Sobre a Encarnação do Verbo 3
O clássico tratado de cristologia (séc. IV) em que Atanásio explica por que Deus se fez homem: a criação e a queda, o dilema entre a justiça e a bondade divinas, a Encarnação como solução, a morte na cruz e a ressurreição como vitória sobre a corrupção, e a refutação de judeus e gentios
La obra del Verbo en el cuerpo
Los hombres, entonces, habiendo llegado a brutalizarse, y el fraude de los demonios cubriendo todo lugar y ocultando el conocimiento del verdadero Dios, ¿qué había de hacer Dios? ¿Permanecer en silencio ante algo tan grave, dejando que los hombres fuesen engañados por los demonios y no conocieran a Dios? ¿Y de qué serviría que el hombre hubiese sido hecho, en el principio, a imagen de Dios? Habría sido mejor que fuese hecho simplemente como un animal irracional, que el haber sido hecho racional para vivir la vida de los animales. ¿O qué necesidad habría, después de todo, de que hubiese recibido la idea de Dios desde el inicio? Pues, si no fuese capaz de recibirla ni siquiera ahora, mejor habría sido que no le hubiese sido dada desde el inicio. ¿O qué provecho habría para Dios, quien los hizo, o qué gloria, si los hombres, hechos por Él, no lo adorasen, sino que pensasen que otros eran sus creadores? Pues así Dios mostraría haber hecho esas criaturas para otros, y no para Sí mismo. Una vez más: un rey meramente humano no deja que las tierras que colonizó lleguen a servir a otros, ni que se rindan a otros hombres; les advierte por cartas, muchas veces les envía amigos y, si es preciso, viene en persona para reprimirlos, como último recurso, con su presencia, solamente para que no sirvan a otros y su propia obra no se gaste en vano. ¿No habría de Dios perdonar mucho más las propias criaturas suyas, para que no se desvíen de él y sirvan a cosas sin valor? Sobre todo porque tal desvío se muestra ser la causa de su ruina y perdición, y porque no sería propio que pereciesen aquellos que una vez participaron de la imagen de Dios. ¿Qué, entonces, había de hacer Dios? ¿O qué se podría hacer, sino renovar aquello que estaba a la imagen de Dios, para que por medio de ella los hombres pudieran una vez más conocerlo? Pero ¿cómo podría esto suceder, sino por la presencia de la propia Imagen de Dios, nuestro Señor Jesucristo? Pues por medio de los hombres era imposible, ya que ellos mismos fueron solo hechos según una imagen; ni por los ángeles, pues ni siquiera ellos son imágenes de Dios. Por eso el Verbo de Dios vino en persona, para que, siendo Él la Imagen del Padre, pudiera crear de nuevo al hombre según la imagen. Pero, a su vez, esto no podría haber sucedido si la muerte y la corrupción no fuesen abolidas. Por eso Él tomó, por conveniencia natural, un cuerpo mortal, para que, al mismo tiempo que en él la muerte fuese abolida de una vez por todas, los hombres hechos según su Imagen pudieran una vez más ser renovados. Nadie más, entonces, era suficiente para esa necesidad, sino la Imagen del Padre.
Pues así como, cuando la imagen pintada en un panel fue borrada por manchas venidas de fuera, aquel cuya imagen es debe venir una vez más para que el retrato sea renovado sobre la misma madera (pues, por causa de su cuadro, ni siquiera la simple madera sobre la cual está pintado es descartada, sino que el contorno es renovado sobre ella); del mismo modo también el santísimo Hijo del Padre, siendo la Imagen del Padre, vino a nuestra región para renovar al hombre en otro tiempo hecho a su semejanza, y para encontrarlo, como a uno perdido, por la remisión de los pecados, como Él mismo dice en los Evangelios: Vine para encontrar y salvar lo que estaba perdido. Por eso también dijo a los judíos: A menos que alguien nazca de nuevo, no significando, como ellos pensaban, el nacimiento de la mujer, sino hablando del alma nacida y creada de nuevo a la semejanza de la imagen de Dios. Pero, una vez que la idolatría salvaje y la impiedad ocupaban el mundo, y el conocimiento de Dios estaba oculto, ¿a quién le correspondería enseñar al mundo acerca del Padre? Al hombre, podría alguien decir; pero no estaba en el poder del hombre penetrar por todas partes bajo el sol; pues ni tenían ellos la fuerza física para correr tan lejos, ni serían capaces de reivindicar credibilidad en esa materia, ni eran suficientes por sí mismos para resistir al engaño y a los fraudes