Sobre a Encarnação do Verbo 5

O clássico tratado de cristologia (séc. IV) em que Atanásio explica por que Deus se fez homem: a criação e a queda, o dilema entre a justiça e a bondade divinas, a Encarnação como solução, a morte na cruz e a ressurreição como vitória sobre a corrupção, e a refutação de judeus e gentios

La resurrección y la victoria sobre la muerte

La muerte en la cruz, pues, se mostró digna y apropiada para nosotros, y su causa resultó ser razonable en todos los aspectos. Es justo afirmar que de ningún otro modo sino por la Cruz convenía que la salvación de todos aconteciera. Pues ni aun así, ni aun en la Cruz, él se dejó quedar oculto. Al contrario, mientras hacía la creación atestiguar la presencia de su Creador, no permitió que el templo de su cuerpo permaneciera muerto por mucho tiempo. Habiendo únicamente mostrado que estaba muerto, por el contacto de la muerte con él, luego lo resucitó en el tercer día, llevando consigo, como marca de la victoria y del triunfo sobre la muerte, la incorruptibilidad e impasibilidad que de allí resultaron para su cuerpo. Pues él podría, aun inmediatamente después de la muerte, haber resucitado su cuerpo y mostrado que estaba vivo; pero esto tampoco el Salvador, en sabia previsión, hizo. Pues alguien podría haber dicho que él no había muerto de hecho, o que la muerte no había entrado en pleno contacto con él, si hubiera manifestado la Resurrección de inmediato. Quizá, aún, si el intervalo entre su muerte y su resurrección hubiera sido de apenas dos días, la gloria de su incorrupción quedaría oscura. Así, para que el cuerpo fuera probado muerto, el Verbo aguardó aún un día intermedio, y en el tercero lo mostró incorruptible a todos. Por lo tanto, para que la muerte en la Cruz fuera comprobada, él resucitó su cuerpo en el tercer día. Pero, para que no fuera desacreditado al resucitarlo después que hubiera permanecido mucho tiempo y se hubiera corrompido por completo, como si lo hubiera cambiado por algún otro cuerpo (pues un hombre podría también, con el pasar del tiempo, desconfiar de lo que veía y olvidar lo que había sucedido), por esa causa él no esperó más que tres días; ni dejó por mucho tiempo en la incertidumbre a aquellos a quienes había hablado sobre la Resurrección. Pero, mientras la palabra aún resonaba en sus oídos, sus ojos aún expectantes y su mente en suspenso, y mientras aquellos que lo habían matado aún vivían sobre la tierra, presentes en el lugar y capaces de atestiguar la muerte del cuerpo del Señor, el mismo Hijo de Dios, tras un intervalo de tres días, mostró su cuerpo, antes muerto, ahora inmortal e incorruptible. Y quedó manifiesto a todos que no fue por ninguna debilidad natural del Verbo que en él habitaba que el cuerpo había muerto, sino para que en él la muerte fuera abolida por el poder del Salvador.
Que la muerte fue destruida, que la Cruz se convirtió en la victoria sobre ella, y que ya no tiene poder, sino que está verdaderamente muerta, de esto hay una prueba nada pequeña, o mejor, una garantía evidente: es despreciada por todos los discípulos de Cristo, que todos la enfrentan de forma ofensiva y ya no la temen; por la señal de la Cruz y por la fe en Cristo, la pisan como muerta. Pues, en el pasado, antes que ocurriera la venida divina del Salvador, aun para los santos la muerte era terrible, y todos lloraban por los muertos como si hubieran perecido. Pero ahora que el Salvador resucitó su cuerpo, la muerte ya no es terrible; pues todos los que creen en Cristo la pisan como si nada fuera, y prefieren morir a negar su fe en Cristo. Pues saben con certeza que, cuando mueren, no son destruidos, sino que de hecho comienzan a vivir, y se hacen incorruptibles por la Resurrección. Y aquel diablo que antes exultaba maliciosamente en la muerte, ahora que sus dolores fueron desatados, permaneció el único verdaderamente muerto. Y de esto hay una prueba: antes que los hombres crean en Cristo, ven en la muerte un objeto de terror y se acobardan ante ella. Pero, cuando se pasan a la fe y la enseñanza de Cristo, su desprecio por la muerte es tan grande que hasta se lanzan ansiosamente sobre ella, y se hacen testigos de la Resurrección que el Salvador realizó contra ella. Pues, aún en tierna edad, se apresuran a morir, y no solo hombres, sino también mujeres se ejercitan por medio de la disciplina corporal contra ella. Tan débil se hizo que hasta mujeres que antes fueron engañadas por ella ahora se burlan de ella como de algo muerto y paralizado. Pues, así como, cuando un tirano es derrotado por un rey verdadero y atado de pies y manos, todos los que pasan lo cubren de escarnio, golpeándolo e insultándolo, ya sin temer su furia y barbarie, por causa del rey que lo venció, así también, habiendo la muerte sido vencida y expuesta por el Salvador en la Cruz, y atada de pies y manos, todos los que están en Cristo, al pasar, la pisan, y, testificando a Cristo, se burlan de la muerte, escarneciendo de ella y diciendo lo que de ella fue escrito hace mucho tiempo: ¿Oh muerte, dónde está tu victoria? ¿Oh sepulcro, dónde está tu aguijón?
