Diálogo con Trifón 3
El encuentro decisivo
Con esa disposición de alma, decidí llenarme de gran soledad y evitar el camino de los hombres. Por eso, me dirigí a cierto lugar no distante del mar. Cerca ya del lugar en que yo iba a estar solo, me seguía, a poca distancia, un anciano de aspecto no despreciable, dando señales de poseer carácter blando y venerable. Me volví, paré y fijé en él mi mirada.
Entonces él me preguntó:
— ¿Tú me conoces?
Respondí que no. Él continuó:
— Entonces, ¿por qué me miras de ese modo?
Yo le respondí:
— Estoy admirado de que hayas venido donde me encuentro, pues yo no esperaba encontrar aquí hombre alguno.
Él me dijo:
— Estoy preocupado por algunos familiares míos, que están viajando. Vine entonces personalmente a ver si aparecen en algún lugar. Y tú, ¿qué haces aquí?
Yo le respondí:
— Me gusta estar aquí un poco, pues puedo conversar conmigo mismo sin que nadie me moleste. Para quien gusta de meditar no hay lugares más apropiados que estos.
Entonces él me dijo:
— ¿Eres, por lo tanto, un amigo de la idea y no de la acción y de la verdad? ¿Por qué no ser práctico en vez de sofista?
Yo le respondí:
— ¿Qué obra mayor debemos realizar sino la de mostrar cómo la idea dirige todas las cosas?
Concebida en nosotros, y dejándonos conducir por ella, podemos contemplar el engaño de los otros y ver que en sus ocupaciones no hay nada de sano, ni de agradable a Dios. De hecho, sin la filosofía y la recta razón, no es posible que exista prudencia. Es preciso, por lo tanto, que todos los hombres se dediquen a la filosofía y la consideren la mayor y más honrosa, dejando el resto en segundo o tercer lugar.
Qué es la filosofía y la felicidad que ella trae
Si estas estuvieran unidas a la filosofía, aún podrán pasar por cosas de moderado valor y dignas de aceptación. Sin embargo, si estuvieran separadas de ella y no la acompañasen, serán pesadas y viles para aquellos que las realizan.
Entonces él me dijo:
— ¿Quieres decir que la filosofía trae felicidad?
Yo respondí:
— Sin duda, y solamente ella.
Él continuó:
— Si no hay inconveniente, dime qué es la filosofía y cuál es la felicidad que ella produce.
Yo respondí:
— Filosofía es la ciencia del ser y del conocimiento de la verdad, y felicidad es la recompensa de esa ciencia y de ese conocimiento.
Él me preguntó:
— ¿A quién llamas Dios?
— Dios es aquel que es siempre encontrado del mismo modo. Él es invariable y también la causa del ser de todos los otros seres.
Esa fue mi respuesta, y como si le gustara oírme, continuó preguntándome:
— ¿El nombre de ciencia no es común a diferentes cosas? En todas las artes, la persona que las conoce es llamada sabia en ellas. Por ejemplo: la estrategia, la navegación, la medicina. ¿Lo mismo no acontece con lo que se refiere a Dios y al hombre? ¿Existe alguna ciencia que nos proporcione conocimiento de las cosas divinas y humanas, haciéndonos conocer lo que en ellas existe de divinidad y justicia?
Yo respondí:
— Claro que sí.
— Entonces, ¿conocer al hombre y a Dios es la misma cosa que saber música, aritmética, astronomía o cualquier otra cosa?
Yo repliqué:
— De ningún modo.
Él añadió:
— Entonces tú no me respondiste correctamente antes. En efecto, hay conocimientos que adquirimos a través del aprendizaje o de algún entrenamiento; otros, por la visión directa. Por ejemplo: si alguien te dijese que en la India existe un animal de tipo diferente de todos los otros, que es así o así, multiforme y multicolor, no sabrías lo que es ni podrías decir sobre él antes de verlo o de oír a quien lo vio.
Yo respondí:
— Claro que no.
Él replicó:
— Entonces, ¿cómo los filósofos entienden o hablan correctamente sobre Dios si no tienen ciencia de él, pues no lo vieron, ni jamás lo oyeron?
Yo contesté:
— Mas la divinidad, padre, no es visible como los otros seres vivos. Ella es solo comprensible a la inteligencia, como dijo Platón, y yo creo en él.