de los espíritus malignos. Pues donde todos eran heridos y confundidos en el alma por el fraude de los demonios y la vanidad de los ídolos, ¿cómo sería posible para ellos conquistar el alma y la mente del hombre, cuando ni siquiera pueden verlas? ¿O cómo puede un hombre convertir aquello que no ve? Pero quizás alguien pudiera decir que la creación bastaba; ahora bien, si la creación bastase, esos grandes males nunca habrían sucedido. Pues la creación ya estaba allí y, sin embargo, los hombres yacían en el mismo error acerca de Dios. ¿Quién, entonces, era necesario, sino el Verbo de Dios, que ve tanto el alma como la mente, y que da movimiento a todas las cosas en la creación y, por medio de ellas, da a conocer al Padre? Pues Aquel que, por su propia Providencia y ordenación de todas las cosas, enseñaba a los hombres acerca del Padre, era Él quien también podía renovar esa misma enseñanza. ¿Cómo, entonces, podría esto haber sido hecho? Quizás alguien pudiera decir que estaban abiertos los mismos medios de antes, para que Él mostrara de nuevo la verdad acerca del Padre por medio de la obra de la creación. Pero ese ya no era un medio seguro. Muy al contrario; pues los hombres dejaron de ver esto antes, y volvieron los ojos no más hacia arriba, sino hacia abajo. Por eso, naturalmente, queriendo beneficiar a los hombres, Él habita aquí como hombre, tomando para Sí un cuerpo como el de otros, y a partir de cosas de la tierra, es decir, por las obras de su cuerpo Él los enseña, para que aquellos que no quisieron conocerlo por su Providencia y dominio sobre todas las cosas puedan, al menos por las obras hechas por su propio cuerpo, conocer al Verbo de Dios que está en el cuerpo y, por medio de él, al Padre.
Pues así como un maestro bondadoso, que cuida de sus discípulos, si algunos de ellos no pueden aprovechar los temas más elevados, desciende al nivel de ellos y los enseña, al menos, por caminos más simples; así también hizo el Verbo de Dios. Como dice también Pablo: Puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo, por su propia sabiduría, no conoció a Dios, plugo a Dios salvar a los que creen por la locura de la palabra predicada. Pues, viendo que los hombres, habiendo rechazado la contemplación de Dios y con los ojos vueltos hacia abajo, como hundidos en las profundidades, andaban buscando a Dios en la naturaleza y en el mundo de los sentidos, forjándose para sí dioses a partir de hombres mortales y de demonios, para ese fin el Salvador amoroso y universal de todos, el Verbo de Dios, toma para Sí un cuerpo y, como Hombre, anda entre los hombres y va al encuentro de los sentidos de todos los hombres, con el fin, digo, de que aquellos que piensan que Dios es corpóreo puedan, a partir de lo que el Señor realiza por su cuerpo, percibir la verdad y, por medio de él, reconocer al Padre. Así, siendo ellos hombres y humanos en todos sus pensamientos, en cualesquiera objetos que fijaran los sentidos, allí se veían atendidos y enseñados sobre la verdad por todos lados. Pues, si contemplaban con temor la Creación, veían, sin embargo, cómo ella confesaba a Cristo como Señor; o, si su mente se inclinaba hacia los hombres, hasta el punto de tenerlos por dioses, sin embargo, a partir de las obras del Salvador, si las comparaban, solo el Salvador, entre los hombres, aparecía como Hijo de Dios; pues no había obras tales hechas por los demás como las que fueron hechas por el Verbo de Dios. O, si eran inclinados hacia los espíritus malignos, aun así, viéndolos expulsados por el Verbo, debían saber que solo Él, el Verbo de Dios, era Dios, y que los espíritus no eran nada. O, si su mente ya había decaído hasta los muertos, hasta el punto de adorar héroes y los dioses mencionados por los poetas, sin embargo, viendo la resurrección del Salvador, debían confesar que esos eran dioses falsos, y que solo el Señor es verdadero, el Verbo del Padre, que era Señor incluso de la muerte. Por esa causa Él tanto nació cuanto apareció como Hombre, y murió, y resucitó, oscureciendo y echando a la sombra las obras de todos los hombres anteriores por las suyas propias, para que, en cualquier dirección que estuviese la inclinación de los hombres, de allí pudiera traerlos de vuelta y enseñarles acerca de su propio Padre verdadero, como Él mismo dice: Vine para salvar y encontrar lo que estaba perdido.