¿Será, entonces, una prueba insignificante de la debilidad de la muerte? ¿O será una demostración insignificante de la victoria sobre ella conquistada por el Salvador, cuando los jóvenes y las doncellas que están en Cristo desprecian esta vida y se preparan para morir? Pues el hombre, por naturaleza, tiene miedo de la muerte y de la disolución del cuerpo; pero hay este hecho sorprendentísimo: aquel que vistió la fe de la Cruz desprecia aun lo que es naturalmente temible, y por causa de Cristo no teme la muerte. Y así como el fuego tiene la propiedad natural de quemar, si alguien dijera que existe una sustancia que no teme su fuego, sino que, al contrario, prueba que es débil (como se dice que hace el amianto entre los indios), entonces aquel que no creyera la historia, si quisiera ponerla a prueba, al menos después de vestir el material a prueba de fuego y tocar el fuego, quedaría por eso convencido de la debilidad atribuida al fuego. O, si alguien quisiera ver al tirano atado, al menos yendo hasta el país y el dominio de su vencedor podría ver al hombre, que es terror para los otros, reducido a la debilidad. Así, si un hombre permanece incrédulo aun después de tantas pruebas, después de tantos que se convirtieron en mártires en Cristo, y después del desprecio demostrado por la muerte todos los días por aquellos que son ilustres en Cristo, aún así, si su mente continúa en duda respecto a si la muerte fue reducida a nada y tuvo fin, él hace bien en maravillarse ante cosa tan grande; solo que no se muestre obstinado en la incredulidad, ni endurecido ante lo que es tan evidente. Pero, así como aquel que tiene el amianto sabe que el fuego no tiene poder de quemarlo, y aquel que quiere ver al tirano atado pasa para el imperio de su vencedor, así también aquel que es incrédulo respecto a la victoria sobre la muerte reciba la fe de Cristo y pase a su enseñanza, y verá la debilidad de la muerte y el triunfo sobre ella. Pues muchos que antes eran incrédulos y burladores después creyeron y pasaron a despreciar la muerte a punto de convertirse en mártires por el mismo Cristo.
Ora, si por la señal de la Cruz y por la fe en Cristo la muerte es pisada, debe quedar evidente ante el tribunal de la verdad que no es otro sino el mismo Cristo quien exhibió trofeos y triunfos sobre la muerte y la hizo perder toda su fuerza. Y si, aunque antes la muerte era fuerte, y por eso terrible, ahora, después de la venida del Salvador y de la muerte y Resurrección de su cuerpo, ella es despreciada, debe quedar evidente que la muerte fue reducida a nada y vencida por el mismo Cristo que subió a la Cruz. Pues, así como, si después de la noche el sol sale y toda la región de la tierra es iluminada por él, no hay al menos cómo dudar de que fue el sol quien reveló su luz por todas partes, que también apartó las tinieblas y dio luz a todas las cosas, así, ahora que la muerte cayó en desprecio y fue pisada, desde el tiempo en que ocurrió la manifestación salvadora del Salvador en la carne y su muerte en la Cruz, debe quedar bien claro que fue el mismo Salvador, quien también apareció en el cuerpo, quien redujo la muerte a nada y quien exhibe día tras día los signos de la victoria sobre ella en sus propios discípulos. Pues, cuando se ven hombres, débiles por naturaleza, lanzándose adelante para la muerte, sin temer su corrupción ni asustados con el descenso al Hades, sino desafiándola con alma ávida; y no retrocediendo ante la tortura, sino, al contrario, por causa de Cristo, eligiendo lanzarse sobre la muerte en preferencia a la vida sobre la tierra; o aún cuando se es testigo ocular de hombres, mujeres y niños corriendo y saltando sobre la muerte por causa de la religión de Cristo; ¿quién es tan necio, o tan incrédulo, o tan mutilado en su mente, que no vea y concluya que Cristo, de quien el pueblo da testimonio, él mismo concede y da a cada uno la victoria sobre la muerte, privándola de todo su poder en cada uno de aquellos que mantienen su fe y llevan la señal de la Cruz? Pues aquel que ve a la serpiente pisada, sobre todo conociendo su antigua ferocidad, ya no duda de que está muerta y perdió por completo su fuerza, a menos que esté pervertido en la mente y no tenga ni siquiera sanos los sentidos del cuerpo. Pues, ¿quién, al ver un león siendo motivo de burla para niños, deja de ver que él o está muerto o perdió todo su poder? Así, entonces, como es posible ver con los ojos la verdad de todo esto, también, ahora que la muerte es motivo de burla y despreciada por los que creen en Cristo, que nadie más dude, ni se muestre incrédulo, de que la muerte fue reducida a nada por Cristo, y la corrupción de la muerte destruida y detenida.
