Sobre a Encarnação do Verbo 1

O clássico tratado de cristologia (séc. IV) em que Atanásio explica por que Deus se fez homem: a criação e a queda, o dilema entre a justiça e a bondade divinas, a Encarnação como solução, a morte na cruz e a ressurreição como vitória sobre a corrupção, e a refutação de judeus e gentios

Así ellos especulan en vano. Pero la enseñanza piadosa y la fe conforme a Cristo denuncian como impiedad ese lenguaje necio. Pues ella sabe que no fue por generación espontánea, porque no falta la providencia; ni a partir de una materia ya existente, porque Dios no es débil; sino que, a partir de la nada, y sin que nada hubiera tenido existencia previa, Dios hizo existir el universo por medio de su Verbo, como él dice primero por Moisés: En el principio Dios creó el cielo y la tierra; y en segundo lugar, en el edificantísimo libro del Pastor: Antes que nada, cree que Dios es uno, que creó y formó todas las cosas, e hizo que existieran a partir de la nada. A esto también se refiere Pablo, cuando dice: Por la fe entendemos que los mundos fueron formados por la Palabra de Dios, de modo que lo que se ve no fue hecho a partir de cosas que aparecen. Pues Dios es bueno, o mejor dicho, es en esencia la fuente de la bondad; y quien es bueno no podría ser tacaño con nada. Por eso, no negando la existencia a nadie, él hizo todas las cosas a partir de la nada por su propio Verbo, Jesucristo nuestro Señor. Y, entre esas cosas, habiendo tenido una compasión especial, sobre todo en la tierra, por la raza de los hombres, y percibiendo que ella, por la condición de su origen, era incapaz de permanecer estable, les dio un don más: no creó al hombre simplemente, como hizo con todas las criaturas irracionales de la tierra, sino que los hizo a su propia imagen, dándoles una parte incluso del poder de su propio Verbo. Así, teniendo como un reflejo del Verbo, y siendo hechos racionales, podrían permanecer para siempre en la felicidad, viviendo la verdadera vida que pertenece a los santos en el paraíso. Pero, sabiendo de nuevo cómo la voluntad del hombre podía inclinarse hacia cualquier lado, él garantizó de antemano la gracia que les había dado por medio de una ley y del lugar donde los colocó. Pues los trajo a su propio jardín y les dio una ley: de modo que, si guardaran la gracia y permanecieran buenos, aún mantuvieran la vida en el paraíso, sin tristeza, dolor o preocupación, además de tener la promesa de la incorrupción en el cielo; pero que, si transgredieran, se volvieran atrás y se volvieran malos, supieran que estaban incurriendo en esa corrupción en la muerte que les era propia por naturaleza: no más vivir en el paraíso, sino, echados fuera de él a partir de ese momento, morir y permanecer en la muerte y la corrupción. Ahora bien, es de esto que la Sagrada Escritura también advierte, diciendo en persona de Dios: De todo árbol que está en el jardín comerás libremente; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque en el día que de él comas, ciertamente morirás. Pero con las palabras ciertamente morirás, ¿qué más se podría querer decir sino no solamente morir, sino también permanecer para siempre en la corrupción de la muerte?