Sobre a Encarnação do Verbo 2

O clássico tratado de cristologia (séc. IV) em que Atanásio explica por que Deus se fez homem: a criação e a queda, o dilema entre a justiça e a bondade divinas, a Encarnação como solução, a morte na cruz e a ressurreição como vitória sobre a corrupção, e a refutação de judeus e gentios

El dilema divino y la Encarnación

Siendo así, con las criaturas racionales arruinándose y las obras de éstas dirigiéndose hacia la destrucción, ¿qué debería hacer Dios, en su bondad? ¿Permitir que la corrupción prevaleciera sobre ellas y que la muerte las mantuviera cautivas? ¿Dónde estaría, entonces, el provecho de haberlas creado, para empezar? Pues mejor sería no haber sido creadas que, una vez creadas, quedar abandonadas a la negligencia y a la ruina. Pues la negligencia revela debilidad, y no bondad de parte de Dios, si permite que su propia obra sea arruinada después de haberla hecho. Esto sería peor que si nunca hubiera creado al hombre. Pues, si no los hubiera creado, nadie podría atribuirle debilidad; pero, una vez que los creó, trayéndolos de la nada a la existencia, sería la cosa más monstruosa que la obra fuera arruinada, y esto ante los propios ojos del Creador. Estaba, por lo tanto, fuera de consideración dejar a los hombres a merced de la corriente de la corrupción, porque eso sería indigno e impropio de la bondad de Dios.
Pero, así como esa consecuencia tenía que valer, también, por otro lado, las justas exigencias de Dios se oponían a ella: que Dios se mostrara fiel a la ley que había establecido respecto a la muerte. Pues sería monstruoso que Dios, el Padre de la verdad, se mostrara mentiroso en beneficio y preservación nuestros. Aquí, una vez más, ¿qué camino podría tomar Dios? ¿Exigir de los hombres el arrepentimiento por su transgresión? Esto podríamos considerarlo digno de Dios, como si, así como por la transgresión los hombres se volvieron hacia la corrupción, también por el arrepentimiento pudieran nuevamente ser puestos en el camino de la incorrupción. Pero el arrepentimiento, en primer lugar, no preservaría la justa exigencia de Dios. Pues él aún así no permanecería fiel si los hombres no continuaran presos a la muerte. Y, en segundo lugar, el arrepentimiento no llama a los hombres de vuelta de lo que se ha convertido en su naturaleza, solo los contiene de la práctica del pecado. Ahora bien, si la cuestión fuera solo una falta, y no una corrupción consiguiente, el arrepentimiento bastaría. Pero, si, después de que la transgresión inició el proceso, los hombres quedaron envueltos en aquella corrupción que se convirtió en su naturaleza, y fueron privados de la gracia que tenían, siendo hechos a imagen de Dios, ¿qué otro paso sería necesario? ¿O qué sería preciso para tal gracia y para tal restauración, sino el Verbo de Dios, que también al principio hizo todo a partir de la nada? Pues a él le correspondía, una vez más, tanto traer el corruptible a la incorrupción como mantener intacta la justa exigencia del Padre sobre todos. Pues, siendo el Verbo del Padre, y por encima de todo, solo él, por su propia naturaleza, era capaz de recrear todo, y digno de sufrir en favor de todos e interceder por todos ante el Padre.
