Sobre a Encarnação do Verbo 1

O clássico tratado de cristologia (séc. IV) em que Atanásio explica por que Deus se fez homem: a criação e a queda, o dilema entre a justiça e a bondade divinas, a Encarnação como solução, a morte na cruz e a ressurreição como vitória sobre a corrupção, e a refutação de judeus e gentios

La creación y la caída

En el tratado anterior, escogiendo algunos puntos entre muchos, expusimos lo suficiente sobre el error de los paganos respecto a los ídolos, sobre el culto a los ídolos y sobre cómo fueron inventados en el principio, es decir, cómo a partir de la maldad los hombres crearon para mismos la adoración de ídolos. Por la gracia de Dios, también observamos algo sobre la divinidad del Verbo del Padre, sobre su Providencia y su poder que alcanzan todo, y sobre cómo el buen Padre, por medio de él, ordena todas las cosas, mueve todas las cosas y da vida a todas ellas. Ahora, entonces, Macario (que es digno de ese nombre) y verdadero amigo de Cristo, vamos a proseguir en la fe de nuestra religión y tratar también de lo que se refiere a cómo el Verbo se hizo hombre y a su venida divina entre nosotros, que los judíos difaman y los griegos ridiculizan, pero que nosotros adoramos. Todo esto para que, precisamente ante la aparente bajeza del Verbo, tu devoción a él crezca y se multiplique. Pues cuanto más es burlado entre los que no creen, más testimonio da de su propia divinidad. Él no solamente demuestra ser posible aquello que los hombres, engañados, juzgan imposible, sino que también reviste de dignidad lo que los hombres desprecian como indigno, y muestra ser divino, por su propio poder, aquello de lo cual los hombres se ríen como si fuera meramente humano. Así derriba las pretensiones de los ídolos por medio de su supuesta humillación, es decir, por la Cruz, y conquista de modo invisible a los que se burlan y no creen, llevándolos a reconocer su divinidad y su poder. Pero, para tratar este asunto, es preciso retomar lo que ya fue dicho antes, para que no dejes de conocer la causa de la venida corporal del Verbo del Padre, tan alto y tan grande, ni pienses que fue consecuencia de la propia naturaleza de él el hecho de que el Salvador haya asumido un cuerpo. Por el contrario: siendo por naturaleza incorpóreo, y Verbo desde el principio, sin embargo, por la bondad y por el amor de su propio Padre, se manifestó a nosotros en un cuerpo humano para nuestra salvación. Conviene, pues, comenzar el tratamiento de este asunto hablando de la creación del universo y de Dios, su Artífice, para que se perciba con claridad que la renovación de la creación fue obra del mismo Verbo que la hizo en el principio. Pues es claro que no hay contradicción en que el Padre haya realizado la salvación de la creación por medio de aquel por quien la hizo.
Sobre cómo el universo fue hecho y cómo todas las cosas fueron creadas, muchos tuvieron opiniones diferentes, y cada uno estableció su ley como le pareció bien. Algunos dicen que todas las cosas vinieron a existir por mismas, al azar. Tal es el caso de los epicúreos, que, en su propio desprestigio, afirman que no existe una providencia universal, hablando en claro desacuerdo con el hecho y la experiencia más evidentes. Pues si todo hubiera tenido su comienzo por mismo, sin propósito alguno, como ellos dicen, entonces todo habría venido a existir de modo uniforme, siendo igual y sin distinción. Por la unidad del cuerpo, todo habría de ser sol o luna, y en el caso de los hombres el todo habría de ser mano, u ojo, o pie. Pero no es así. Por el contrario, vemos la distinción entre sol, luna y tierra; y de nuevo, en el caso de los cuerpos humanos, entre pie, mano y cabeza. Ahora bien, un arreglo distinto como ese no indica que vinieron a existir por mismos, sino que muestra que una causa los precedió. Y a partir de esa causa es posible también comprender a Dios como el Creador y Ordenador de todas las cosas.
Otros, sin embargo, entre ellos Platón, tan respetado por los griegos, argumentan que Dios hizo el mundo a partir de una materia que ya existía antes y que no tiene comienzo. Pues Dios no habría podido hacer nada si la materia ya no existiera, así como la madera necesita estar a mano para que el carpintero pueda trabajar.
Pero al decir esto, no perciben que están atribuyendo debilidad a Dios. Pues si él mismo no es la causa de la materia, y hace las cosas solamente a partir de una materia preexistente, entonces se muestra débil, por ser incapaz de producir cosa alguna sin la materia. Es como, sin duda, una debilidad del carpintero no poder hacer nada de lo que necesita sin su madera. Pues, según esa hipótesis, si la materia no existiera, Dios no habría hecho nada. ¿Y cómo podría, en ese caso, ser llamado Creador y Artífice, si debe su capacidad de hacer a alguna otra fuente, es decir, a la materia? Así, si fuera así, Dios, según la teoría de ellos, sería solamente un Mecánico, y no un Creador a partir de la nada, si trabajara sobre una materia ya existente, pero no fuera él mismo la causa de esa materia. Pues él no podría, de modo alguno, ser llamado Creador a menos que fuera el Creador de la materia con la cual, a su vez, las cosas creadas fueron hechas.
