Sobre a Encarnação do Verbo 4
O clássico tratado de cristologia (séc. IV) em que Atanásio explica por que Deus se fez homem: a criação e a queda, o dilema entre a justiça e a bondade divinas, a Encarnação como solução, a morte na cruz e a ressurreição como vitória sobre a corrupção, e a refutação de judeus e gentios
La muerte en la cruz
Ya hemos expuesto, entonces, en parte, en la medida de lo posible y de lo que logramos comprender, la razón de su manifestación corporal: que no estaba en el poder de ningún otro convertir lo corruptible en incorrupción, sino del propio Salvador, quien en el principio también había hecho todas las cosas de la nada; que ningún otro podía recrear la semejanza de la imagen de Dios en los hombres, sino la Imagen del Padre; que ningún otro podía tornar inmortal al mortal, sino nuestro Señor Jesucristo, que es la propia Vida; y que ningún otro podía enseñar a los hombres acerca del Padre y destruir el culto de los ídolos, sino el Verbo, que ordena todas las cosas y es, solo, el verdadero Hijo Unigénito del Padre. Pero, como era necesario también que la deuda debida por todos fuese pagada, pues, como ya he dicho, era debido que todos muriesen, y fue por esa razón que él vino entre nosotros, para eso, después de las pruebas de su divinidad tomadas de sus obras, él en seguida ofreció también su sacrificio en favor de todos, entregando su Templo a la muerte en lugar de todos, primero para liberar a los hombres de su antigua transgresión, y además para mostrarse más poderoso que la propia muerte, exhibiendo su propio cuerpo incorruptible, como primicias de la resurrección de todos. Y no te sorprendas si repetimos con frecuencia las mismas palabras sobre el mismo asunto. Pues, ya que hablamos del designio de Dios, exponemos el mismo sentido de más de una forma, para que no parezcamos dejar algo afuera e incurrir en la acusación de tratamiento insuficiente; al fin, es mejor sujetarse a la crítica de repetición que dejar afuera algo que debería haber sido dicho. El cuerpo, entonces, por compartir la misma naturaleza con todos, pues era un cuerpo humano, aunque, por un milagro sin paralelo, haya sido formado solo de una virgen, siendo aún así mortal, debía también morir, conforme a sus semejantes. Pero, en virtud de la unión del Verbo con él, ya no estaba sujeto a la corrupción según su propia naturaleza, sino, por causa del Verbo que vino a habitar en él, fue colocado fuera del alcance de la corrupción. Y así sucedieron dos maravillas al mismo tiempo: que la muerte de todos se cumplió en el cuerpo del Señor, y que la muerte y la corrupción fueron enteramente deshechas por causa del Verbo que estaba unido a él. Pues había necesidad de la muerte, y la muerte tenía que ser sufrida en favor de todos, para que la deuda debida por todos fuese pagada. Por eso, como dije antes, el Verbo, ya que no le era posible morir, por ser inmortal, tomó para sí un cuerpo capaz de morir, para ofrecerlo como suyo en lugar de todos, y, sufriendo por medio de su unión con él en favor de todos, reducir a nada a aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y liberar a los que, por el miedo a la muerte, estaban por toda la vida sujetos a la esclavitud.
