Diálogo con Trifón 41

La eucaristía: verdadero sacrificio

Continué:
La ofrenda de flor de harina, señores, que los que se purificaban de la lepra debían ofrecer, era figura del pan de la Eucaristía que nuestro Señor Jesucristo mandó ofrecer en memoria de la pasión que él padeció por todos los hombres que purifican sus almas de toda maldad, para que juntos demos gracias a Dios por haber creado el mundo y por todo el amor que hay en él por el hombre, por habernos librado de la maldad en la cual nacemos y por haber destruido completamente los principados y potestades a través de aquel que, según su designio, nació pasible.
Por lo tanto, en cuanto a los sacrificios que vosotros antes ofrecíais, como ya he mostrado, dice Dios por la boca de Malaquías, uno de los doce profetas: “Mi voluntad no está con vosotros —dice el Señor— y no quiero recibir sacrificios de vuestras manos. De hecho, desde donde el sol sale hasta donde él se pone, mi nombre es glorificado entre las naciones y en todo lugar se ofrece a mi nombre incienso y sacrificio puro. Grande es mi nombre entre las naciones —dice el Señor— y vosotros lo profanáis”.
Así, anticipadamente habla de los sacrificios que nosotros, las naciones, le ofrecemos en todo lugar, esto es, el pan de la Eucaristía y el cáliz de la propia Eucaristía y al mismo tiempo dice que nosotros glorificamos su nombre y vosotros lo profanáis.
En cuanto al mandamiento de la circuncisión, exigiendo que todos los nacidos deberían ser circuncidados absolutamente en el octavo día, eso también era figura de la verdadera circuncisión, con la cual Jesucristo nuestro Señor, resucitado en el primer día de la semana, nos circuncidó del error y de la maldad. En efecto, el primer día de la semana, aun siendo el primero de todos los días, si son contados nuevamente todos los días, él se torna el octavo de la serie, sin dejar de ser el primero.