Pero los sectarios se imaginan para un artífice de todas las cosas diferente del Padre de nuestro Señor Jesucristo, en profunda ceguera incluso en cuanto a las palabras que usan.
Pues el Señor dice a los judíos: ¿No habéis leído que en el principio el que los creó los hizo varón y hembra, y dijo: Por esta causa el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? Y entonces, refiriéndose al Creador, dice: Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre. ¿Cómo, entonces, estos hombres afirman que la creación es independiente del Padre? ¿O, según las palabras de Juan, que dice, sin hacer excepción alguna: Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada de lo que fue hecho se hizo, cómo podría el artífice ser otro, distinto del Padre de Cristo?
Así ellos especulan en vano. Pero la enseñanza piadosa y la fe conforme a Cristo denuncian como impiedad ese lenguaje necio. Pues ella sabe que no fue por generación espontánea, porque no falta la providencia; ni a partir de una materia ya existente, porque Dios no es débil; sino que, a partir de la nada, y sin que nada hubiera tenido existencia previa, Dios hizo existir el universo por medio de su Verbo, como él dice primero por Moisés: En el principio Dios creó el cielo y la tierra; y en segundo lugar, en el edificantísimo libro del Pastor: Antes que nada, cree que Dios es uno, que creó y formó todas las cosas, e hizo que existieran a partir de la nada. A esto también se refiere Pablo, cuando dice: Por la fe entendemos que los mundos fueron formados por la Palabra de Dios, de modo que lo que se ve no fue hecho a partir de cosas que aparecen. Pues Dios es bueno, o mejor dicho, es en esencia la fuente de la bondad; y quien es bueno no podría ser tacaño con nada. Por eso, no negando la existencia a nadie, él hizo todas las cosas a partir de la nada por su propio Verbo, Jesucristo nuestro Señor. Y, entre esas cosas, habiendo tenido una compasión especial, sobre todo en la tierra, por la raza de los hombres, y percibiendo que ella, por la condición de su origen, era incapaz de permanecer estable, les dio un don más: no creó al hombre simplemente, como hizo con todas las criaturas irracionales de la tierra, sino que los hizo a su propia imagen, dándoles una parte incluso del poder de su propio Verbo. Así, teniendo como un reflejo del Verbo, y siendo hechos racionales, podrían permanecer para siempre en la felicidad, viviendo la verdadera vida que pertenece a los santos en el paraíso. Pero, sabiendo de nuevo cómo la voluntad del hombre podía inclinarse hacia cualquier lado, él garantizó de antemano la gracia que les había dado por medio de una ley y del lugar donde los colocó. Pues los trajo a su propio jardín y les dio una ley: de modo que, si guardaran la gracia y permanecieran buenos, aún mantuvieran la vida en el paraíso, sin tristeza, dolor o preocupación, además de tener la promesa de la incorrupción en el cielo; pero que, si transgredieran, se volvieran atrás y se volvieran malos, supieran que estaban incurriendo en esa corrupción en la muerte que les era propia por naturaleza: no más vivir en el paraíso, sino, echados fuera de él a partir de ese momento, morir y permanecer en la muerte y la corrupción. Ahora bien, es de esto que la Sagrada Escritura también advierte, diciendo en persona de Dios: De todo árbol que está en el jardín comerás libremente; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque en el día que de él comas, ciertamente morirás. Pero con las palabras ciertamente morirás, ¿qué más se podría querer decir sino no solamente morir, sino también permanecer para siempre en la corrupción de la muerte?