Pues, habiendo la mente de los hombres finalmente decaído a las cosas de los sentidos, el Verbo se disfrazó apareciendo en un cuerpo, para que pudiera, como Hombre, transferir a los hombres a Sí y centrar los sentidos de ellos en Sí mismo y, viéndolo desde entonces como Hombre, persuadirlos, por las obras que hizo, de que Él no es solo Hombre, sino también Dios, y el Verbo y la Sabiduría del verdadero Dios. Es esto también lo que Pablo quiere señalar cuando dice: Para que, estando arraigados y fundamentados en amor, seáis fuertes para comprender, con todos los santos, cuál sea la anchura y la longitud, y la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Pues, revelándose el Verbo por todas partes, tanto arriba como abajo, y en la profundidad y en la anchura (arriba, en la creación; abajo, al hacerse hombre; en la profundidad, en el Hades; y en la anchura, en el mundo), todas las cosas fueron llenas del conocimiento de Dios. Por esa causa, también, Él no consumó de inmediato, al venir, su sacrificio en favor de todos, ofreciendo su cuerpo a la muerte y resucitándolo, pues por ese medio Él se habría tornado invisible. Sino que se tornó suficientemente visible por lo que hizo, permaneciendo en él y realizando tales obras y mostrando tales señales, que lo daban a conocer no más como Hombre, sino como Dios, el Verbo. Pues, al hacerse Hombre, el Salvador habría de realizar dos obras de amor: primero, apartando de nosotros la muerte y renovándonos de nuevo; segundo, siendo invisible e imperceptible, manifestándose y dándose a conocer por sus obras como el Verbo del Padre, y el Soberano y Rey del universo.
Pues Él no estaba, como se pudiera imaginar, circunscrito al cuerpo, ni, estando presente en el cuerpo, estaba ausente de otro lugar; ni, mientras movía el cuerpo, dejaba el universo vacío de su acción y Providencia; sino, cosa admirable en extremo, siendo Él el Verbo, lejos de ser contenido por algo, antes bien Él mismo contenía todas las cosas; y así como, estando presente en toda la Creación, es al mismo tiempo distinto en ser del universo y presente en todas las cosas por su propio poder (dando orden a todas las cosas, y sobre todo y en todo revelando su propia providencia, y dando vida a cada cosa y a todas las cosas, incluyendo el todo sin ser incluido, sino estando solo en su propio Padre, entera y plenamente en todos los aspectos); así, incluso estando presente en un cuerpo humano y Él mismo vivificándolo, vivificaba también el universo, sin ninguna incoherencia, y estaba en todo proceso de la naturaleza, y estaba fuera del todo, y, aunque conocido a partir del cuerpo por sus obras, no menos se manifestaba también por la acción del universo. Ahora bien, es función del alma contemplar incluso lo que está fuera de su propio cuerpo, por actos del pensamiento, sin, no obstante, actuar fuera de su propio cuerpo, ni mover por su presencia cosas distantes de él. Es decir, nunca un hombre, al pensar en cosas distantes, por ese hecho las mueve o desplaza; ni, si un hombre se sentara en su propia casa y razonara sobre los cuerpos celestes, por ese hecho movería el sol o haría girar los cielos. Sino que ve que se mueven y existen, sin ser de hecho capaz de influir en ellos. Ahora bien, el Verbo de Dios, en su naturaleza humana, no era así; pues Él no estaba aprisionado a su cuerpo, sino antes bien Él mismo lo manejaba, de modo que no estaba solo en él, sino que estaba de hecho en todo, y, siendo externo al universo, permanecía solo en su Padre. Y esto era lo que había de ser admirable: que Él estaba, al mismo tiempo, andando como hombre, y, como el Verbo, vivificando todas las cosas, y, como el Hijo, habitando con su Padre. De modo que ni siquiera cuando la Virgen lo engendró sufrió Él cambio alguno, ni por estar en el cuerpo su gloria fue disminuida; sino, al contrario, Él santificó también el cuerpo. Pues ni siquiera por estar en el universo Él comparte su naturaleza, sino al contrario, todas las cosas son vivificadas y sostenidas por Él. Pues, si incluso el sol, que fue hecho por Él y que vemos girar en el cielo, no es maculado por tocar los cuerpos sobre la tierra, ni es apagado por la oscuridad, sino que, al contrario, él mismo los ilumina y los purifica, cuánto menos el santísimo Verbo de Dios, Creador y Señor también del sol, sería maculado por darse a conocer en el cuerpo; al contrario, siendo incorruptible, Él vivificó y purificó también el cuerpo, que en sí mismo era mortal: Él que, pues así dice la Escritura, no cometió pecado alguno, ni se halló engaño alguno en su boca.