Para este fin, entonces, el Verbo de Dios, incorpóreo, incorruptible e inmaterial, viene a nuestro mundo, aunque antes no estuviera lejos de nosotros. Pues ninguna parte de la Creación queda vacía de él: llenó todas las cosas en toda parte, permaneciendo presente junto a su propio Padre. Pero viene en condescendencia, para mostrarnos su bondad amorosa y para visitarnos. Y, viendo que la raza de las criaturas racionales caminaba hacia la perdición, y que la muerte reinaba sobre ellas por la corrupción; viendo, también, que la amenaza contra la transgresión daba firmeza a la corrupción que había sobre nosotros, y que era monstruoso que la ley dejara de cumplirse antes de cumplida; viendo, nuevamente, la indignidad de lo que había sucedido, que las cosas de las cuales él mismo era el Artífice estaban pasando; viendo, además, la enorme maldad de los hombres, y cómo poco a poco la habían aumentado a un grado insoportable contra mismos; y viendo, finalmente, cómo todos los hombres estaban bajo la pena de la muerte: se compadeció de nuestra raza, tuvo misericordia de nuestra debilidad, condescendió con nuestra corrupción y, no soportando que la muerte tuviera el dominio, para que la criatura no pereciera y la obra de las manos de su Padre en los hombres no se perdiera en vano, toma para un cuerpo, y en nada diferente del nuestro. Pues no quiso simplemente hacerse corpóreo, ni solo aparecer. Pues, si quisiera solo aparecer, podría también haber realizado su manifestación divina por algún otro medio más elevado. Pero toma un cuerpo de nuestra especie, y no solo eso, sino de una virgen inmaculada y sin mancha, que no conocía hombre, un cuerpo limpio y, en toda la verdad, puro de cualquier relación con hombres. Pues, siendo él mismo poderoso y Artífice de todo, prepara el cuerpo en la Virgen como un templo para sí, y lo hace enteramente suyo como un instrumento, manifestándose en él y habitando en él. Y así, tomando un cuerpo de naturaleza semejante a la nuestra, porque todos estaban bajo la pena de la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte en lugar de todos, y lo ofreció al Padre. Y esto lo hizo, además, por su bondad amorosa, para que, en primer lugar, habiendo todos muerto en él, la ley que envolvía la ruina de los hombres fuera anulada (puesto que su poder se agotó plenamente en el cuerpo del Señor, y ya no tenía apoyo para actuar contra los hombres, sus iguales); y para que, en segundo lugar, habiéndose los hombres vuelto hacia la corrupción, los volviera nuevamente hacia la incorrupción, y los vivificara de la muerte por la apropiación de su cuerpo y por la gracia de la Resurrección, expulsando de ellos la muerte como la paja del fuego.
Pues el Verbo, percibiendo que de ningún otro modo la corrupción de los hombres podría ser deshecha sino por la muerte como condición necesaria, y siendo imposible que el Verbo sufriera la muerte, por ser inmortal e Hijo del Padre, para este fin toma para un cuerpo capaz de morir, a fin de que ese cuerpo, participando del Verbo que está por encima de todo, fuera digno de morir en lugar de todos y, por causa del Verbo que había venido a habitar en él, permaneciera incorruptible, y a partir de entonces la corrupción fuera apartada de todos por la gracia de la Resurrección. Por esto, ofreciendo a la muerte el cuerpo que él mismo había tomado, como una ofrenda y un sacrificio libre de cualquier mancha, de inmediato apartó la muerte de todos sus iguales por la ofrenda de un equivalente. Pues, estando por encima de todos, el Verbo de Dios, al ofrecer su propio templo e instrumento corporal por la vida de todos, naturalmente saldó la deuda con su muerte. Y así él, el incorruptible Hijo de Dios, estando unido a todos por una naturaleza semejante, revistió naturalmente a todos de incorrupción, por la promesa de la resurrección. Pues la propia corrupción en la muerte ya no tiene apoyo para actuar contra los hombres, por causa del Verbo, que por su único cuerpo vino a habitar entre ellos. Y, así como, cuando un gran rey entra en alguna ciudad grande y fija morada en una de sus casas, esa ciudad es ciertamente tenida como digna de gran honor, y ningún enemigo o bandido desciende más sobre ella para subyugarla, sino que, al contrario, es considerada merecedora de todo cuidado, por causa de haber fijado el rey residencia en una de sus casas: así también sucedió con el Soberano de todo. Pues ahora que vino a nuestro mundo y fijó morada en un solo cuerpo entre sus iguales, desde entonces toda la conspiración del enemigo contra la humanidad queda contenida, y la corrupción de la muerte, que antes prevalecía contra ellos, es deshecha. Pues la raza de los hombres habría ido a la ruina si el Señor y Salvador de todos, el Hijo de Dios, no hubiera venido entre nosotros para poner fin a la muerte.
