Diálogo con Trifón 61
El Verbo-Sabiduría es engendrado por el Padre
Yo proseguí:
— Amigos, os presentaré otro testimonio de las Escrituras sobre un principio anterior a todas las criaturas que Dios engendró, cierta potencia racional de sí mismo, que es llamada por el Espíritu Santo Gloria del Señor, a veces Hijo, otras Sabiduría, o aun Ángel o Dios, Señor, Palabra. Ella misma se autodenomina Jefe del ejército, al aparecer en forma de hombre a Josué, hijo de Nave. Todas esas denominaciones le son atribuidas por estar al servicio de la voluntad del Padre y por haber sido engendrada por la voluntad del Padre.
¿No percibimos que algo semejante se da con nosotros? De hecho, al emitir una palabra, generamos la palabra no por corte, disminuyendo la razón que existe en nosotros al emitirla. Vemos cosa parecida también en el fuego que enciende otro, sin que disminuya aquel del cual la llama fue tomada, pero permaneciendo el mismo. El fuego encendido también aparece con su propio ser, sin haber disminuido en nada aquel en el cual fue encendido.
Entretanto, será la palabra de la sabiduría la que me dará testimonio, pues ella es ese mismo Dios engendrado por el Padre del universo y que subsiste como palabra, sabiduría, poder y gloria de aquel que la engendró. Ella dice lo siguiente, por la boca de Salomón: “Después de anunciaros lo que acontece cada día, me atendré a enumeraros las cosas que existen desde la eternidad. El Señor me engendró como principio de sus caminos para sus obras. Me cimentó antes del tiempo, en el principio, antes de hacer la tierra, antes de crear los abismos, antes de hacer brotar las fuentes de las aguas, antes de asentar las montañas, antes de todas las colinas, me engendró. El Señor hizo las regiones, la tierra inhabitada y los montes que se habitan debajo del cielo. Cuando él preparaba el cielo, yo le hacía compañía; cuando colocaba su trono por encima de los vientos, cuando daba solidez a las nubes de lo alto, cuando solidificaba las fuentes del abismo, cuando afirmaba los cimientos de la tierra, junto a él estaba yo, armonizando. Era conmigo que él se alegraba; en todo el tiempo, día a día, yo me regocijaba en su presencia, porque él se regocijaba terminando la tierra y se regocijaba en los hijos de los hombres.
Ahora, hijo, escúchame. Bienaventurado el varón que me escuche y el hombre que guardare mis caminos, vigilando diariamente mis puertas y observando los umbrales de mis entradas. Porque mis salidas son salidas de vida y la complacencia está preparada por el Señor.
Sin embargo, los que pecan contra mí son impíos contra la propia alma; los que me odian aman la muerte.