Por consiguiente, cuando los escritores inspirados, sobre esa materia, hablan de él como comiendo y naciendo, entiende que el cuerpo, como cuerpo, nació y se sostuvo con alimento correspondiente a su naturaleza, mientras Dios, el propio Verbo, que estaba unido al cuerpo, al mismo tiempo que ordenaba todas las cosas, también por las obras que hizo en el cuerpo se mostró ser no hombre, sino Dios, el Verbo. Pero esas cosas son dichas de él porque el propio cuerpo que comía, nacía y padecía no pertenecía a ningún otro sino al Señor; y porque, habiéndose hecho hombre, era propio que esas cosas fuesen atribuidas a Él como hombre, para mostrar que Él tenía un cuerpo de hecho, y no solo en apariencia. Pero, así como por esas cosas Él era conocido como presente corporalmente, así, por las obras que hizo en el cuerpo, se dio a conocer como Hijo de Dios. Por eso también clamó a los judíos incrédulos: Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Pero, si las hago, aunque no creáis en mí, creed en las obras; para que sepáis y entendáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre. Pues, así como, aunque invisible, Él es conocido por las obras de la creación, así, habiéndose hecho hombre y estando en el cuerpo de modo invisible, se puede conocer por sus obras que Aquel que puede hacer esas cosas no es hombre, sino el Poder y el Verbo de Dios. Pues su reprender a los espíritus malignos, y el ser ellos expulsados, ese hecho no es de hombre, sino de Dios. ¿O quién, viéndolo curar las enfermedades a que la raza humana está sujeta, aún puede tenerlo por hombre y no por Dios? Pues Él purificó leprosos, hizo andar a los cojos, abrió la audición de los sordos, hizo ver de nuevo a los ciegos y, en una palabra, apartó de los hombres todas las enfermedades y afecciones; y de esos actos era posible incluso al observador más común ver su divinidad. Pues ¿quién, viéndolo devolver lo que faltaba a hombres que nacieron con alguna carencia, y abrir los ojos del hombre ciego de nacimiento, dejaría de percibir que la naturaleza de los hombres le estaba sujeta, y que Él era su Artífice y Creador? Pues Aquel que devolvió lo que el hombre no tenía desde el nacimiento debe ser, es ciertamente evidente, también el Señor del nacimiento natural de los hombres. Por eso, desde el inicio, cuando descendía hacia nosotros, Él formó para Sí su cuerpo a partir de una Virgen, ofreciendo así a todos nada menos que una prueba de su divinidad, en el hecho de que Aquel que formó ese cuerpo es también el Creador de todo lo demás. Pues ¿quién, viendo un cuerpo salir de una Virgen solamente, sin varón, dejaría de inferir que Aquel que aparece en él es Creador y Señor también de otros cuerpos? ¿O quién, viendo la sustancia del agua cambiada y transformada en vino, deja de percibir que Aquel que hizo eso es Señor y Creador de la sustancia de todas las aguas? Pues para ese fin Él también anduvo sobre el mar como su Señor, y caminó como en tierra seca, para dar evidencia a los que veían de su dominio sobre todas las cosas. Y al alimentar tan vasta multitud con poco, y, de sí mismo, producir abundancia donde no la había, de modo que de cinco panes cinco mil tuvieron lo bastante y aún sobró mucho, ¿se mostró como algo diferente del propio Señor cuya Providencia está sobre todas las cosas?
Pero todo esto pareció bueno al Salvador hacer; para que, ya que los hombres habían dejado de conocer su Providencia, revelada en el Universo, y habían dejado de percibir su divinidad mostrada en la creación, pudieran al menos, por las obras de su cuerpo, recuperar la vista y, por medio de él, recibir una idea del conocimiento del Padre, infiriendo, como dije antes, a partir de casos particulares, su Providencia sobre el todo. Pues ¿quién, viendo su poder sobre los espíritus malignos, o quién, viendo a los espíritus malignos confesar que Él era su Señor, aún mantendrá la mente en duda en cuanto a ser este el Hijo, la Sabiduría y el Poder de Dios? Pues Él incluso hizo que la creación rompiese el silencio: pues incluso en su muerte, cosa admirable de relatar, o antes bien, en su propio trofeo sobre la muerte (la Cruz, me refiero), toda la creación confesaba que Aquel que se manifestó y padeció en el cuerpo no era solo hombre, sino el Hijo de Dios y Salvador de todos. Pues el sol escondió el rostro, y la tierra tembló, y los montes se hendieron: todos los hombres quedaron tomados de temor. Ahora bien, esas cosas mostraban que Cristo en la Cruz era Dios, mientras toda la creación era su sierva y testimoniaba, por su temor, la presencia de su Señor. Así, entonces, Dios, el Verbo, se mostró a los hombres por sus obras. Pero nuestro próximo paso debe ser narrar y hablar del fin de su vida corporal y de su curso, y de la naturaleza de la muerte de su cuerpo; especialmente porque esto es la suma de nuestra fe, y todos los hombres, sin excepción, están llenos de ella: para que sepas que, no menos por eso, Cristo es conocido como Dios e Hijo de Dios.