Ahora, que el común Salvador de todos murió en nuestro favor, nosotros, los fieles en Cristo, ya no morimos la muerte como antes, según la advertencia de la ley, pues esa condenación cesó; sino, cesando la corrupción y siendo removida por la gracia de la Resurrección, de aquí en adelante somos solo disueltos, conforme a la naturaleza mortal de nuestros cuerpos, en el tiempo que Dios fijó para cada uno, para que podamos alcanzar una resurrección mejor. Pues, como las semillas lanzadas a la tierra, no perecemos por la disolución, sino, sembrados en la tierra, resurgiremos, habiendo sido la muerte reducida a nada por la gracia del Salvador. Es por eso que el bienaventurado Pablo, quien fue hecho garantía de la Resurrección para todos, dice: Es necesario que este cuerpo corruptible se revista de incorrupción, y que este cuerpo mortal se revista de inmortalidad; pero, cuando este corruptible se revista de incorrupción, y este mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte fue tragada en la victoria. ¿Oh muerte, dónde está tu aguijón? ¿Oh sepulcro, dónde está tu victoria? Pero entonces, podría alguien decir, si era necesario que él entregase su cuerpo a la muerte en lugar de todos, ¿por qué no lo depuso como hombre en particular, en vez de llegar a ser hasta crucificado? Pues habría sido más conveniente para él deponer su cuerpo de modo honroso que soportar ignominiosamente una muerte así. Pues bien, considera, respondo yo, si tal objeción no es meramente humana, mientras que lo que el Salvador hizo es verdaderamente divino y, por muchas razones, digno de su divinidad. En primer lugar, porque la muerte que sobreviene a los hombres les viene conforme a la debilidad de su naturaleza; pues, incapaces de permanecer en un solo estado, se disuelven con el tiempo. De ahí también que las enfermedades los asalten, y enfermen y mueran. Pero el Señor no es débil; él es el Poder de Dios, el Verbo de Dios y la propia Vida. Si, entonces, él hubiese depuesto su cuerpo en algún lugar apartado y sobre un lecho, a la manera de los hombres, se habría pensado que él también hizo esto conforme a la debilidad de su naturaleza, y porque no había en él nada más que en los otros hombres. Pero, como él era, en primer lugar, la Vida y el Verbo de Dios, y era necesario, en segundo lugar, que la muerte en favor de todos se cumpliese, por eso, de un lado, porque él era vida y poder, el cuerpo ganaba fuerza en él; mientras que, por el otro lado, ya que la muerte precisaba suceder, él no la tomó por sí mismo, sino la recibió de las manos de otros, como ocasión para perfeccionar su sacrificio. Pues tampoco era propio que el Señor enfermase, él que curaba las enfermedades de los otros; ni, por otro lado, era justo que aquel cuerpo perdiese su fuerza, aquel en el que él da fuerza también a las debilidades de los otros. ¿Por qué, entonces, él no evitó la muerte, como evitó la enfermedad? Porque era para esto que él tenía el cuerpo, y no era propio evitarla, para que la Resurrección tampoco fuese impedida; al mismo tiempo, era igualmente impropio que la enfermedad precediese a su muerte, para que no se pensase haber debilidad en aquel que estaba en el cuerpo. ¿No tuvo él, entonces, hambre? Sí, tuvo hambre, conforme a las propiedades de su cuerpo. Pero no pereció de hambre, por causa del Señor que lo traía. Por eso, aunque haya muerto para rescatar a todos, no vio corrupción. Pues su cuerpo resurgió en perfecta integridad, ya que el cuerpo no pertenecía a ningún otro, sino a la propia Vida.
Pero habría sido mejor, podría alguien decir, esconderse de los planes de los judíos, para guardar su cuerpo enteramente de la muerte. Ahora bien, que se diga a quien piensa así que esto también era impropio del Señor. Pues, así como no era conveniente que el Verbo de Dios, siendo la Vida, infligiese él mismo la muerte a su propio cuerpo, tampoco era adecuado huir de la muerte ofrecida por otros, sino más bien irle al encuentro hasta la destrucción; por esa razón, él naturalmente ni depuso su cuerpo por voluntad propia, ni, por otro lado, huyó de los judíos cuando conspiraron contra él. Pero esto no mostraba debilidad de parte del Verbo; al contrario, lo mostraba ser Salvador y Vida, en la medida en que él tanto esperó la muerte para destruirla como se apresuró a cumplir la muerte que le era ofrecida para la salvación de todos. Y, además, el Salvador vino a cumplir no su propia muerte, sino la muerte de los hombres; por eso, no depuso su cuerpo por una muerte suya, pues era la Vida y no tenía ninguna, sino recibió aquella muerte que venía de los hombres, a fin de abolirla perfectamente cuando ella lo encontrase en su propio cuerpo. De nuevo, también a partir de lo siguiente se podría ver la razonabilidad de que el cuerpo del Señor tuviese ese fin. El Señor estaba especialmente empeñado en la resurrección del cuerpo, que él había sido designado a realizar. Pues lo que él tenía que hacer era manifestarla como un monumento de victoria sobre la muerte, y asegurar a todos que él había efectuado la anulación de la corrupción, y la incorrupción de sus cuerpos de ahí en adelante; como prenda de esto y prueba de la resurrección reservada para todos, él preservó su propio cuerpo incorrupto. Si, entonces, una vez más, su cuerpo hubiese enfermado y el Verbo se separase de él a la vista de todos, habría sido impropio que aquel que curaba las enfermedades de los otros dejase su propio instrumento consumirse en la enfermedad. Pues ¿cómo se podría creer que él expulsaba las enfermedades de los otros, si su propio templo enfermase en él? Pues o habría sido escarnecido como incapaz de apartar las enfermedades, o, si podía, pero no lo hacía, sería considerado insensible también para con los otros.