Lo que dijimos hasta aquí, entonces, no es prueba pequeña de que la muerte fue reducida a nada y que la Cruz del Señor es una señal de victoria sobre ella. Pero, en cuanto a la Resurrección del cuerpo para la inmortalidad realizada en seguida por Cristo, el Salvador común y la verdadera Vida de todos, la demostración por los hechos es más clara que los argumentos para aquellos cuya visión de la mente es sana. Pues si, como mostró nuestro argumento, la muerte fue reducida a nada, y por causa de Cristo todos la pisan, mucho más él mismo, primero, la pisó con su propio cuerpo y la redujo a nada. Pero, suponiendo la muerte muerta por él, ¿qué podría haber sucedido sino la resurrección de su cuerpo y su exhibición como monumento de victoria contra la muerte? ¿O cómo podría la muerte haber sido mostrada reducida a nada, si el cuerpo del Señor no hubiera resucitado? Pero, si esta demostración de la Resurrección le parece a alguien insuficiente, que se asegure de lo que es dicho aun a partir de lo que ocurre ante sus ojos. Pues, en tanto que, cuando un hombre muere, él ya no puede ejercer poder alguno, y su influencia dura hasta la tumba y de allí en adelante cesa, y las acciones y poder sobre los hombres pertenecen solo a los vivos, entonces que vea y juzgue quién quiera, confesando la verdad a partir de lo que aparece a la vista. Pues ahora que el Salvador opera cosas tan grandes entre los hombres, y día tras día, de modo invisible, persuade a tan gran multitud de toda parte, tanto de los que habitan en Grecia como en tierras extranjeras, a pasar a su fe y a obedecer a su enseñanza, ¿alguien aún mantendrá la mente en duda respecto a si una Resurrección fue realizada por el Salvador, y si Cristo está vivo, o antes bien, es él mismo la Vida? ¿O es propio de un hombre muerto herir las conciencias de los hombres, de modo que ellos nieguen sus leyes hereditarias y se inclinen a la enseñanza de Cristo? ¿O cómo, si él ya no está activo (pues esto es propio de quien está muerto), hace cesar la actividad de aquellos que están activos y vivos, de modo que el adúltero ya no comete adulterio, y el asesino ya no mata, ni el causador de injusticia es más codicioso, y el profano de allí en adelante es religioso? ¿O cómo, si él no está resucitado, sino muerto, expulsa, persigue y derriba a aquellos falsos dioses que los incrédulos dicen estar vivos, y a los demonios que adoran? Pues donde Cristo es nombrado, y su fe, allí toda idolatría es depuesta y todo engaño de los espíritus malignos es expuesto, y ningún espíritu es capaz de soportar ni siquiera el nombre; antes bien, al apenas oírlo, huye y desaparece. Pero esta obra no es de un muerto, sino de quien vive, y especialmente de Dios. En particular, sería ridículo decir que, mientras los espíritus por él expulsados y los ídolos por él reducidos a nada están vivos, aquel que los aparta, y por su poder impide hasta que aparezcan, y que es confesado por todos ellos como Hijo de Dios, está muerto.