Ahora bien, en verdad, esta gran obra era especialmente adecuada a la bondad de Dios. Pues, si un rey, habiendo fundado una casa o ciudad, y estando ella cercada por bandidos por causa de la negligencia de sus habitantes, de ningún modo la abandona, sino que la venga y la recupera como obra suya, atendiendo no a la negligencia de los moradores, sino a lo que conviene a mismo, mucho más Dios, el Verbo del Padre sumamente bueno, no abandonó la raza de los hombres, su obra, que caminaba hacia la corrupción; sino que, al mismo tiempo que apagó la muerte que sobrevino, por la ofrenda de su propio cuerpo, corrigió la negligencia de ellos por su propia enseñanza, restaurando todo lo que era del hombre por su propio poder. Y de esto puede tenerse certeza por las manos de los propios escritores inspirados del Salvador, en caso de toparse con sus escritos, donde dicen: El amor de Cristo nos constriñe, porque así juzgamos: que, si uno murió por todos, entonces todos murieron; y él murió por todos para que los que viven no vivan más para mismos, sino para aquél que por ellos murió y resucitó, nuestro Señor Jesucristo. Y, además: Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a saber, Jesús, coronado de gloria y de honor por causa del sufrimiento de la muerte, para que, por la gracia de Dios, probase la muerte por todos los hombres. Luego, él también apunta la razón por la cual era necesario que nadie sino el propio Dios, el Verbo, se encarnara, del siguiente modo: Pues convenía a aquél por causa de quien son todas las cosas, y por medio de quien son todas las cosas, al conducir muchos hijos a la gloria, perfeccionar por el sufrimiento al Autor de la salvación de ellos. Con estas palabras quiere decir que a nadie más le correspondía traer al hombre de vuelta de la corrupción que había comenzado, sino al Verbo de Dios, que también los había hecho desde el principio. Y que fue para el sacrificio en favor de cuerpos como el suyo propio que el propio Verbo también asumió un cuerpo, a esto también se refieren en estas palabras: Visto, pues, que los hijos son participantes de la carne y de la sangre, también él, de igual manera, participó de las mismas cosas, para que, por la muerte, destruyera a aquél que tenía el poder de la muerte, esto es, el diablo; y librara a aquellos que, por el temor de la muerte, estaban toda la vida sujetos a la esclavitud. Pues, por el sacrificio de su propio cuerpo, él tanto puso fin a la ley que estaba contra nosotros como hizo para nosotros un nuevo comienzo de vida, por la esperanza de la resurrección que nos dio. Pues, visto que fue por el hombre que la muerte prevaleció sobre los hombres, por esta causa, inversamente, por el Verbo de Dios hecho hombre sucedió la destrucción de la muerte y la resurrección de la vida. Como dice aquél que llevaba a Cristo: Pues, visto que por el hombre vino la muerte, también por el hombre vino la resurrección de los muertos. Porque, así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados, y así sucesivamente. Pues ya no morimos más como sujetos a la condenación, sino, como hombres que se levantan de entre los muertos, aguardamos la resurrección general de todos, la cual, en sus propios tiempos, él ha de mostrar, el propio Dios, que también la realizó y la concedió a nosotros. Esta, entonces, es la primera causa de que el Salvador se haya hecho hombre. Pero, por las razones a seguir, también se puede ver que su venida graciosa entre nosotros era apropiada.