Pero, aunque sin ninguna enfermedad y sin ningún dolor, él hubiese escondido su cuerpo a escondidas y solo en un rincón, o en un lugar desierto, o en una casa, o en cualquier parte, y después apareciese de repente y dijese que había sido resucitado de los muertos, habría parecido a todos estar contando historias vanas, y lo que dijese sobre la Resurrección habría sido tanto más desacreditado, ya que no había absolutamente nadie para atestiguar su muerte. Ahora bien, la muerte debe preceder a la resurrección, pues no habría resurrección si la muerte no la precediera; de modo que, si la muerte de su cuerpo hubiese acontecido en algún lugar en secreto, no siendo la muerte manifiesta ni ocurriendo ante testigos, su Resurrección también habría sido oculta y sin prueba. ¿O por qué, habiendo resucitado, él proclamó la Resurrección, haría que su muerte ocurriese en secreto? ¿O por qué, habiendo expulsado espíritus malignos en presencia de todos, y hecho al ciego de nacimiento recuperar la vista, y transformado el agua en vino, para que por esos medios se creyese que él era el Verbo de Dios, no manifestaría su naturaleza mortal como incorruptible en presencia de todos, para que se creyese que él mismo era la Vida? ¿O cómo habrían osado sus discípulos hablar de la Resurrección, si no pudiesen decir que él primero murió? ¿O cómo podrían ser creídos, diciendo que la muerte había ocurrido primero y después la Resurrección, si no tuviesen como testigos de su muerte a los hombres ante quienes hablaban con osadía? Pues, si, aun así, cuando su muerte y Resurrección habían acontecido a la vista de todos, los fariseos de aquel tiempo no creyeron, sino obligaron aun a los que habían visto la Resurrección a negarla, entonces, con certeza, si esas cosas hubiesen acontecido en secreto, ¿cuántos pretextos para la incredulidad no habrían inventado? ¿O cómo se podría probar el fin de la muerte y la victoria sobre ella, sino que, desafiándola ante los ojos de todos, él la hubiese mostrado muerta, anulada para el futuro por la incorrupción de su cuerpo?
Pero lo que otros también podrían decir, debemos anticipar en respuesta. Pues tal vez alguien pudiera decir lo siguiente: si era necesario que su muerte ocurriese ante todos y con testigos, para que la historia de su Resurrección también fuese creída, habría sido mejor, al menos, que él hubiese planeado para sí una muerte gloriosa, aunque fuese solo para escapar de la ignominia de la Cruz. Pero, si él hubiese hecho aun eso, daría motivo de sospecha contra sí mismo, de que no era poderoso contra toda muerte, sino solo contra la muerte planeada por él; y así, de nuevo, habría habido igualmente un pretexto para la incredulidad acerca de la Resurrección. Por eso la muerte vino a su cuerpo, no de sí mismo, sino de consejos hostiles, para que toda muerte que ofreciesen al Salvador, esa él pudiese abolir por completo. Y, así como un noble luchador, grande en habilidad y coraje, no elige él mismo a sus adversarios, para no levantar la sospecha de estar con miedo de algunos de ellos, sino lo deja a la elección de los espectadores, sobre todo si son sus enemigos, de modo que, contra quienquiera que lo pongan a luchar, ese él pueda derribar, y sea considerado superior a todos ellos, así también la Vida de todos, nuestro Señor y Salvador, el propio Cristo, no planeó una muerte para su propio cuerpo, para no parecer temer alguna otra muerte; sino aceptó en la Cruz, y soportó, una muerte infligida por otros, y sobre todo por sus enemigos, que juzgaban ser terrible e ignominiosa e imposible de encarar; de modo que, siendo también esta destruida, tanto él mismo fuese creído como siendo la Vida, cuanto el poder de la muerte fuese reducido enteramente a nada. Así sucedió algo sorprendente y admirable: pues la muerte, que ellos pensaban infligir como deshonra, fue de hecho un monumento de victoria contra la propia muerte. Por eso él no sufrió la muerte de Juan, con la cabeza decepada, ni, como Isaías, fue serrado por la mitad; para que, aun en la muerte, él aún mantuviese su cuerpo indiviso y en perfecta integridad, y ningún pretexto fuese dado a los que quisiesen dividir la Iglesia.