Pero los que descreen de la Resurrección proporcionan una fuerte prueba contra mismos, pues, en lugar de que todos los espíritus y los dioses por ellos adorados expulsen a Cristo, quien, según dicen, está muerto, es Cristo, al contrario, quien prueba que todos ellos están muertos. Pues, si es verdad que un muerto no puede ejercer poder alguno, mientras el Salvador realiza diariamente tantas obras, atrayendo a los hombres a la religión, persuadiendo a la virtud, enseñando sobre la inmortalidad, conduciendo al deseo de las cosas celestiales, revelando el conocimiento del Padre, infundiendo fuerza para enfrentar la muerte, mostrándose a cada uno, y derribando la impiedad de la idolatría, mientras que los dioses y espíritus de los incrédulos nada de esto pueden hacer, sino que antes se muestran muertos ante la presencia de Cristo, siendo su pompa reducida a la impotencia y la vanidad, mientras que por la señal de la Cruz toda magia es detenida, y toda hechicería reducida a nada, y todos los ídolos son abandonados y dejados, y todo placer desenfrenado es refrenado, y cada uno levanta los ojos de la tierra hacia el cielo: ¿a quién se debe declarar muerto? ¿A Cristo, quien hace tantas obras? Pero operar no es propio de un muerto. ¿O a aquel que no ejerce poder alguno, sino que yace como que sin vida? Lo que es esencialmente propio de los ídolos y espíritus, muertos como están. Pues el Hijo de Dios está vivo y activo, y opera día tras día, y realiza la salvación de todos. Pero la muerte es diariamente probada haber perdido todo su poder, y los ídolos y espíritus son probados estar muertos, antes que Cristo, de modo que de allí en adelante nadie puede más dudar de la Resurrección de su cuerpo. Pero aquel que es incrédulo respecto a la Resurrección del cuerpo del Señor parecería ignorar el poder del Verbo y de la Sabiduría de Dios. Pues, si él de hecho tomó para un cuerpo y, en razonable coherencia, como mostró nuestro argumento, se lo apropió como suyo, ¿qué debía el Señor hacer con él? ¿O cuál debería ser el fin del cuerpo, una vez que el Verbo había descendido sobre él? Pues él no podía dejar de morir, visto que era mortal, y había de ser ofrecido a la muerte en favor de todos; para ese propósito es que el Salvador lo formó para sí. Pero era imposible que permaneciera muerto, porque había sido hecho el templo de la vida. De allí, aunque hubiera muerto como mortal, volvió a la vida en razón de la Vida que en él había; y de su Resurrección las obras son una señal.
Pero, si por él no ser visto descreen que haya resucitado, ya es tiempo de que aquellos que recusan la fe nieguen el propio curso de la Naturaleza. Pues es propiedad peculiar de Dios ser al mismo tiempo invisible y, sin embargo, conocido por sus obras, como ya fue dicho arriba. Si, entonces, las obras no están presentes, hacen bien en descreer de lo que no aparece. Pero, si las obras claman en alta voz y lo muestran con claridad, ¿por qué eligen negar la vida tan manifiestamente debida a la Resurrección? Pues, aunque sean mutilados en su inteligencia, aun con los sentidos externos los hombres pueden ver el poder irrefutable y la divinidad de Cristo. Pues hasta un ciego, aunque no vea el sol, si al menos siente el calor que el sol emite, sabe que hay un sol por encima de la tierra. Así, que también nuestros opositores, aunque no crean por ahora, estando aún ciegos para la verdad, al menos, conociendo su poder por medio de otros que creen, no nieguen la divinidad de Cristo y la Resurrección por él realizada. Pues es evidente que, si Cristo estuviera muerto, no podría estar expulsando demonios y despojando ídolos; pues a un muerto los espíritus no le hubieran obedecido. Pero, si son manifiestamente expulsados por la invocación de su nombre, debe quedar evidente que él no está muerto, sobre todo porque los espíritus, viendo aun lo que es invisible a los hombres, podrían decir si Cristo estuviera muerto y le rehusaran cualquier obediencia. Pero, como las cosas están, lo que los hombres impíos no creen, los espíritus ven, que él es Dios, y por eso huyen y caen a sus pies, diciendo exactamente lo que profirieron cuando él estaba en el cuerpo: Sabemos quién eres tú, el Santo de Dios; y: ¿Ah, qué tenemos nosotros contigo, oh Hijo de Dios? Te ruego que no me atormentes. Así, pues, como los demonios lo confiesan, y sus obras le dan testimonio día tras día, debe quedar evidente, y que nadie lo conteste ante la verdad, tanto que el Salvador resucitó su propio cuerpo, como que él es el verdadero Hijo de Dios, siendo suyo, como de su Padre, su propio Verbo, y Sabiduría, y Poder, quien en tiempos posteriores tomó un cuerpo para la salvación de todos, y enseñó al mundo acerca del Padre, y redujo la muerte a nada, y concedió la incorrupción a todos por la promesa de la Resurrección, habiendo resucitado su propio cuerpo como primicias de esto, y habiéndolo exhibido por la señal de la Cruz como monumento de victoria sobre la muerte y su corrupción.