Quizás te estés preguntando por qué razón, habiéndonos propuesto hablar de la Encarnación del Verbo, estamos en este momento tratando del origen de la humanidad. Pero esto también forma parte, con toda propiedad, del objetivo de nuestro tratado. Pues, al hablar de la venida del Salvador entre nosotros, necesitamos hablar también del origen de los hombres, para que sepas que la razón de su descenso fue por nuestra causa, y que nuestra transgresión llamó el amor del Verbo, de modo que el Señor se apresurara a socorrernos y a aparecer entre los hombres. Pues nosotros fuimos el objeto de su Encarnación, y fue para nuestra salvación que él actuó con tanto amor que llegó al punto de aparecer y nacer incluso en un cuerpo humano. Así, entonces, Dios hizo al hombre y quiso que permaneciera en la incorrupción; pero los hombres, habiendo despreciado y rechazado la contemplación de Dios, y habiendo inventado y tramado el mal para mismos (como fue dicho en el tratado anterior), recibieron la condenación de la muerte con que habían sido amenazados. Y, de allí en adelante, ya no permanecieron como fueron hechos, sino que iban siendo corrompidos según sus tramas; y la muerte asumió el dominio sobre ellos como rey. Pues la transgresión del mandamiento los hacía volver a su estado natural, de modo que, así como tuvieron su ser a partir de la nada, también, como era de esperar, podrían esperar la corrupción que los llevaría de vuelta a la nada con el paso del tiempo. Pues si a partir de un estado anterior y normal de no existencia fueron llamados a existir por la presencia y por el amor del Verbo, se seguía naturalmente que, cuando los hombres quedaran privados del conocimiento de Dios y volvieran a lo que no es (pues lo que es malo no es, pero lo que es bueno es), ellos, ya que reciben su ser de Dios que ES, quedarían privados para siempre incluso del ser; en otras palabras, que se desintegrarían y permanecerían en la muerte y la corrupción. Pues el hombre es por naturaleza mortal, visto que es hecho a partir de lo que no es; pero, por su semejanza con aquel que ES (y si aún preservara esa semejanza, manteniéndola en su conocimiento), contendría su corrupción natural y permanecería incorrupto. Como dice la Sabiduría: Atender a sus leyes es la garantía de la inmortalidad. Y, siendo incorrupto, viviría de allí en adelante como Dios, a lo que, supongo, la divina Escritura se refiere cuando dice: Yo dije que sois dioses, y todos sois hijos del Altísimo; pero moriréis como hombres, y caeréis como uno de los príncipes.
Pues, por causa del Verbo que habitaba con ellos, ni siquiera su corrupción natural se aproximaba a ellos, como también dice la Sabiduría: Dios hizo al hombre para la incorrupción, y como imagen de su propia eternidad; pero por la envidia del diablo la muerte entró en el mundo. Pero, cuando esto sucedió, los hombres comenzaron a morir, mientras que la corrupción, de allí en adelante, prevalecía contra ellos, ganando incluso más que su poder natural sobre toda la raza, ya que tenía, por causa de la transgresión del mandamiento, la amenaza de la Divinidad como ventaja adicional contra ellos.
Pues, incluso en sus malas acciones, los hombres no se detuvieron dentro de límite alguno establecido; sino que, avanzando poco a poco, fueron más allá de toda medida. Habiendo comenzado como inventores de la maldad y habiendo atraído sobre la muerte y la corrupción, más tarde se desviaron hacia el mal y sobrepasaron todo desenfreno, no deteniéndose en mal alguno, sino inventando toda clase de nuevos males uno tras otro, y se volvieron insaciables en el pecado. Había adulterios por todas partes, y robos, y toda la tierra estaba llena de asesinatos y saqueos. Y, en cuanto a la corrupción y la injusticia, ninguna atención se prestaba a la ley, sino que todos los crímenes eran practicados por todas partes, tanto individual como colectivamente. Las ciudades guerreaban contra las ciudades, y las naciones se levantaban contra las naciones; y toda la tierra estaba desgarrada por revueltas y batallas, cada hombre compitiendo con sus semejantes en actos ilegales. Ni siquiera los crímenes contra la naturaleza estaban lejos de ellos, sino que, como dice el Apóstol y testigo de Cristo: Pues sus mujeres cambiaron el uso natural por lo que es contra la naturaleza; y de la misma manera también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su sensualidad unos hacia otros, hombres con hombres cometiendo indecencia y recibiendo en mismos la recompensa debida de su error.
Por esa causa, entonces, habiendo ganado la muerte terreno sobre los hombres y permaneciendo la corrupción sobre ellos, la raza humana iba pereciendo; el hombre racional, hecho a imagen de Dios, iba desapareciendo, y la obra de las manos de Dios estaba en proceso de disolución. Pues la muerte, como dije arriba, ganó de allí en adelante una posesión legal sobre nosotros, y era imposible escapar de esa ley, pues había sido establecida por Dios por causa de la transgresión; y el resultado fue, de verdad, al mismo tiempo monstruoso e indigno. Pues sería monstruoso, en primer lugar, que Dios, habiendo hablado, llegara a ser falso. Es decir, que, una vez habiendo determinado que el hombre, si transgrediera el mandamiento, moriría la muerte, después de la transgresión el hombre no muriera, sino que la palabra de Dios fuera quebrantada. Pues Dios no sería verdadero si, habiendo dicho que moriríamos, el hombre no muriera. Y, por otro lado, sería indigno que criaturas una vez hechas racionales, y que habían participado del Verbo, fueran a la ruina y volvieran a la no existencia por el camino de la corrupción. Pues no sería digno de la bondad de Dios que las cosas que él había hecho se perdieran por causa del engaño practicado en los hombres por el diablo. Y sería indigno al más alto grado que la obra de las manos de Dios entre los hombres fuera deshecha, fuera por la negligencia de los propios hombres, fuera por la astucia de los espíritus malignos.