristo, quien nació de la raíz de Jesé según la carne y quien de ahora en adelante es Rey? Pues, si las naciones estuvieran adorando algún otro Dios, y no confesando al Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob y de Moisés, entonces, una vez más, ellos harían bien en alegar que Dios no había venido. Pero, si los gentiles están honrando al mismo Dios que dio la ley a Moisés e hizo la promesa a Abrahán, y cuya palabra los judíos deshonraron, ¿por qué ignoran, o mejor, por qué eligen ignorar, que el Señor predicho por las Escrituras resplandeció sobre el mundo y le apareció en forma corporal, como dijo la Escritura: "El Señor Dios resplandeció sobre nosotros"; y también: "Envió su Palabra y los sanó"; y también: "No un mensajero, no un ángel, sino el mismo Señor los salvó"? Su estado puede ser comparado al de alguien fuera de sí, que ve la tierra iluminada por el sol, pero niega el sol que la ilumina. Pues ¿qué más queda por hacer a aquel que ellos esperan, cuando haya venido? ¿Llamar a los paganos? Pero ya están llamados. ¿Hacer cesar la profecía, y el rey, y la visión? Esto también ya ha sucedido. ¿Exponer la impiedad de la idolatría? Ya está expuesta y condenada. ¿O destruir la muerte? Ya está destruida. ¿Qué, entonces, no ha sucedido, que el Cristo deba hacer? ¿Qué quedó por cumplir, para que los judíos ahora descrean impunemente? Pues, si, como digo (que es justamente lo que de hecho vemos), no hay más ni rey, ni profeta, ni Jerusalén, ni sacrificio, ni visión entre ellos, sino que incluso la tierra entera está llena del conocimiento de Dios, y los gentiles, dejando su impiedad, están ahora refugiándose en el Dios de Abrahán, por medio del Verbo, nuestro Señor Jesucristo, entonces debe quedar claro, incluso para los más obstinados, que el Cristo vino, y que él iluminó absolutamente a todos con su luz, y les dio la verdadera y divina enseñanza acerca de su Padre. Así, se puede con razón refutar a los judíos por éstos y por otros argumentos de las divinas Escrituras.