Y esto basta en respuesta a los de afuera, que acumulan argumentos para sí mismos. Pero, si alguien de nuestro propio pueblo también pregunta, no por amor a la controversia, sino por amor al saber, por qué él sufrió la muerte de ninguna otra manera sino en la Cruz, que se le diga también que ninguna otra manera además de esta era buena para nosotros, y que fue bueno que el Señor sufriese esto por amor a nosotros. Pues, si él mismo vino para llevar la maldición que pesaba sobre nosotros, ¿de qué otro modo podría haberse convertido en maldición, sino recibiendo la muerte destinada a una maldición? Y esa es la Cruz. Pues es exactamente esto lo que está escrito: Maldito todo aquel que está colgado en un madero. De nuevo, si la muerte del Señor es el rescate de todos, y por su muerte es derribada la pared de separación de en medio, y se realiza el llamado de las naciones, ¿cómo nos habría llamado a sí, si no hubiese sido crucificado? Pues es solo en la cruz que un hombre muere con las manos extendidas. Por eso era conveniente que el Señor soportase también esto y extendiese sus manos, para que con una atrajese al pueblo antiguo, y con la otra a los que venían de los gentiles, y uniese ambos en sí mismo. Pues es esto lo que él mismo dijo, indicando por qué tipo de muerte había de rescatar a todos: Yo, cuando sea levantado, él dice, atraeré a todos los hombres a mí. Y, una vez más, si el diablo, el enemigo de nuestra raza, habiendo caído del cielo, vaguea por nuestra atmósfera inferior, y allí, ejerciendo dominio sobre sus compañeros espíritus, sus iguales en la desobediencia, no solo produce ilusiones por medio de ellos en los que son engañados, sino intenta impedir a los que están subiendo (y respecto a esto dice el Apóstol: Según el príncipe de la potestad del aire, del espíritu que ahora opera en los hijos de la desobediencia); mientras que el Señor vino para derribar al diablo, y purificar el aire y preparar el camino para nosotros subir al cielo, como dijo el Apóstol: A través del velo, es decir, de su carne, y esto tenía que ser por la muerte, entonces, ¿por qué otro tipo de muerte podría esto haber acontecido, sino por una que se diese en el aire, es decir, la cruz? Pues solo aquel que es llevado a la perfección en la cruz muere en el aire. Por eso era bien conveniente que el Señor sufriese esta muerte. Pues, siendo así levantado, él purificó el aire de la malignidad tanto del diablo cuanto de los demonios de toda especie, como él dice: Vi a Satanás caer del cielo como un rayo; y abrió de nuevo el camino para subir al cielo, como él dice una vez más: Levantad vuestras puertas, ¡oh príncipes!, y levantaos, ¡oh puertas eternas!. Pues no era el propio Verbo quien precisaba de la apertura de las puertas, siendo Señor de todas las cosas; ni ninguna de sus obras estaba cerrada a su Creador; sino éramos nosotros quienes la precisábamos, nosotros a quienes él cargó hacia arriba por medio de su propio cuerpo. Pues, así como lo ofreció a la muerte en favor de todos, así por medio de él una vez más preparó el camino para subir a los cielos.