Dios, que tiene el poder sobre todas las cosas, cuando hacía la raza de los hombres por medio de su propio Verbo, viendo la debilidad de la naturaleza de ellos, que no bastaba por misma para conocer a su Creador, ni para tener idea alguna de Dios, porque, siendo él increado, las criaturas habían sido hechas de la nada, y, siendo él incorpóreo, los hombres habían sido formados de modo inferior, en el cuerpo, y porque de toda manera las cosas creadas quedaban muy por debajo de poder comprender y conocer a su Creador, compadecido, repito, de la raza de los hombres, visto que es bueno, no los dejó destituidos del conocimiento de mismo, para que no hallaran provecho alguno en existir. Pues ¿qué provecho tendrían las criaturas si no conocieran a su Creador? ¿O cómo podrían ser racionales sin conocer al Verbo (y la Razón) del Padre, en quien recibieron su propio ser? Pues no habría nada que las distinguiera hasta de los brutos, si tuvieran conocimiento de nada más allá de las cosas terrenas. Y más: ¿por qué Dios los habría creado, si no deseaba ser conocido por ellos? Por esto, para que no fuera así, siendo bueno, les da una parte en su propia Imagen, nuestro Señor Jesucristo, y los hace según su propia Imagen y según su semejanza: de modo que, por tal gracia, percibiendo la Imagen, esto es, el Verbo del Padre, fueran capaces, por medio de él, de formar una idea del Padre y, conociendo a su Creador, vivieran la vida feliz y verdaderamente bienaventurada. Pero los hombres, nuevamente, en su perversidad, habiendo, a pesar de todo esto, despreciado la gracia que les fue dada, rechazaron a Dios de tal modo, y de tal modo oscurecieron su alma, que no solo olvidaron su idea de Dios, sino que también pasaron a inventar para una cosa tras otra. Pues no solo se esculpieron para ídolos, en lugar de la verdad, y honraron cosas que no existían en lugar del Dios vivo, y sirvieron a la criatura en vez del Creador, sino que, peor aún, transfirieron la honra de Dios hasta para troncos y piedras y para todo objeto material y para hombres, e incluso fueron más allá que eso, como dijimos en el tratado anterior. Su impiedad llegó a tal punto que pasaron a adorar demonios, y los proclamaron como dioses, satisfaciendo sus propios deseos. Pues realizaban, como se dijo arriba, ofrendas de animales brutos y sacrificios de hombres, como les parecía conveniente, prendiéndose cada vez más firmemente bajo sus inspiraciones enloquecedoras. Por esta razón es que también eran enseñadas entre ellos las artes mágicas, y oráculos en varios lugares desviaban a los hombres, y todos atribuían a las estrellas y a todos los cuerpos celestes las influencias de su nacimiento y de su existencia, no teniendo pensamiento alguno más allá de lo que era visible. Y, en una palabra, todo estaba lleno de irreligión e ilegalidad, y solo Dios, y su Verbo, eran desconocidos, aunque él no se hubiera escondido de la vista de los hombres, ni dado el conocimiento de mismo de un solo modo; sino que, al contrario, lo hubiera revelado a ellos de muchas formas y por muchos caminos.
Pues, aunque la gracia de la Imagen divina fuera en misma suficiente para dar a conocer a Dios, el Verbo, y por medio de él al Padre, todavía Dios, conociendo la debilidad de los hombres, hizo provisión incluso para su negligencia: de modo que, si no se importaban en conocer a Dios por mismos, pudieran, por medio de las obras de la creación, evitar la ignorancia del Creador. Pero, visto que la negligencia de los hombres, poco a poco, desciende a cosas inferiores, Dios hizo provisión, nuevamente, incluso para esa debilidad de ellos, enviando una ley y profetas, hombres como los que ellos conocían, para que, aunque no estuvieran dispuestos a mirar hacia el cielo y conocer a su Creador, pudieran recibir su instrucción de quien estaba cerca. Pues los hombres consiguen aprender de otros hombres, de modo más directo, acerca de las cosas más elevadas. Así, estaba abierto a ellos, mirando hacia la altura del cielo y percibiendo la armonía de la creación, conocer a su Soberano, el Verbo del Padre, que, por su propia providencia sobre todas las cosas, da a conocer al Padre a todos, y para este fin mueve todas las cosas, para que por medio de él todos conozcan a Dios. O, si esto fuera demasiado para ellos, era posible que al menos encontraran a los hombres santos y, por medio de ellos, aprendieran acerca de Dios, el Creador de todas las cosas, el Padre de Cristo; y que el culto a los ídolos es ausencia de Dios y lleno de toda impiedad. O estaba abierto a ellos, conociendo incluso la ley, abandonar toda ilegalidad y vivir una vida virtuosa. Pues la ley no era para los judíos apenas, ni los profetas fueron enviados solo para ellos, sino que, aunque enviados a los judíos y perseguidos por los judíos, eran para el mundo entero una santa escuela del conocimiento de Dios y de la conducta del alma. Siendo, entonces, tan grande la bondad y la bondad amorosa de Dios, los hombres, sin embargo, vencidos por los placeres del momento y por las ilusiones y engaños enviados por los demonios, no levantaron la cabeza hacia la verdad, sino que se cargaron aún más de males y pecados, a punto de ya no parecer racionales, y de, por sus propios caminos, ser tenidos como privados de razón.