Siendo así las cosas, y estando claramente probadas la Resurrección de su cuerpo y la victoria obtenida sobre la muerte por el Salvador, venid ahora, reprendamos tanto la incredulidad de los judíos como la burla de los gentiles. Pues estos son, quizá, los puntos en que los judíos expresan incredulidad, mientras que los gentiles ríen, criticando la indignidad de la Cruz y el hecho de que el Verbo de Dios se hiciera hombre. Pero nuestro argumento no tardará en enfrentar a ambos, sobre todo porque las pruebas de que disponemos contra ellos son claras como el día. Pues los judíos, en su incredulidad, pueden ser refutados a partir de las Escrituras, que ellos mismos leen; pues este y aquel texto, y, en una palabra, toda la Escritura inspirada clama en alta voz acerca de estas cosas, como hasta aun sus palabras expresas muestran abundantemente. Pues los profetas anunciaron de antemano acerca del prodigio de la Virgen y de su nacimiento, diciendo: He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y lo llamarán por el nombre de Emanuel, que, traducido, es Dios con nosotros. Pero Moisés, el verdaderamente grande, y a quien ellos creen decir la verdad, con referencia al hecho de que el Salvador se hiciera hombre, habiendo juzgado importante lo que fue dicho, y seguro de su verdad, lo registró en estas palabras: Se levantará una estrella de Jacob, y un hombre de Israel, y despedazará a los jefes de Moab. Y aún: Cuán hermosas son tus habitaciones, ¡oh Jacob! Tus tiendas, ¡oh Israel! Como jardines sombreados, como parques junto a los ríos, como tiendas que el Señor puso, como cedros junto a las aguas. Un hombre saldrá de su simiente, y será Señor sobre muchos pueblos. Y aún, Isaías: Antes que el niño sepa llamar padre o madre, tomará el poder de Damasco y los despojos de Samaria delante del rey de Asiria. Que un hombre, entonces, ha de aparecer, es predicho en aquellas palabras. Pero que aquel que ha de venir es Señor de todo, ellos predicen más una vez así: He aquí que el Señor está sentado sobre una nube ligera, y vendrá a Egipto, y las imágenes esculpidas de Egipto serán sacudidas. Pues es también de allá que el Padre lo llama de vuelta, diciendo: De Egipto llamé a mi Hijo.
Ni aun su muerte es pasada en silencio; al contrario, ella es mencionada en las divinas Escrituras, y aun con mucha claridad. Pues, para que nadie errara por falta de instrucción sobre los hechos ocurridos, no temieron mencionar aun la causa de su muerte: que él la sufre no por su propia causa, sino por la inmortalidad y salvación de todos, y aun los planes de los judíos contra él y las humillaciones que le fueron infligidas por sus manos. Dicen, entonces: Un hombre lleno de llagas, y que sabe llevar la debilidad, pues su rostro está desviado; fue deshonrado y tenido por nada. Él lleva nuestros pecados y sufre por nosotros; y nosotros lo teníamos por afligido, herido y maltratado; pero él fue traspasado por nuestros pecados, y debilitado por nuestras iniquidades. El castigo de nuestra paz estaba sobre él, y por sus llagas fuimos curados. ¡Oh, maravillaos de la bondad amorosa del Verbo, que por nuestra causa es deshonrado, para que seamos llevados al honor! Pues todos nosotros, dice, como ovejas, nos habíamos desviado; el hombre había errado su camino; y el Señor lo entregó por nuestros pecados; y él no abre su boca, porque fue maltratado. Como oveja fue llevado al matadero, y como cordero mudo ante quien lo trasquila, así él no abre su boca; en su humillación le fue quitado el juicio. Entonces, para que nadie, por causa de su sufrimiento, lo considerara un hombre común, la Sagrada Escritura anticipa las suposiciones de los hombres, y declara el poder que en él operó, y la diferencia de su naturaleza comparada con la nuestra, diciendo: Pero ¿quién contará su generación? Pues su vida es quitada de la tierra. Por la maldad del pueblo fue llevado a la muerte. Y daré a los impíos por su sepultura, y a los ricos por su muerte; pues nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca. Y el Señor lo purificará de sus llagas.